Dulce, Amarga Vida 11
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Durante años, Theodore fue sinónimo de guerra para mí. Él fue el artífice de mi peor pesadilla en el instituto, la personificación de todo lo que aborrecía. Y sí, hablo en pasado deliberadamente.

Últimamente, nuestros encuentros –que él, con su irritante insistencia, llama «citas»– se han convertido en el punto álgido de mi semana.

¿Se lo he confesado? ¡Jamás! Sigue siendo insoportable, egocéntrico y pesado.

Sin embargo, en su extraña compañía, la necesidad de ponerme una careta se esfuma.

Irónico, lo sé, tomando en cuenta que todo este brillante plan se basa en fingir algo que no somos.

En fin, «la vida es un misterio», como se suele decir, pero también es una montaña rusa.

Las últimas semanas habían tomado un cariz inesperadamente positivo.

No solo por las sesiones con Leah y las salidas con Theo, sino también por al curso online de mixología al que me he apuntado y al hecho de que, por primera vez, me animé a revisar los requisitos para solicitar un préstamo bancario.

Fue ahí donde la ilusión se desmoronó, donde el ascenso se precipitó en caída libre.

Llevo seis años fingiendo tener un trabajo diferente al que tengo, y seguramente tendré que seguir fingiendo otros seis más.

Da igual lo que nos ha hecho creer Romper el Círculo ; la vida se parece más a Joy o En Busca de la Felicidad .

No basta con tener una idea o pillar un local en alquiler en medio del Soho, necesitas un plan minucioso y cumplir con un montón de requisitos antes de consignarlos en el banco, que luego te dirá si vale la pena o no darte el préstamo.

En mi caso, ni siquiera tengo un plan estipulado más allá de la lluvia de ideas que con quince años tracé en una libreta.

Ni hablemos de todo lo demás. Me siento derrotada, y ni siquiera he dado la primera pelea.

Pero Theodore... con él es distinto. Él tiene acceso a una parte de mí que permanece oculta para el resto.

Conoce la verdad de mi empleo, el fastidio que me genera.

Sabe que me encanta convertir las emociones en sabores.

Sabe que quiero abrir mi propio bar cafetería.

Y ahora sabe que quizá nunca pueda hacerlo realidad.

«Puedo ayudarte con el plan de negocio. Conozco a la persona indicada», me aseguró, cuando le conté las malas nuevas.

«No me digas que tú» le respondí pero él solo soltó una carcajada y añadió: «Qué va.

Hablo de mi hermano». Y me negué, rotundamente.

Insistió un par de veces más pero le di la misma respuesta una y otra vez.

Si esto sale adelante, será por mi propio esfuerzo.

Ante mi obstinación, cambió de táctica: «Al menos déjame distraerte un rato, ¿sí?

». Pensé que eso estaba mejor. Engañarme, hacer de cuentas que mi sueño aún pende de un hilo, es mejor que afrontar la idea de que probablemente ya se ha desplomado.

Además, Theo realmente lo hace más fácil porque con él no tengo que hacer como que me lo paso bien, realmente lo hago.

Es raro, ¿verdad? Disfrutar de las horas que paso con mi némesis.

O quizás no lo odio tanto como pensaba.

Mal chiste.

Lo odio.

¡Claro que lo odio!

Él se encargó de humillarme en el instituto.

Lo odio.

Vale, puede que haya madurado, que ya no sea el idiota de hace años, cuando se dedicó a amargarme la existencia. Pero no puedo permitirme olvidar lo que me hizo, solo porque me invita al cine si estoy teniendo un día de mierda. Tal como lo ha hecho hoy.

—¿De verdad no piensas presentarme a este… amigo ? —insiste mi madre por enésima vez, sin apartar la vista de lo que está tejiendo. Lo dice con ese tono que me hiela la sangre, como si en realidad quisiera decir: «¿De verdad que no piensas presentarme al padre de mis futuros nietos?».

—Mamá, ya te lo he dicho, le conoces, es Theodore, el amigo de Logan —respondo, mientras me aseguro de que llevo todo en el bolso: móvil, caramelos de menta, spray de pimienta e identificación—. Y no digas «amigo» —intento imitar su tono.

—¿Ah, no? ¿Y cómo debería decir, entonces? —Deja la pieza tejida sobre las piernas y, cruzándose de brazos, suelta—: ¿Novio?

—¡¿Qué?! ¡No! Ya sabes a lo que me refiero, mamá. No lo digas como si hubiera algo más. No lo hay. —Sí lo hay: un plan, un acuerdo, un negocio—. Solo somos amigos. —En realidad, somos dos enemigos intentando sacar provecho el uno del otro.

—Si tú lo dices... —responde con un deje de ironía, y pongo los ojos en blanco.

Ella, ni corta ni perezosa, replica—: Vamos, Willa, que era broma.

—Ahora es ella quien suspira—. Mira, me da igual si te echas novio, novia, si te casas, tienes hijos o si decides no hacer nada de eso.

