09
Los desayunos sabatinos que compartimos mi madre y yo son una paradoja de nuestra relación: existe un vínculo profundo e innegable y, a la vez, un abismo de desconocimiento por parte de ella hacia mí.
Esto no es más que una prueba ferviente de ese temor patológico a exponerme, sin permitir que absolutamente nadie traspase mis límites.
Ni siquiera mi propia madre, quien solo conoce lo que me he encargado de mostrarle.
Entre semana, nuestras mañanas son una locura.
Apenas nos hablamos. Mientras ella se toma su primer café, yo ya estoy terminando de alistarme para salir al trabajo.
Es como si viviéramos en horas diferentes, con vidas incompatibles.
Todo se queda en un beso rápido en la frente, su «Que tengas un buen día» y mi «Gracias, igualmente, mamá».
Pero el fin de semana representa un respiro, un cambio bienvenido.
Nuestros tiempos convergen. Mi despertar se retrasa una hora, unos treinta minutos después que el suyo.
A las siete y media, la cocina me recibe con el aroma del desayuno casi listo.
Y entonces, disfrutamos de largas charlas, a veces extendiéndose por un par de horas.
Intercambiamos opiniones sobre los Mets, la película que me absorbió la noche anterior y de otros temas, como las extrañas plantas que han aparecido en la entrada, las últimas ocurrencias de algún político o el intrigante tatuaje nuevo del Vecino Rockero, un misterio aún sin resolver para mi madre.
Sin embargo, hoy la norma se ha roto. A las nueve y media, apenas logro arrastrarme hasta la cocina.
La culpa la tiene Theo, quien capturó mi atención en el móvil hasta pasada la una.
¿Debí ignorar su provocación? Probablemente.
Pero, ¿cómo permitir que ultrajara Crepúsculo ?
Sus palabras exactas resuenan aún en mi mente: «Esa película es una mierda».
Así que nos enfrascamos en un debate de casi dos horas, donde blandí argumentos afilados para defender la grandeza (o la «tontería», según su criterio) de esa joya cinematográfica.
El resultado: despertarme tardísimo, un desayuno frío y una madre indulgente que justificó mi sueño profundo con un «No quise despertarte, parecías agotada».
¡Y vaya que lo estaba! Que nadie se atreva a criticar Crepúsculo delante de mí.
La defenderé con sangre, sudor y lágrimas si hace falta.
¿Exagero un poco? Puede. Pero bueno, ahora entiendes mejor mi fascinación por ciertos clásicos del cine para adolescentes. Y sí, confieso mi vena nostálgica.
Terminamos nuestro tardío desayuno, después de una conversación curiosa sobre la actual fiebre del vinagre de manzana y sus supuestos beneficios para la salud.
Al bajar, lista para la habitual visita sabatina al supermercado, el salón se presenta ante mis ojos como un taller improvisado. Cajas de cartón, trozos de tela y un sinfín de materiales se han adueñado de los muebles y la mesa de centro, como si un huracán de creatividad hubiera pasado por allí.
—¿Qué ocurre aquí? —inquiero, esquivando una caja que luce una flamante capa de pintura plateada.
—Es mi regalo para el cumpleaños de Ronnie —explica mi madre, sin apartar la mirada del cono plateado que sostiene entre manos—.
Michaela me contó que Ronnie está obsesionada con el espacio últimamente, así que he pensado regalarle una nave espacial.
—Por fin, sus ojos color miel se encuentran con los míos, brillando con una chispa de ilusión sobre las gafas que se deslizan por su nariz—. Sé que le encantará.
Y no lo dudo.
Mi madre es la persona más creativa que conozco.
Durante más de veinte años se dedicó a cuidar niños, y aún me pregunto si fue su creatividad innata lo que la llevó a ese trabajo o si fue el trabajo el que la hizo tan creativa.
Lo que sí sé es que tanto los padres como los niños la adoraban.
Siempre encontraba formas ingeniosas de entretenerlos, lejos de las consolas o los ordenadores.
Mi hermano y yo fuimos testigos. No es que fuera enemiga de la tecnología, pero sí nos limitaba el tiempo de pantalla para enseñarnos a bordar, pintar, hacer portalápices con rollos de papel higiénico o lámparas con periódicos viejos.
Cuando éramos niños, nuestras habitaciones estaban llenas de adornos hechos a mano, ya fuera por nosotros o por ella.
Ahora, le toca el turno a mi sobrina de disfrutar de su creatividad.
—Aún faltan semanas para el cumpleaños de Ronnie. —Espero que la casa no se convierta en un taller de la NASA durante todo ese tiempo.
—Lo sé, pero quiero adelantarlo. Mira —explica, mostrándome el cono—, aquí irán las luces. —Cuando lo levanta, una inscripción en el lateral capta mi atención. La nave tiene nombre, como un barco a punto de zarpar.
—¿Benji? ¿Ese es el nombre?
La pregunta es absurda, lo sé. La respuesta está grabada ante mí.
—Benji también era un apasionado del espacio, así que creí que…
—Mamá —la interrumpo, con un tono de incredulidad—, estás tratando de mantener viva la memoria de alguien que apenas significó nada para Ronnie. Alguien que no conoció.
