Dulce, Amarga Vida 07 #3
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07 #3

Esas últimas dos palabras, casi una súplica, han removido algo dentro de mí.

Me han recordado por qué en el instituto, aun cuando le odiaba a muerte, acababa ayudándole con los exámenes de inglés y, a veces, de biología.

Y es que, si puedo ayudar a alguien, sea quien sea, lo hago.

Mi padre decía que eso es una virtud; yo siempre lo he considerado una debilidad.

—De acuerdo —articulo, casi sin premeditación—. Acepto.

Seguramente me arrepentiré de esta decisión, no sería la primera vez. A pesar de mi tendencia a analizar todo de forma exhaustiva, a veces sucumbo al impulso, siempre acompañado del arrepentimiento.

—¡Gracias! —exclama, con una sonrisa radiante.

—Alto ahí —le freno en seco—. Esto no será gratuito.

—¿Perdona? —Su ceño se frunce con desconcierto—. Willa, se supone que es un acuerdo. Yo necesito una novia, tú un novio...

—Pues no, sinceramente. Ya te dije que mi intención era declinar la invitación. —Cruzo los brazos, elevando ligeramente la barbilla—. Solo te estoy haciendo un favor, y por tratarse de ti, los favores se pagan.

Ni siquiera entiendo por qué exijo algo a cambio. Quizá sea una torpe máscara para ocultar la rapidez con la que mi instinto de ayuda ha doblegado mi lógica, incluso tratándose de mi némesis.

—Bien. ¿Qué pides?

—Sabes perfectamente lo que quiero.

Sus ojos azules se estrechan al analizarme. Un instante después, una sonrisa astuta se dibuja en su rostro mientras suelta:

—Mi departamento está a tu disposición cuando quieras, o podríamos buscar un lugar más… acorde.

Un parpadeo lento revela mi desconcierto antes de comprender su insinuación barata. Una punzada de fastidio crispa mis facciones, transformándose rápidamente en una mueca de repulsa.

—¿Hablas en serio? Eres un completo cerdo, Theodore Schmidt. Sigue con esa actitud y tu novia falsa va a darse de baja muy pronto —replico, girando los ojos con exasperación.

—¿Cerdo yo? Te he ofrecido mi departamento, pero no he especificado para qué. Quizás la mente sucia la tienes tú.

Mi resoplido de incredulidad sólo provoca una sonora carcajada en él.

Su risa vibrante llena el aire, enviando una extraña y casi perturbadora sacudida a través de mí.

Ese sonido se incrusta en mi interior, arrancándome una sonrisa a mi pesar.

Aprieto los labios con fuerza, luchando contra esa reacción involuntaria.

Detesto esta familiaridad, esta conexión inesperada que surge entre nosotros.

Y, sin embargo, la cruda verdad es que… me fascina.

—Quiero lasaña gratis durante seis meses.

—¿Estás segura de que eso no es una forma disimulada de pedir sexo?

¿Ves? Ya me estoy arrepintiendo. Es imposible tomarle en serio, siempre lo convierte todo en una tontería.

Y no estoy para juegos. Ni siquiera sé si he tomado la decisión correcta; de hecho, estoy casi segura de que no.

Me levanto, con la excusa apremiante de no llegar tarde al trabajo.

Pero su mano me detiene al instante, aferrándose a la mía mientras se incorpora.

No puedo evitar observar nuestros dedos tocándose; su contacto irradia una calidez peculiar.

Su mirada también se posa brevemente en la unión de nuestras manos antes de ascender a mis ojos.

—Lasaña gratis durante un año —promete con una seriedad inesperada. Y esta vez, libera mi mano para extenderla en señal de trato.

—De acuerdo.

Nuestras manos se unen de nuevo, sellando un pacto que roza lo absurdo.

—Tengo que...

—Por supuesto —cede él, retirando su mano—. Tienes que volver al trabajo. —Asiento—. Te acompaño.

—No es necesario...

—Willa, mi auto está en el aparcamiento del edificio.

—Claro —replico, aunque una punzada de decepción intenta disfrazarse de sarcasmo—. Tampoco esperaba una muestra de cortesía genuina por tu parte.

No obstante, sería mezquino obviar su gesto. La comida, la conversación... Una extraña sensación me invade. Casi me siento halagada. Siento incluso una punzada de culpabilidad porque yo he pasado un buen rato y él se va con las manos vacías… A menos que…

—Toma esto. —Le tiendo mi termo. Theodore me observa atentamente, quizá esperando que le diga algo como «es limonada», quizá pensando que en realidad es un brebaje con amoniaco—. Es zumo de fresa, con arándano y… —explico mientras él sostiene el recipiente de aluminio.

—¿Es uno de tus cócteles?

—Sí, pero… no te lo tomes aquí, ¿vale? Mejor espera a llegar a tu piso, a tu trabajo o…

—¿O cuando tú no estés cerca? —Me ve asentir—. ¿Quieres estar lejos cuando el veneno haga efecto?

Podría ofenderme por su comentario, pero sería muy hipócrita por mi parte, teniendo en cuenta nuestro historial de conversaciones. De hecho, hasta me hace gracia que parezca que me ha leído la mente, por lo que sonrío.

—Es solo que… — No, definitivamente no. Por un segundo pienso en confesarle que nadie ha probado uno de mis cócteles, pero lo descarto. Me aterra que crea que lo que estoy haciendo es algo muy importante para mí. Porque lo es—. Si te gusta, ¿podrías decírmelo, vale? Pero solo si te gusta —recalco.

Aunque me pone nerviosa que no sea así, que le parezca lo peor que ha probado en su vida, por primera vez, la emoción puede más que la vergüenza.