Dulce, Amarga Vida 07 #2
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07 #2

—En realidad, llevo solo una semana comiendo allí. Aunque te resulte increíble, solía compartir mesa con mis compañeros —le aclaro.

Theo suelta una carcajada antes de preguntar:

—¿Y qué te hizo cambiar de lugar?

—Eran demasiado ruidosos para mi gusto —bromeo, intentando aligerar el tono.

Entonces le cuento una versión edulcorada de la historia.

Me centro en Cynthia, mi compañera embarazada, obsesionada con el pilates prenatal y los supuestos prodigios de la placentofagia.

Temas que mi paz mental agradece evitar por ahora.

Por supuesto, omito la parte en que mis compañeros se sintieron con derecho a invadir mi intimidad.

Esa es una conversación que prefiero posponer indefinidamente.

—¿Dónde nos sentamos? —pregunta Theo, escaneando el entorno.

—Justo ahí —digo, señalando un banco que está debajo de un sauce.

—¿Es tu sitio habitual? ¿A qué sí? —Asiento, intentando disimular una sonrisa que me delata.

No me conoce nada. Ha sido pura casualidad .

Una vez acomodados, Theodore toma la iniciativa. Abre la caja, extendiéndola como un improvisado mantel. Tal como mencionó, contiene dos recipientes desechables. Me invita a tomar cualquiera, asegurándome que ambos albergan exactamente la misma preparación.

—¿Qué es? —le cuestiono, abriendo mi envase y examinando su contenido.

—Es un plato nuevo. No digo que sea una invención propia pero me gusta creer que es así —aclara—. Básicamente es una combinación de ditalini con zanahoria y patata, bañado en una salsa de remolacha y espárragos que le confiere ese color morado.

No voy a negarlo, mi debilidad es la pasta, y en realidad, casi cualquier cosa comestible me atrae.

Así que, mientras escucho su explicación y observo el plato entre mis manos, la anticipación me hace salivar.

Tomo el tenedor y, sin vacilar, pruebo un bocado.

¡Absolutamente delicioso! Cierro los ojos, deleitándome con la armonía de sabores.

—Creo intuir tu veredicto, pero necesito escucharlo de tus labios —dice, sin apartar su mirada expectante.

—Está rico —intento modular mi entusiasmo antes de exclamar—: Bueno, ¡está increíble!

—Entonces, quizás tenga una receta patentable —comenta, esbozando una sonrisa triunfal que inevitablemente me contagia. No sé si bromea o si lo ha dicho en serio.

Esto es... inesperadamente agradable. No consigo evocar un recuerdo reciente de una conversación con alguien ajeno a mi familia que haya despertado en mí un interés tan genuino.

Tendría que remontarme a la universidad, a mi incursión en aquel club de lectura, donde conocí a Amy y Solange, con quienes podía sumergirme en debates sobre moda un día y sobre las complejidades del comunismo o el capitalismo al siguiente, o explorar con igual fervor la religión y la astrología.

Esta comida, este remanso de tranquilidad junto a Theo, despierta ecos de aquellos tiempos.

Aprovecho el momento para preguntarle sobre la inspiración detrás de su salsa de remolacha.

Me relata que, desde la primera vez que la probó en su viaje a Sudamérica, quedó fascinado y sintió el impulso de incorporarla a su repertorio culinario.

También me surge la curiosidad sobre cómo un chef protege la autoría de sus platos, y me explica que el proceso es laborioso, exigiendo una documentación minuciosa de cada paso.

Me permito albergar la esperanza de que esta información, aparentemente trivial, me sea de utilidad en un futuro no muy lejano.

Aunque jamás lo confesaría en voz alta, disfruto tanto de nuestra charla que las manecillas del reloj parecen moverse a una velocidad inusitada. Al echar una mirada, constato que son casi las doce y cuarenta.

—Willa —dice Theo, captando mi mirada hacia el reloj—. Hay algo más por lo que debo disculparme. Ya sabes, aquella propuesta que te hice el otro día...