Lo único que quiero es que seas feliz. Y como lo que más deseo es verte contenta, me alegra que tengas un amigo.

—Tengo amigos —protesto de inmediato.

—¿Los compañeros de trabajo a los que solo ves... en el trabajo? ¿Logan? ¿Desde cuándo no le ves? ¿Diez años?

Doce, para ser exactos.

—Da igual, seguimos siendo amigos —insisto, una letanía para mi propia incredulidad.

Mamá guarda silencio un instante, sopesando sus palabras o quizás no. Ella no es dada a rodeos, sus palabras son directas, aunque su verdad siempre llega con una suavidad sorprendente.

—Willa, sé que disfrutas de tu soledad. Siempre has sido así, desde niña.

Como una pequeña isla. Pero los amigos...

los de verdad, son un faro. Una mano cuando tropiezas, un refugio en la tempestad.

—Respira hondo—. La familia es un azar, y en ese sorteo, creo que tú y yo hemos ganado.

—Un guiño travieso de su parte me dibuja una sonrisa involuntaria—.

Pero los amigos, esos los elegimos. Esas personas donde tu verdadero yo se siente seguro, sin disfraces.

Y esa autenticidad es el camino hacia la felicidad.

Sus palabras me toman desprevenida. El sermón inesperado sobre la amistad, la punzante insinuación de mi miedo a ser yo misma.

¿Acaso duda de mi felicidad? ¿Cree que mi vida es una farsa?

¡¿Qué quiere decir?! Intento hablar, pero la verdad es que no encuentro palabras.

Un nudo en la garganta me silencia. ¿De verdad cuestiona mi felicidad? ¡¿Cree que le he mentido?!

—Luego nos vemos, mamá —murmuro, con la esperanza de enterrar esta conversación bajo la alfombra. Me despido con una especie de saludo militar, y ella se limita a sonreír mientras me ve salir de casa.

* * *

—Esta sí es una película de vampiros —exclama Theo en cuanto empiezan a salir los créditos finales.

—Ay, por favor. —Pongo los ojos en blanco—. Vamos, suéltalo.

—¿El qué?

—«Esta sí es una película de vampiros, pero de las de verdad, no como Crepúsculo » —comento con voz grave, intentando imitarle.

—Tus palabras, no las mías. —Sonríe, encantado de verme poner los ojos en blanco otra vez—. Te dije que sería una buena película.

—Qué va, si nunca lo dudé. Bueno, a ver, siempre estoy dudando de ti. Pero vamos, que nunca dudé de Ryan Coogler ni de Michael B. Jordan —comento mientras saco el móvil del bolso.

—¿Qué haces? —Me cuestiona con genuina curiosidad—. Me he dado cuenta que haces lo mismo después de ver una película.

—Estoy puntuando la película en Letterboxd —le respondo.

—¿En Le-qué?

—En Letterboxd —repito, levantando la vista. Va en serio, su cara de desconcierto lo dice todo—. Es una aplicación donde puedes valorar las pelis que ves, escribir críticas, seguir a otros usuarios…

—¿Y le acabas de dar cuatro estrellas de cinco a Sinners ? —Su tono es de falsa ofensa, pero la chispa en sus ojos azules, junto con esa sonrisa tan suya, me dice que me está tomando el pelo—. Pensaba que te había gustado.

—Y me ha encantado. Un montón. Solo reservo esa quinta estrella para películas especiales.

—Como Crepúsculo .

—¡Me conoces demasiado bien! —exclamo, llevándome una mano al pecho y fingiendo estar halagada. Bueno, igual no finjo tanto.

Theo no responde de inmediato. No lanza una de sus réplicas ingeniosas.

Solo sonríe, una sonrisa sutil que paradójicamente acentúa su atractivo.

Apenas un leve movimiento en la comisura de sus labios, un hoyuelo fugaz.

Sus ojos azules, normalmente brillantes, ahora parecen irradiar luz propia, reflejando el tenue resplandor de la pantalla gigante.

Siempre he lidiado con ese miedo visceral a la exposición, al escrutinio ajeno sobre mis gustos y aversiones.

Ese pavor a la vulnerabilidad me ha impulsado a construir defensas, a diluirme en la invisibilidad.

Con Theo es diferente. Él no ve dentro o a través de mí, simplemente me aprecia.

No hay máscara que deba mantener para agradarle o evitar fricciones.

Soy yo, sin filtros. Y extrañamente, me agrada ser vista así.

Quizás sea porque ya me detesta, liberándome de cualquier pretensión.

No hay deseo de cambiar su percepción, ni energía para intentarlo.

No existen expectativas silenciosas que cumplir.

Sí, esa debe ser la razón .

Y ahí está, a mi lado, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que se siente casi física, como si buscaran desentrañar un secreto oculto en mi pupila. Aunque, siendo realistas, probablemente solo esté maquinando la próxima forma de sacarme de mis casillas.

—¿Ya le has dado vueltas?

—¿A qué?

—¿Cómo sería un cóctel de esta película? —Noto cierta curiosidad en el brillo de sus ojos.