08
Hace seis años, cuando solicité este trabajo, los requisitos parecían sencillos: ser menor de treinta, puntual, responsable, organizada y tener buena presencia, lo que en Healthchic se traduce directamente en delgadez.
Durante la entrevista, el director de Recursos Humanos me preguntó por mi peso.
Al responder que pesaba cincuenta y ocho kilos, me dijo que «estaba bien», aunque insinuó que con unos kilos menos «estaría mejor».
«Vendemos delgadez, así que tenemos que predicar con el ejemplo», sentenció.
A menudo recuerdo esa entrevista y me entra un profundo desprecio por haber aceptado este trabajo.
Y más aún, por seguir aquí sin la menor intención de escapar de esta monótona cárcel.
Mi día a día es un guión inalterable: a las siete y media enciendo la computadora, reviso el correo laboral, la llegada de Cynthia da paso a nuestra rutina llena de estadísticas y balances, luego salgo a comer, vuelvo, reviso otra vez el correo, seguimos trabajando, archivo lo hecho y espero a que sea la hora de salir.
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
Resulta irónico que la tarea más tediosa, hacer fotocopias, se haya convertido en el momento álgido de mi jornada.
Un refugio improvisado donde aprovecho para echar un ojo a las redes sociales, a las noticias o responder algún mensaje pendiente.
Bueno, lo de responder mensajes es nuevo.
Pasa desde el lunes, cuando Theo y yo empezamos a escribirnos.
Vale, eso no ha sonado del todo bien. Fue él quien escribió primero, así que técnicamente yo solo he respondido.
Theo: ¿Qué tal, Willa? Espera…
Theo: ¿Deberíamos tener algún apodo? ¿Wi? ¿Wiwi? ¿Wall-E?
Theo: Bueno, da igual.
Theo: Te escribo para saber cuándo nos vemos otra vez.
Theo: Tenemos que organizar esto bien. Hay que evitar que metas la pata.
Cinco notificaciones en menos de un minuto. Un suspiro exasperado se me escapó al escuchar la vibración insistente del móvil en la mesita. ¿Quién demonios escribe tanto a las seis de la mañana? ¡Y justo cuando estoy contra el reloj!
Yo: ¿Wall-E? No me puedo creer que con treinta años que tienes... ¿Tan difícil es comportarse como un adulto? Trabajo diez horas al día, de lunes a viernes, Theodore. Podemos quedar los sábados. Una hora. Y estoy siendo generosa. Y nada de apodos.
El hecho de que Logan y todos sus amigos (a excepción de Theodore) me llamen «Willa Vainilla» sin venir a cuento ya ha cubierto el cupo de apodos molestos en mi vida. Así que paso de que me llame Wi, Wiwi o Wall-E.
Ese día contestó enseguida, aunque no pude ver el mensaje hasta la hora de comer.
Theo: Pero Wall-E es mono, y juraría que te gustaba esa peli.
Yo: Ya. Y a ti te gusta Star Wars, y no por eso se me ocurre llamarte Darth Vader.
Theo: ¿Sinceramente? No me importaría. Aunque creo que Han Solo pegaría más.
Theo: Por cierto, ¿cómo sabes que me gusta Star Wars?
Nada más leer ese mensaje, caí en la cuenta de algo: sé demasiadas cosas sobre Theodore. Más de las que me gustaría. Y esa idea, por algún motivo, me aterrorizó.
Sé que en el instituto intentó crear un Club de Cocina, pero en cuanto los chicos empezaron a llamarle «Martha Stewart», abandonó la idea.
Recuerdo que también dejó de hablarles durante una semana, o quizá dos.
Aquel ostracismo que sufrió me generó una fugaz lástima, pues conocía bien esa sensación.
Sin embargo, comprendí que mi propia experiencia era, en parte, culpa suya, y la compasión se desvaneció. Empecé a pensar que era cosa del karma.
