Dulce, Amarga Vida 10
23%

10

—¿Qué te parece si vamos a Mickey’s? —sugiere Theo—. Como en los viejos tiempos.

—«Como en los viejos tiempos» —repito, y no puedo evitar que mi tono suene un poco (bastante) sarcástico.

—Sí, ya sabes, como cuando íbamos al salir de clase... —Hace una pausa breve, aparta la vista de la carretera por un instante y me mira—. ¿Todavía vas a Mickey’s?

—A ver, primero —digo, levantando el índice para que se calle—, no lo digas como si yo iba a Mickey’s contigo . Yo iba con Logan...

—Y Logan iba con los chicos y conmigo, así que, técnicamente, íbamos juntos.

—...Y segundo, sí, todavía voy a Mickey’s, pero no hagas que suene como si fuera una juguetería. Es una heladería a la que va gente joven, niños y adultos. Adultos como tú y yo.

Menos mal que elegí ser sincera con Theo y no le dije que no había vuelto a pisar ese sitio desde el instituto, porque Mae, mi camarera de confianza, me habría dejado en evidencia al instante. Apenas entramos al lugar, la mujer bajita y morena me recibe con un:

—Willa, cielo, ¿un helado doble de vainilla con virutas de chocolate, como siempre? —Su pregunta llega antes de dirigir su atención a Theo—. ¿Y este hombre tan guapo quién es? —añade sonriendo mientras lo observa con detenimiento, como si fuera un billete de cien dólares caído del cielo.

—¿«Este hombre tan guapo»? —repite Theo—.

¿Así te refieres ahora al único que venía a este sitio y reproducía Uptown Girl en esa vieja máquina de discos —señala el Jukebox al fondo— hace unos...

quince años, solo para alegrarte el día?

—Se encoge de hombros—. Pero si quieres seguir llamándome así, por mí genial, Mae.

—¡Dios santo! ¡Theo! —exclama ella, como si ahora el billete fuera de quinientos—. No me lo puedo creer. —Me mira un instante y añade—: Ustedes dos. Siempre lo vi venir —comenta mientras se pone las manos en la cintura.

—¿Qué viste venir, Mae? —pregunto, con el ceño fruncido.

—Pues eso, que iban a terminar juntos.

Una carcajada incontrolable me invade, aunque no entiendo muy bien por qué. Supongo que la deducción repentina de Mae activa a la adolescente que vive en mí, provocando que mis mejillas se enrojezcan como tomates, avergonzada solo de imaginarme como la novia de alguien.

—Nos has descubierto, Mae —contesta Theo con mucha más compostura y seguridad que yo.

—Es que siempre lo supe —insiste—. La manera en que se miraban. Como si querían matarse o besarse.

—Culpables —dice Theo en tono amable.

Una amabilidad tan exagerada que resulta empalagosa, fingida...

Su sonrisa es extraña, hueca, sin rastro de la calidez de sus hoyuelos ni el brillo en su mirada.

Está tratando de disimular su incomodidad.

¿Estará enfadado? ¿Le habrá molestado que Mae asumiera que hay algo entre nosotros?

Bien que tiene interés en obtener algo de mí, pero en cuanto alguien ha dado por sentado que salimos, parece que quiere que se lo trague la tierra.

Debería levantarme y dejarlo plantado aquí mismo.

Mae se retira. Ni siquiera sé qué pidió Theo. Él se centra de nuevo en mí y, antes de que pueda decir nada, espeto:

—Ella tiene razón, sí que quería matarte.

—Lo sé, me lo has repetido varias veces hoy —intenta sonreír, pero es una mueca—. Lo que no entiendo es por qué sigues viniendo aquí —insiste—. Creía que detestabas todo lo relacionado con el instituto.

—No importa —murmuro, ocultando mis manos bajo la mesa.

En realidad, no quiero hablar de ello. O tal vez sí, pero dudo que a alguien le interese.

—A mí sí —responde. Por un instante, creo que me ha leído la mente. O que he pensado en voz alta. Mi sorpresa debe ser evidente, porque añade—: Me importa saber por qué vienes aquí, dónde has estado estos seis años.

Por supuesto.

El plan.

Eso es lo único que le importa.

Es ahí donde yace el problema de todo esto, un problema que crece como una grieta que se ensancha hasta convertirse en abismo.

Él me contó sus últimos ocho años como si fuera algo sin importancia, como si me hubiera dicho qué cenó anoche.

Quizá para él sea fácil, y ciertamente lo parece, pero para mí no.

Para mí es difícil hablar de mi vida, de mi pasado, de lo que he hecho (y de lo que no).

En general, hablar me resulta difícil, aunque a veces sienta la necesidad de hacerlo.

De hecho, casi siempre siento esa necesidad.

Sin embargo, si callar me duele, expresar lo que siento me duele aún más.

Mae regresa justo a tiempo, ofreciendo los helados como un pequeño consuelo.

Le obsequio una sonrisa de agradecimiento; ella me devuelve un guiño cómplice, seguramente tejiendo en su mente un romance de película entre Theo y yo.

