13 #2
No he olvidado que, además de ofrecerle mi ayuda a Theo, también le brindé la oportunidad de demostrar que ha cambiado.
Lo hice por él, pero principalmente por mí.
Durante años, literalmente años, he cargado con un profundo resentimiento hacia él por haberme humillado frente a toda la escuela.
Sin embargo, estoy agotada de esa carga; ya no tengo energías para seguir aferrada a tanta negatividad, especialmente ahora que deseo cambiar mi vida.
Aun así, no anticipé... esto. No esperaba experimentar esta conexión con él.
No esperaba sentir esta paz. Nunca creí que ser auténtica con alguien me resultaría tan sencillo y, por extraño que parezca, me dio mucho miedo que ese alguien sea precisamente él.
—No sabía… No tenía ni la más remota idea de lo que has vivido —dice finalmente, su voz cargada de una sorpresa genuina que me obliga a mirarlo.
Sus ojos están abiertos, perplejos, reflejando un impacto palpable—.
Jamás quise hacerte sentir mal, ni una sola vez.
Tampoco era mi intención incomodarte. Cada intento de acercamiento, te juro, Willa, que nacía de una curiosidad sincera.
Ahora… ahora lo entiendo todo. Entiendo esa barrera invisible, esa dificultad para dejarme entrar en tu mundo.
—Hace una pausa breve, girándose completamente hacia mí.
Es una sensación extraña, como si su universo entero pendiera de mi reacción—.
En cuanto a lo otro… —Baja la cabeza un instante, un movimiento casi imperceptible de negación.
Al levantarla de nuevo, su mirada es directa, cargada de pesar—: No pasa un solo día sin que la culpa me carcoma.
No hay día en que no me sienta jodidamente mal por lo que hice, porque…
—Su mirada se desvía un segundo, como si reviviera la escena—.
¿Por qué crees que me mantuve alejado todos esos años?
¿Por qué nunca me acerqué a ti en la universidad?
La vergüenza me lo impedía. Además, daba por hecho tu odio, y la idea de añadir más dolor a tu vida me paralizaba.
Incluso la primera vez que te vi en Hearth, no pude hacerlo.
Cada encuentro posterior lo disfracé de casualidad, hasta que me obligué a no mentirme.
Casualidad o no, tal vez era una señal. Mi única oportunidad real de enmendar mi error.
Por eso me acerqué, Willa. Porque necesito demostrarte…
necesito demostrarte que jamás sería capaz de lastimarte.
Ni ahora, ni entonces, ni nunca. —Suspira profundamente y, tomando mis manos entre las suyas con una delicadeza sorprendente, añade con una súplica silenciosa en sus ojos—: ¿No lo ves?
Si mi intención fuera dañarte, si quisiera atormentarte, la universidad habría sido el escenario perfecto.
O la primera vez que te vi en Hearth. Solo quiero tu perdón. Eso es todo lo que anhelo.
Mi mirada se ancla en su mano sobre la mía y, lo confieso, por una fracción de segundo me permito sucumbir a ese calor inesperado. ¿Lo ves? Justo a esto me refiero. Esa serenidad que emana de él, que colisiona frontalmente con el rencor, el resentimiento y el dolor que sembró en mi pasado.
—Entiendo perfectamente tu miedo a confiar en mí —continúa, su voz suave pero firme—.
La verdad es que la vida suele ser aterradora.
Pero, por experiencia, he aprendido que la clave no está en evitar el miedo, sino en enfrentarlo.
Y sé, Willa, que posees la valentía necesaria para hacerlo.
—Mientras pronuncia estas últimas palabras, su pulgar roza el dorso de mi mano, un gesto casi inconsciente, y la aprieta con una delicadeza que, por un instante, encuentro casi reconfortante, antes de que la realidad me golpee—.
Puedo comprender tu agobio, lo que me resulta incomprensible es esa profunda aprensión a ser herida.
Nada desearía más que tu felicidad, porque…
Se interrumpe, y una punzada de curiosidad me atraviesa. ¿Qué pensamientos bullen en su mente? ¿Por qué desearía mi felicidad? ¿Por qué ese silencio repentino? Seguramente iba a deslizar algún comentario condescendiente y, en un último acto de contención, prefirió callar.
Una certeza fría me invade. Su presencia aquí no encaja. A mi madre puedo creerle, y de hecho confío en ella, pero en él… no tanto. Theodore sabe exactamente dónde vivo. Su llegada a esta casa no fue fruto del azar, sino de un conocimiento preciso de su destino.
—¿Por qué estás realmente aquí? —espeto, intentando mantener la compostura, plantándole cara directamente.
¿Acaso todo ese teatro de amabilidad y empatía era una burda estrategia para intentar convencerme de retomar su estúpido plan?
—Ya te lo he dicho. Tu madre hizo un pedido, no había nadie más disponible para entregarlo y me ofrecí voluntario.
—Lo observo con una ceja enarcada, una expresión que grita: «No me trago esa patraña, inténtalo de nuevo».
Él tensa los labios por un instante, con un atisbo de irritación en sus ojos, y luego añade—: No soy ningún acosador, Willa.
Aquel día dejaste claro que no querías seguir adelante con lo nuestro.
Y tu posterior desaparición lo confirmó sin lugar a dudas.
No voy a insistir para que cambies de opinión, si ese es tu mayor temor.
—Suspira profundamente antes de continuar, con un tono que busca sinceridad—: Mi única intención era tocar el timbre, dejar el pedido en la puerta e irme.
De hecho, estacioné el auto al otro lado de la calle precisamente para evitar que tu madre lo viera, no quería arriesgarme a que lo reconociera. Pero… se acordó de mí. Y me invitó a…
—¿Qué? Espera un segundo —interrumpo, la confusión grabada en mi rostro—. ¿Pero cómo va a acordarse mamá de ti? Apenas te vio en el instituto un par de veces.
—Pues se acordó. Y si no me crees, pregúntaselo a ella misma. — Lo haré, tenlo por seguro —. Te estoy diciendo la verdad. Vine exclusivamente a entregar un pedido, y eso es todo. Sin embargo…