También recuerdo que era el chico más popular del instituto, el más guapo.
El típico que iba por los pasillos con la chaqueta del equipo de béisbol para dejar claro que, además de guapo, era deportista.
Y que llegaba cada mañana en un Volvo negro para que quedase claro que, además de guapo y deportista, tenía dinero.
Bueno, su familia tenía dinero. Vamos, Theo era un cliché con patas.
Su paso a la universidad no desdibujó del todo esa imagen.
La chaqueta desapareció, pero los volúmenes de Bly, Ferrante y Smith se convirtieron en sus nuevos accesorios, cortesía de su membresía en el Club de Lectura Contemporánea.
Odiaba que tuviéramos gustos parecidos. También le llegué a ver en varios cine fórums, sobre todo cuando proyectaban alguna película de Martin Scorsese y, por supuesto, en los maratones anuales de Star Wars .
Siempre me he considerado una persona bastante perceptiva, así que me reafirmo en esa idea al darme cuenta de que, efectivamente, sí recuerdo muchas cosas de él. Aunque no fue exactamente eso lo que respondí.
Yo: Conozco a mis amigos, pero sobre todo a mis enemigos.
Respondió diciendo que él también recordaba cosas de mí. Como las películas que más me gustaban o los géneros que menos disfrutaba. Solíamos coincidir un montón en las sesiones de los sábados por la tarde, así que tampoco es que sea muy observador, ¿no?
Desde ese día, hemos estado inmersos en una conversación interminable que ha ido desde las películas que consideramos más sobrevaloradas, los peores café que hemos visitado en Nueva York, hasta qué lugares de la ciudad funcionarían mejor como locaciones para películas.
Yo: Healthchic funcionaría en un thriller de suspenso. Tiene una apariencia tan bonita que es difícil no pensar que algo turbio pasa entre sus paredes.
Theo: ¿Cómo qué?
Theo: ¿Qué sus empleados se escondan en la sala de copias para responder mensajes?
Theo: Qué pesadilla.
Me encuentro sonriendo mientras le respondo.
Yo: No estoy escondida. Estoy aprovechando una actividad para hacer otra. Se llama administrar mi tiempo.
El sonido de mi móvil, a causa de la notificación de Theo, se mezcla con el golpe de la puerta al abrirse. Mis ojos abandonan la luz de la pantalla para enfocarse en Cynthia, que irrumpe en el reducido espacio y se deja caer en la única silla, ubicada junto a la fotocopiadora.
—¿Estás bien? —le pregunto al ver que cierra los ojos e inclina la cabeza hacia atrás.
—Sí, sí —murmura, tapándose la boca con una mano—, solo estoy escapando del olor a maní del pastelito que se está comiendo Louis. —Hace una mueca de asco y añade—: Se me ha revuelto el estómago.
—Podrías decirle que no coma esos pastelitos en el escritorio. Al menos no cuando estés cerca —le aconsejo mientras guardo el móvil en el bolsillo del pantalón.
—Ya se lo he dicho y me ha llamado «exagerada». —Vuelve a cerrar los ojos.
—¿Y qué sabrá él? ¿Cuántas veces ha estado embarazado?
Mi comentario, o quizás la solemnidad con la que lo enuncio, provoca una risita contenida en Cynthia.
Un impulso casi salvaje me incita a decirle que lo ignore, que no debería estar comiendo en su puesto de trabajo durante la jornada laboral.
Al menos no un pastel de crema de maní. Sin embargo, me muerdo la lengua, literalmente.
La tensión entre mis compañeros y yo es palpable, y sé que un comentario así solo encendería más los ánimos.
El zumbido constante de la fotocopiadora llena el breve silencio.
Observo a Cynthia, aún con los ojos cerrados, y una punzada de lástima me atraviesa.
