Dulce, Amarga Vida 11 #2
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11 #2

—No, no realmente. No funciona así. No funciono así.

—Una risita nerviosa se escapa, quizás por la inusualidad de compartir esto, quizás por la mera emoción de poder hacerlo—.

Necesito... digerir la película, las sensaciones que me provoca.

Luego, abro mi libreta y empiezo a trazar puentes entre esas emociones y los sabores.

Elijo las frutas, los aromas que resuenan con ellas, los anoto.

Finalmente, decido las proporciones y...

—Su mirada es intensa, como si grabara cada palabra, cada gesto.

Una punzada de duda me asalta—. ¿Me estás tomando el pelo?

—¿Qué? No, Willa, para nada. Al contrario, me parece fascinante. —Niego con la cabeza, luchando contra el rubor que me invade al escucharlo—. ¿Puedo preguntarte algo?

Ahí está. La broma fácil está al caer. Preparo mi respuesta cortante, anticipando su risa.

—Cualquier cosa, menos dónde tengo escondido tu muñeco vudú.

—No te preocupes, si te pregunto eso, querrás saber dónde escondo el tuyo.

—Exactamente —comento, intentando disimular (en vano) una sonrisa.

—¿Puedo saber por qué te gusta tanto el cine?

Es la primera vez que alguien muestra interés genuino en eso.

Quizás la gente simplemente asume que mis aficiones son un mero pasatiempo de una asocial que prefiere la compañía de una historia ficticia antes que vivir la suya.

Y no se equivocan del todo, soy exactamente esa persona.

Pero también hay un trasfondo, una razón especial y…

Un haz de luz cegador nos alcanza, obligándome a entrecerrar los ojos.

—¡Ustedes dos! —dice una mujer cerca de la puerta de salida. La misma que nos apunta con la linterna—. Necesito que desalojen la sala ahora mismo.

A nuestro alrededor no hay nadie. Excepto ella. Incluso la pantalla está apagada. Me pongo de pie y Theo también lo hace. Él recoge la caja vacía de palomitas y los vasos.

—Nos han echado por tu culpa, evidentemente —comenta mientras observa nuestros asientos, asegurándose de no dejar nada sucio.

—¿Mi culpa? —Le doy un golpecito en el hombro mientras bajamos las escaleras.

—¡Por supuesto! ¿Quién se quedó en la sala puntuando la película que acabamos de ver? ¿Todo para qué? —Se gira un segundo para mirarme—. ¡Para darle cuatro estrellas! ¡Cuatro!

Estos encuentros empezaron como una simple obligación.

Una parte del plan. Un interrogatorio. ¿Qué habíamos hecho estos últimos seis años?

¿Cuál era nuestra comida favorita? ¿A qué alimentos éramos alérgicos?

¿Teníamos mascotas? ¿Placeres culpables?

¿Antecedentes policiales? Quedamos en vernos todos los sábados a las once de la mañana, justo después de hacer la compra.

También establecimos otras reglas, como dejar a nuestras familias al margen de este paripé y «terminar nuestra relación» un mes después de la boda de Logan para que «sea más creíble».

«Nos dimos cuenta de que, como novios, somos muy buenos amigos» o algo así deberíamos decir cuando nos pregunten por qué lo dejamos.

Sin embargo, estos encuentros dejaron de ser de una hora, y pronto pasaron a ser de dos o más.

A veces vamos a tomar un helado. A veces tomamos un café.

Pero casi siempre acabamos en el cine. ¿El precio a pagar?

Que ya ni siquiera hablamos del plan. «Aún hay tiempo, ya lo planearemos todo después», pienso, intentando justificar mi necesidad irrefrenable de ver una película en compañía.

En compañía de Theo.

De un amigo.

Basta ya .

Mis pensamientos son una marea creciente que se convierten en una tortura. Me fuerzo a enfocarme en cada detalle visual, un intento desesperado por silenciar mi mente por un instante. Funciona hasta que mis ojos, traicioneros, se cruzan con Parker.

¡ Parker !

—¿Willa?

¡ Mierda !

—¿Parker?

Mi jefa se detiene a escasos centímetros, flanqueada por una mujer morena de estatura similar. Me dedica una sonrisa, genuinamente alegre de verme. Intento devolverle el gesto, pero la mía carece por completo de su aplomo.

—Willa, te presento a Zoey —dice, señalando a su acompañante—, mi prometida.

¿Su...?

Mi boca se entreabre por la sorpresa, un gesto que solo percibo cuando la risita divertida de Parker resuena y Zoey me ofrece una mano amable, también sonriendo.

—Encantada, Zoey —consigo articular—. Perdona, Parker, es que... te imaginaba soltera.

Y es la verdad. Jamás mencionó una pareja. Aunque, claro, no tenía por qué hacerlo. Un delicado anillo de oro rosa adorna su dedo anular. ¿Cuánto tiempo lleva ahí? ¿Cuánto tiempo he estado tan absorta en mi mundo como para no verlo? Habría evitado este momento incómodo.

