09 #2
—Llevan dióxido de titanio, Willa. Deberías considerar unas orgánicas —replica, examinando el estante con aire de experto antes de agarrar otro paquete de galletas—. Algo como esto.
Con una estudiada indiferencia, dejo caer mis galletas en el carrito, pero él, con una intromisión que me crispa, añade también su elección.
—Qué rapidez la tuya para encontrar el pasillo de las golosinas —comento, fingiendo admiración. Me ha llamado hace un instante desde la entrada, completamente perdido—. Suponía que tu brújula solo apuntaba hacia el pasillo de los batidos de proteínas y los suplementos para los adictos al gimnasio.
—¿O sea que me ves como uno de esos? —pregunta, con una ceja alzada y una sonrisa pícara.
—Ya, ¿me vas a decir que ese cuerpazo es de no hacer nada y cenar solo porquerías? —respondo, cruzándome de brazos.
—¿«Ese cuerpazo»? Explícate.
Y es así cómo me doy cuenta de que lo he arruinado. Lo que pienso, lo único que pienso, no lo voy a decir ni aunque me torture: Pareces una foto retocada para la portada de GQ, pero versión real .
—Olvídalo —murmullo, casi para mí.
—Puedo leerte el pensamiento —dice, con una sonrisa. Creo que ni siquiera me ha escuchado—. Apuesto a que has pensado: «Eres el hombre más guapo y jodidamente sexy que he visto en mi vida».
—¡Por favor, basta! —Frunzo el ceño, convencida de que acaba de alcanzar la cima del ridículo.
Y mi expresión, lejos de disuadirlo, parece ser su combustible, porque al instante siguiente suelta una carcajada—.
Si de verdad vamos a simular un noviazgo —digo, frenando el carrito bruscamente—, por favor, abstente de autodedicarte piropos con esos adjetivos tan… poco originales.
—¿Yo? —replica, con una sonrisa traviesa que ilumina su rostro—. La ronda de halagos la iniciaste tú.
Continuamos nuestro avance por los pasillos del supermercado. No necesito mirarle para saber que su sonrisa persiste, y la mera idea hace que una pequeña sonrisa se dibuje también en mis labios.
Theo asiente a mis elecciones o sugiere alternativas con argumentos convincentes.
Ahora entiendo su insistencia en este lugar: es un auténtico gurú de las compras.
Conoce este mercado como la palma de su mano y tiene una opinión fundamentada sobre cada artículo.
Dudo si su intención es impresionarme o fastidiarme.
A estas alturas, está logrando una curiosa mezcla de ambas.
—Theodore —digo, con un deje de exasperación contenida—, ¿podríamos centrarnos en lo nuestro y dejar el rollo sobre las propiedades de la lechuga para otro momento?
—La comida nunca es un tema secundario —replica al instante—. Pero tienes razón, hemos venido a hacer negocios.
Negocios .
Por poco me entra la risa al oír lo absurdo que suena, pero me aguanto porque, en el fondo, tiene razón. Hicimos un trato del que ambos saldremos beneficiados. Así que sí, es un negocio. Sin más.
—Podrías empezar contándome qué has hecho estos últimos ocho años, ¿no?
—propongo—. Como tu novia , creo que merezco saber qué me he perdido.
—Estoy convencida de que la respuesta es clave para que esta farsa sea creíble.
Aunque, lo admito, la curiosidad es real—.
¿Cómo pasaste de estudiar Empresariales a jefe de cocina en el Snappy Bites de Los Ángeles, y de ahí a montar tu propio restaurante en Murray Hill?
Theo frunce los labios, y una sombra de incertidumbre, casi tangible, se dibuja en su rostro. Puedo sentir el peso de sus palabras no dichas, la cuidadosa selección con la que intenta encapsular ocho años de su existencia.
—Terminé la carrera. Empresariales, como estaba previsto —comienza, apoyando las manos en el carrito que ahora desliza entre los pasillos, repleto de artículos que ha ido añadiendo con mi consentimiento—.
Le vendí a mi padre la idea de un año sabático, el clásico «necesito perderme para encontrarme», ya sabes.
Ver mundo, tropezar con la vida y, supuestamente, volver listo para la mesa directiva de Snappy Bites.
Ese era su guión, y al final, cedió a mi «rebeldía controlada».
—¿Eso fue cuando te fuiste a Francia?
—Exacto. Me fui a Francia, hice todo lo que le había dicho a mi padre que haría. Pero también trabajé para pagarme un curso de cocina. Estuve allí seis meses, luego viajé por Sudamérica y aprendí otras técnicas.
—¿Por eso tu padre te contrató en Snappy Bites? De chef, quiero decir.
—¿Qué? ¡Qué va! Eso me habría encantado —responde mientras coge una bolsa de brotes de soja para depositarla en el carrito—.
Al volver, le conté a mi padre lo de mis clases de cocina y le dije que estaba listo para trabajar de chef.