Y ojalá esa ficción se hiciera realidad...

No, un momento. Eso no es lo quise decir.

Bueno, sí. Pero me refería a que ojalá Logan también compre esa comedia romántica en la que su mejor amigo y yo somos los protagonistas.

Para ello, el guión debe seguirse al pie de la letra.

Y eso implica revelar ciertos detalles de mi personaje a Theo.

Podría urdir una sarta de mentiras. Se me da bien, lo he perfeccionado durante tanto tiempo que he olvidado el punto de inflexión en el que comencé a ocultar mis sentimientos.

Pero, de nuevo, esa urgencia de hablar me asedia.

De ser escuchada. ¿Y si Theo fuera ese oído atento que necesito?

Él ha mostrado interés en mis palabras aunque sea por beneficio propio.

Al fin y al cabo, no es alguien que me importe especialmente.

Así que, quizá, podría atreverme a despojarme de mis defensas. Tal vez…

—Yo... —empiezo, clavando la mirada en el helado mientras raspo una porción con la cuchara de plástico—.

Me gradué de enfermera —suelto, aunque él ya está al tanto de esa parte—.

Pasé un año entero buscando trabajo y...

nada. Hospitales, residencias… No encontraba nada.

—Otra cucharada de helado antes de seguir—.

La situación empezaba a ser... insostenible.

Iba a cumplir veinticuatro años y seguía anclada en casa de mis padres, con los bolsillos vacíos.

El sueño juvenil, vaya. —Intento soltar un chiste amargo, pero solo consigo sonar más patética—.

Así que amplié mi búsqueda laboral. Healthchic necesitaba personal, fui a una entrevista y me contrataron.

Al principio sentí un alivio pero fue fugaz.

Cuando volví a casa, la euforia de mis padres al anunciarles mi empleo en Healthchic fue desbordante, un brillo en sus ojos que no veía desde mi graduación.

Asumieron que mi trabajo era en el Departamento de Investigación.

Soy enfermera, ¿no? Mis conocimientos podrían ser valiosos para esas barritas y bebidas milagrosas, ¿verdad?

Entonces, no pude destruir esa ilusión confesando que mi labor era la de una simple archivera.

Mantuve la farsa. —Vuelvo al helado, inspeccionando las virutas como si fueran jeroglíficos, cualquier cosa para no tener que mirarle a la cara—.

Nueve meses después, cuando ya no podía más y estaba a punto de tirar la toalla, mi hermano murió.

—Me enteré en su momento —dice Theo. Instintivamente, levanto la vista y sus ojos se encuentran con los míos—. Lo vi en las noticias. Lo siento muchísimo, Willa.

—Yo también lo siento. Y mis padres. Y Michaela, su mujer.

—Las palabras se atascan en mi garganta, la oleada de recuerdos me golpea con fuerza.

Cada tarde, al volver a casa, las voces de mamá y papá llenaban el aire.

Cuando me acercaba a la cocina, la melodía de la radio era un telón de fondo en sus conversaciones.

Después de lo de Benji, la casa se sumió en un silencio sepulcral—.

Tenías que verlos, era como si... como si una parte esencial de ellos se hubiera extinguido también.

Obviamente, la idea de llegar y decirles «mamá, papá, voy a renunciar a mi trabajo porque no soy feliz allí» era impensable.

No podía hablarles de mi propia infelicidad, no a ellos, no en ese momento.

Así que decidí resistir un año más. Un año.

—Un lapso suficiente para que cualquier vida se desmorone—.

Entonces papá enfermó. Su salud se deterioró drásticamente en cuestión de meses.

Dejar el trabajo dejó de ser una opción, mudarme se convirtió en una fantasía.

Si contrataba una enfermera para ayudar a mamá, no podría costear el tratamiento de papá.

Así que prioricé su tratamiento y lo cuidamos juntas hasta...

Cuando las palabras se me resisten y un nudo de dolor y culpa me roba el aliento, siento un contacto cálido en mi mano. Al bajar la vista, veo la suya cubriendo la mía, un gesto inesperado.

—No sabía que... Willa... —Al menos veo que no soy la única a la que le cuesta articular palabra.

Theo me mira con intensidad, como si intentara leerme el pensamiento, quizá para averiguar si todo lo que he contado es verdad o me lo he inventado.

Después de todo, le confesé mis ganas de asesinarlo.

¿Qué le impide creer que la muerte de mi padre es solo otra burda broma?

Una forma de tantear su humanidad, para luego desenmascararlo con un: «¡Era mentira!

¡Caíste! Pero al menos sé que tienes sentimientos».

Porque los tiene, aparentemente, a juzgar por su mano aún sobre la mía y la calidez en su mirada.

—¿Cómo estás?

—¿Perdón? —Su pregunta me descoloca por completo.

—¿Cómo te encuentras ahora, después de... todo lo que has pasado?

Fatal.

Hecha trizas.

Deseando morirme yo también a veces.

Sintiéndome culpable por pensar eso, sabiendo que mi madre solo me tiene a mí ahora.

Odiándome por no ser suficiente para ella. Por no ser suficiente para mí .