—Ahora Zoey sabrá que nunca hablo de ella en el trabajo, Willa —comenta Parker con una sonrisa cómplice.

—Yo... —¿Es una reprimenda? Trago saliva con dificultad, sintiendo que he metido la pata hasta el fondo—. No es así, Zoey. Parker siempre habla de ti, solo que yo... suelo estar despistada todo el rato.

—No es cierto —responde Parker entre risas suaves—. Zoey sabe que mi vida personal se queda fuera de la oficina. Y tú no eres despistada, Willa. De hecho, eres mi compañera de trabajo favorita.

—¿Lo soy? — ¿Por qué?

—Así es —afirma Parker—. Siempre estás concentrada en la tarea, sin distracciones. Eso lo valoro mucho. Y tu disposición constante a aprender es admirable.

Sus razones... fácilmente refutables. No es concentración, sino evasión de charlas triviales. No es afán de aprender, sino mi incapacidad para decir «No» a tareas ajenas (plantillas, reorganización, café...).

Antes de que pueda replicar, Parker se dirige a Theo—: ¿Y tú quién eres?

—Soy Theodore, el novio de Willa —anuncia con una sonrisa encantadora.

¿Mi...?

¿En serio vamos a perpetuar esta farsa ante mi jefa?

—¿Novio? Parece que no soy la única que mantiene su vida privada al margen del trabajo —bromea Parker, con una ceja enarcada.

—Así es mi Willa, un enigma silencioso, ¿verdad, cariño?

—dice Theo, rodeándome con un brazo posesivo, fuerte y cálido.

Su mano se asienta en mi cadera, su cuerpo roza el mío.

Buscando equilibrio, me aferro a su hombro, la sonrisa forzada es mi única defensa—.

Lo que hacemos a puerta cerrada es asunto nuestro, ¿verdad, mi amor?

Mi sonrisa se tambalea, convirtiéndose en una risita nerviosa. Agradezco la oscuridad de la noche que disimula el rubor incandescente de mis mejillas.

—Absolutamente, lo nuestro es nuestro. Pero si yo soy reservada, a él le encanta hablar de sobra. ¿A que sí, cielo? —suelto, propinándole dos palmadas para nada cariñosas en la mejilla, con la firme intención de que entienda la urgencia de que cierre su boca.

—A ver, nuestras almas gemelas son, en realidad, nuestros complementos —suelta Zoey, ajena al teatro barato que tiene delante.

—Pues sí.

—¡Vaya, Zo! Que se nos hace tardísimo —exclama Parker, echando un vistazo a su reloj—. Ya sabes que no me gusta entrar en la sala de cine con la peli empezada —se queja.

Parker y Zoey se despiden ¡gracias al cielo! Yo ni siquiera me atrevo a mirar a Theo. A ver, puede que no sea la persona más honesta del mundo, pero mentir en el trabajo sobre mi trabajo es una cosa. Mentirle a mi jefa sobre un novio falso es otra. Es innecesario. Es patético. Es...

—Un generoso tres sobre diez.

—¿Perdón? —suelto, con los ojos muy abiertos, girándome por fin hacia él.

—Tu interpretación. En una escala del uno al diez, Willa, necesitas más convicción —dice con una sonrisa divertida que se apaga al ver mi cara de pocos amigos—. ¿Qué te ocurre?

—¿Cómo dices? —replico, ofendida—. ¿Te acuerdas de que no teníamos que fingir delante de nadie más fuera de la boda de Logan, ¿verdad?

—Me dijiste que Kayla y tu otra compañera creen que somos novios, ¿no? Pensé que el chisme le había llegado a tu jefa. Era solo eso.

Supongo... Vale, tiene razón. Pero no puedo evitar comerme la cabeza.

No me parece una buena idea tener que engañar a Parker sobre mi vida privada.

Es que ni siquiera debí haberle mentido a Cynthia.

Ni a nadie, para ser sincera. No le veo el punto a esto.

¿Qué adulto en su sano juicio se inventa una relación como si fuera una de esas novelas que me tragaba de adolescente…

y de adulta? Y Theo... Ni siquiera es mi amigo.

Esto es irreal, un mero teatro, y... no debería sentirme tan al borde, pero no puedo más.

No puedo seguir fingiendo que mi vida no es un desastre cuando sigo atrapada en el mismo punto de partida.

Necesito llorar hasta vaciarme. O desaparecer. O ambas cosas a la vez.

—Eh... Willa —murmura Theo con suavidad. Siento sus brazos rodearme, cálidos y protectores, y mis lágrimas humedecen su camisa—. Perdóname, por favor —su voz suena sincera, cargada de preocupación—. No vi que te afectaría así. Si hay algo que pueda hacer, si esto es demasiado para ti, dímelo.

A veces desearía tener el coraje de expresar lo que realmente siento, pero la simple idea de abrir esa compuerta me paraliza, incluso a solas con mi reflejo. He tejido una red de mentiras tan compleja que la idea de quedar atrapada me produce una angustia terrible.

—Solo quiero irme a casa.

Y, por mi propio bien, no volver a verte .