No merece esta situación. Aconsejarle que acuda a Recursos Humanos sería lo lógico, pero Cynthia no es ninguna ingenua; seguramente ya ha sopesado esa opción.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Ajá —apenas pronuncia mientras se incorpora en la silla.
—¿Este es tu trabajo soñado?
—Sí, supongo —responde, hay una breve vacilación en su voz—. Quiero decir, siempre quise formar parte de una gran corporación, ¿sabes? De esas que ves en Instagram con millones de seguidores. Y Healthchic encaja perfectamente.
—Ya. Pero, ¿Healthchic? Ser delgada es uno de los requisitos para trabajar aquí —comento como si fuera impensable que no se diera cuenta de lo errático que es eso.
—¡Exacto! Al menos son honestos al admitir que la delgadez importa —replica, con una franqueza sorprendente.
—¿Qué quieres decir con eso?
Cynthia se reclina en la silla, apoya una mano sobre su muslo y exhala antes de explicar:
—¿Conoces el privilegio de la belleza? —Asiento—. Pues con el cuerpo pasa igual, Willa. Puedes tener diez mujeres brillantes en una sala, pero la más delgada siempre tendrá una ventaja para conseguir el trabajo.
—Eso es... terrible —exclamo, alarmada—. Jamás basaría una contratación de alguien en su físico.
—Por eso tú trabajas aquí, y no diriges la empresa.
—¿Tú... estás de acuerdo con eso?
—No, Willa. No estoy de acuerdo. Que disfrute comer sano y hable de mis clases de pilates no significa que desprecie a las mujeres con cuerpos diferentes al mío. Me gusta mi aspecto, y todas deberían sentirse así. Pero la sociedad nos niega ese derecho.
Inicialmente, consideraba mi percepción de la sociedad como excesivamente pesimista al notar la primacía de la apariencia sobre la inteligencia.
No obstante, mi actual entorno laboral ha confirmado esta realidad.
Peor aún, me descubro no solo víctima, sino también partícipe de esta mentalidad, lo que exacerba mi profunda aversión hacia mi empleo.
—¿Dudas de tu trabajo? —pregunta Cynthia, la curiosidad tiñendo su voz.
—No —respondo tras una breve pausa—. Probablemente... No lo sé —admito finalmente.
Las dudas sobre este trabajo me asaltaron desde el principio, desde el instante en que envié mi solicitud. Pero esa es la cuestión, ¿no? Yo elegí este camino. ¿Tengo derecho a lamentarme?
—¡Ah! Ya entiendo. —Sonríe con complicidad, levantándose—. ¿Esto tiene que ver con tu nuevo novio? —casi susurra, como si las paredes tuvieran oídos.
—¿Qué? —exclamo, comenzando a apilar las copias—. ¿De qué estás hablando?
Sé muy bien de lo que habla. Por ahí dicen que «pueblo pequeño, infierno grande», ¿no? Pues resulta que Healthchic no es precisamente enorme.
—Kayla… —Se detiene—. Un pajarito me ha contado que el Día de San Valentín vino un hombre guapísimo a buscarte. Ella… Ese pajarito me dijo que este hombre te miraba con ojitos de enamorado.
—Apenas llevamos una semana —respondo, mintiendo con una naturalidad pasmosa.
—¡No me lo puedo creer! Un día de estos tienes que venir con nosotros al afterwork e invitarlo. —Hace una pausa, y la cara le cambia casi al instante. Juraría que se ha acordado de cómo está la situación entre el resto de la oficina y yo—. En cualquier caso, me encantaría conocerlo.
Su sonrisa ahora parece auténtica y cálida. Se despide con un gesto amable, justo después de recordarme que me espera para avanzar con esos balances que pronto serán mi responsabilidad exclusiva.
Suelto un suspiro audible cuando la soledad retumba a mi alrededor trayendo consigo un sentimiento de culpa. Sé que es absurdo mentir al respecto, pero eso no me ha impedido hacerlo.
¿Qué estoy haciendo con mi vida?