—No te preocupes, ni siquiera la consideré seriamente —le interrumpo, restándole importancia con un gesto.

—Sí, lo sé. Sé que pudo sonar descabellado, pero... la verdad es que quizás sea yo quien necesite tu ayuda.

Un silencio breve me envuelve mientras proceso sus palabras incongruentes. ¿A dónde quiere llegar?

—¿Estás enamorado de... Logan o algo así? —pregunto, la única explicación que mi mente puede concebir.

Podría ser, ¿no? Tal vez alberga sentimientos por su amigo y la idea de verlo feliz en su boda le resulta insoportable. Después de todo, esa fue su propia lectura de mi comportamiento. Quizás solo estaba proyectando sus propias emociones.

—¿Qué? No, claro que no. En realidad... —vacila, llevándose una mano al cuello con evidente incomodidad—. ¿Conoces a Andrea?

—La he visto en alguna foto —respondo con honestidad.

—Bueno... fue mi novia.

Es tentador convencernos de que diez, nueve u ocho años son poco tiempo para evitar sentirnos estancados.

Sin embargo, son suficientes para que transcurran fragmentos vitales capaces de marcar nuestras vidas.

De hecho, ocho años han pasado desde la última vez que vi a Theo en persona, desde que supe algo de él más allá de sus publicaciones en redes sociales y…

—¿Saliste con Andrea? Pero jamás vi una publicación de ustedes…

—Willa, las redes sociales son una puesta en escena, no un documental de la vida real. A menudo, lo que mostramos dista mucho de nuestra verdad.

—¡Pero tú compartes infinidad de cosas! —replico, aludiendo a sus viajes, su trabajo, sus noches de fiesta... ¿Acaso eso no compone su vida?

Su mirada denota una exasperación apenas contenida.

Inspira profundamente, sus fosas nasales se dilatan ligeramente y una fina arruga se dibuja en su entrecejo.

Tras una breve vacilación, extrae el móvil de su cazadora.

Mientras desliza la pantalla con agilidad, yo aprovecho para guardar los envases vacíos en la caja.

—Ten —dice, girando el dispositivo hacia mí.

—¡No puede ser! —exclamo al ver la fotografía: él y Andrea, aparentemente en un yate. Su sonrisa radiante contrasta con el beso que ella deposita en su mejilla.

Una punzada de escepticismo me recorre; al fin y al cabo, tratándose de Theodore, cualquier estratagema es posible. Sin embargo, esta vez me resulta difícil creerlo capaz de urdir una farsa de tal magnitud, algo que puedo verificar o desmentir con una simple llamada a Logan.

¡Logan! ¿Cómo es posible que vaya a casarse con la ex de su mejor amigo? ¿Theodore y ella...?

La incredulidad me paraliza.

—¡Sigues enamorado de ella! —La verdad me golpea como un puñetazo—. Por eso aún guardas la foto. Por eso necesitas a alguien para ir a la...

—¡No! ¿Qué dices? —me interrumpe. Mi ceja arqueada es mi única respuesta, aguardando su confirmación o negación—.

No siento nada por Andrea. La foto... sinceramente, no sé por qué la conservo.

—Un profundo suspiro libera tensión de sus hombros—.

Logan y Andrea empezaron a salir poco después de que terminara lo nuestro.

Me preguntaron si estaba bien. Les dije que sí porque lo estaba.

Mi respuesta fue honesta —añade rápidamente—.

Pero creo que no me creyeron del todo. Sus miradas siempre contenían una pizca de...

condescendencia. Y eso me irrita profundamente.

Cuando me pidieron encargarme del catering de la boda, me lo preguntaron de nuevo.

¿Sabes por qué? —Niego—. Porque no me creen.

Incluso aceptando su oferta, sé que no me creen.

Por eso necesito que alguien venga conmigo... Que vengas tú conmigo. Por favor.