Pero me dijo que ni hablar, que ese no había sido el trato.
Y tenía razón. Así que empecé a trabajar en la directiva.
Odiaba cada día que pasaba detrás de un escritorio.
Me importaba el negocio de mi padre, de verdad que sí, pero no como él quería.
Total, que un día le pedí una oportunidad en la cocina.
Un mes, era todo lo que necesitaba. Le aseguré que duplicaría las ventas y, si lo conseguía, sólo le pediría que me dejara seguir trabajando allí.
—¿Y lo conseguiste?
—Desde luego. Empecé a experimentar con los sándwiches, primero con las salsas y las especias, luego empecé a hacer nuestro propio pan.
El boca a boca de los clientes y los comentarios en las redes ayudaron muchísimo.
—Sus ojos azules brillan con orgullo—. Todo el mundo empezó a ir al Bites de Los Ángeles.
Primero por curiosidad, pero luego volvían porque teníamos los mejores sándwiches de la ciudad.
Cuando mi padre vio los números y preguntó cómo cojones lo había hecho, amenazó con despedirme.
Me quedo boquiabierta, totalmente desconcertada. Si echar a alguien que ha duplicado las ventas de uno de tus locales es algún tipo de estrategia, reconozco que no tengo ni idea de cómo funciona aquello.
—¿Y por qué iba a hacer algo así?
—Su lógica, según él —aclara Theo con un matiz de resignación—, era que aunque Los Ángeles estaba funcionando de maravilla, las otras sucursales cercanas estaban sufriendo una caída en ventas.
Además, el aumento en la calidad de los ingredientes no se había traducido en un aumento de precios, así que lo veía como una fuga de beneficios.
Intenté convencerlo de crear un sándwich especial, algo que atrajera a más gente, pero no quiso ni oír hablar del tema.
Así que me quedé anclado, preparando los mismos doce sándwiches una y otra vez durante más de tres años.
—¿Y esa monotonía fue el catalizador que te llevó a independizarte?
—Algo así —murmura, y la simple enunciación de esas palabras parece arrancarle un pedazo del alma.
Un silencio denso se instala entre nosotros, palpable, antes de que continúe, con la voz apenas un susurro—.
Mi padre falleció. —Asiento mientras le escucho.
Había visto la noticia en la web del New Yorker de camino al trabajo.
Un infarto fulminante, según la prensa—.
Mis hermanos, la mujer de mi padre, mi madre y yo heredamos Bites.
Al poco tiempo, decidí venderles mis acciones.
—Llegamos a la caja—. Me mudé a Nueva York, a los meses me enteré de que Bago’s estaba en venta y decidí comprarlo.
Me encanta la ciudad, pero sobre todo Murray Hill —añade, refiriéndose a dónde está el restaurante—.
Entonces, monté mi propio restaurante y... esa es toda la historia.
La cajera nos dice el total. Desconcertada, la miro un instante.
—No, perdona, es que... —intento explicar que son cuentas separadas, pero me callo. Es inútil, ya es tarde.
Theo saca la tarjeta del bolsillo y paga la compra de los dos.
—Oye, que mi parte la pago yo —digo, sintiendo que la situación se vuelve un poco extraña.
—Ya está liquidado, no te preocupes.
—Bueno, pues dime cuánto es y te hago el pago ahora mismo —insisto, con la mano ya en el bolsillo buscando mi tarjeta.
—Willa, por favor, que no te voy a pasar factura por unos yogures —dice, con una sonrisa divertida mientras nos dirigimos a la puerta.
—Pero…Pero no son solo yogures —respondo, casi trotando para seguir su ritmo. Es la compra del mes y un montón de cosas más que él incluyó—. No te pedí que vinieras hasta aquí solo para hacer la compra.
—La idea fue mía, recuérdalo. No me debes nada —me dice, y por un segundo me siento un poco tonta por no haberlo recordado—. Insisto, esto corre por mi cuenta. Aunque... pensándolo bien, quizás haya una forma de agradecimiento que preferiría…
Entrecierro los ojos, analizando su expresión con suspicacia.
—¿En serio vas a tirar por ahí? ¿Me estás pidiendo acostarme contigo a cambio de unos brotes de soja?
—¡Venga ya! Me has pillado. Comida sana por sexo salvaje.
Era mi plan maestro —dice con sorna. Noto cómo me arden las mejillas; me he pasado un poco—.
Anda, vamos a otro sitio. Whole Foods casi entra en mi top cinco de sitios para una cita, pero lo he descartado.
No me gusta que le den más importancia al descafeinado que al café normal.
—¿A que sí? —le sigo la corriente, fingiendo seriedad—. Por eso mismo le tengo puestas solo cuatro estrellas en Google. ¡No se merecen más! —Cuando nuestras miradas se cruzan, siento de nuevo esa chispa, esa complicidad—. Vale, vamos a otro sitio —añado para romper el momento.
La verdad es que podría haberme negado, la verdad es que no quise.