—Significó ser su padre —replica con firmeza—, y sí, lo conoció.
Bueno, técnicamente sí. Compartieron los siete primeros meses de su existencia. Un lapso, desde luego, demasiado breve para forjar recuerdos duraderos. Justo cuando voy a replicar, la vibración insistente del móvil en mi bolsillo trasero interrumpe el momento.
—¿Ocurre algo...? —pregunta mi madre, observando mi repentina distracción.
—Se me hace tarde —respondo, ya con el móvil en la mano. Me acerco a ella y deposito un beso rápido en su frente—. Hasta luego, mamá. Y si quieres llamar «Benji» a la nave, adelante. Olvida lo que dije.
Nada más cruzar el umbral de la puerta, mientras me enfundo el abrigo que he cogido del perchero, contesto la llamada.
—Ah, por fin —escucho la voz de Theo al otro lado—. ¿Has decidido dónde nos vemos? —Mientras sus palabras resuenan en mi oído, consulto la hora en mi reloj. Son las once y media.
—Me quedé dormida —confieso, apresurando el paso, el murmullo del tráfico intensificándose a medida que me acerco a la avenida principal.
—¿Y bien...? —Alarga la pregunta, expectante.
—Que estoy saliendo ahora mismo para hacer la compra.
—Estupendo, pues te veo allí, ¿te parece? —Su voz irradia una despreocupación envidiable, con una entonación tan energética como la de alguien que ha madrugado, trotado al amanecer, se ha revitalizado con una ducha helada y acaba de degustar un desayuno nutritivo.
—¿En el Whole Foods de Lenox Hill? —pregunto, incrédula ante su propuesta.
Ese no era el trato. Se suponía que, a mi regreso del supermercado, le enviaría un mensaje para acordar un encuentro en una cafetería distante, lo más alejada posible de casa.
La hora que establecimos fue cerca del mediodía.
Pero quizás Theodore tiene una agenda diferente, y mi sueño prolongado me ha puesto en desventaja.
No me queda otra opción que seguir su improvisado guión.
—¿Compras allí habitualmente? —pregunta, antes de añadir con una ligereza inquietante—: Pues perfecto.
No se me ocurre un escenario más apropiado para nuestra primera cita falsa que la sección de utensilios de cocina.
Piénsalo: tendrás un amplio abanico de herramientas para elegir con cuál cortarme el cuello si esta farsa se desmorona por mi culpa.
Un cuchillo de pan te vendría de maravilla, ¿no crees? Pequeño, discreto y letal, como tú.
—¿Cortarte el cuello? Qué va, Theodore. Apuntaría al corazón, para añadirle un toque de dramatismo al asunto. —Hago una pausa, esforzándome por ocultar la sonrisa que asoma—. Pero me ha intrigado eso de «pequeño, discreto y mortal». Lo consideraré seriamente.
—Entonces —dice él, con la voz ligeramente más aguda, como si sonriera también—, podrías comprar uno de plata antiguo, pretender que soy un vampiro y cumplir una de tus fantasías de adolescente. Moriré con la satisfacción de haber sido parte de tu imaginario.
—Por favor, la plata es letal para los hombres lobo.
Y para tu información, en mi adolescencia no fantaseaba con vampiros, solo con Edward Cullen, y créeme, ninguna de esas fantasías implicaba matarlo.
—Observo el semáforo, impaciente por el cambio de luz—.
Además, no necesito imaginarte como un vampiro para querer verte morir lentamente.
La mujer a mi lado me dedica una mirada de soslayo, seguida de un movimiento sutil para aumentar la distancia entre nosotras.
—Qué palabras tan dulces. Lo tomaré como un cumplido. Y para tu información, la plata también es mortal para los vampiros.
—Nos vemos en veinte minutos en Whole Foods —digo, rodando los ojos—. Y procura que esto no se convierta en mi peor pesadilla.
La misma señora se atreve a mirarme directamente, y mi mirada de vuelta la impulsa a acelerar su marcha. No me extrañaría que mañana buscase en los titulares alguna noticia sobre un homicidio en Whole Foods, con una descripción que encaje con una mujer de aspecto trasnochado.
* * *
No concibo un punto intermedio en la dicotomía del amor-odio hacia las compras, exceptuando, claro está, a aquellos privilegiados que delegan la tarea. Y, como es de esperar, yo no pertenezco a ese selecto grupo.
Personalmente, yo soy de las que disfrutan con la experiencia.
Sí, reconozco que puede ser un estrés: la lista interminable, el presupuesto ajustado, controlar el gasto...
Pero, a pesar de todo, me gusta recorrer los pasillos del supermercado, descubrir marcas nuevas de leche y caer, otra vez, en la tentación de las mismas galletas de chocolate que juré no volver a comprar la semana anterior.
—Esas galletas no te hacen ningún favor —sentencia una voz profunda, una melodía familiar que, para mi desdicha, reconozco de inmediato.
—¿Ah, no? ¿Me van a engordar? —pregunto, volviéndome hacia Theo quien, para mi fastidio, además de insufrible, también es sorprendentemente puntual.