07
En mi primer día en Healthchic, Wendy, en aquel entonces, una becaria, me invitó a unirme al Comité de Eventos.
Apenas entreabrí los labios para preguntar en qué consistía, ella lo interpretó como una aceptación.
Tras ese gesto indeciso, Wendy inscribió mi nombre como nuevo miembro.
Nunca manifesté claramente mi falta de interés en organizar fiestas para desconocidos, pero tampoco lo negué con seguridad.
Ella, sencillamente, lo asumió, al igual que Logan creyó que tenía pareja y mi madre piensa que trabajo en el Departamento de Investigaciones, sin imaginar que en realidad solo archivo documentos en el de Finanzas.
Parece que las personas proyectan sus propias ideas sobre mí y yo, por demasiada cortesía (o falta de valentía), les sigo el juego, lo que a menudo me lleva a situaciones incómodas.
He decidido reescribir mi historia, paso a paso.
«Pequeños triunfos» como diría Leah. Ayer mismo di el primero: le dije a Wendy que ya no quería formar parte de su comité.
Sé de sobra que piensa que mi decisión tiene que ver con lo que pasó en la comida el otro día.
De otra manera, sus súplicas y tácticas de culpabilidad ya me habrían doblegado.
Pero esta vez, no hubo insistencia de su parte, solo orgullo.
Asintió una vez, diciendo que ella y Cynthia no iban a dar abasto, pero me negué en redondo a caer en su trampa.
He rescatado la palabra «no» de su largo letargo.
Es mi modesta victoria tras una sequía considerable.
¿Otra alegría? El dulce recibimiento de unas galletas de chocolate en mi escritorio.
La oficina, una vez al año, evoca la atmósfera festiva de un instituto en San Valentín con una invasión de corazones y cupidos desde la entrada.
Este año, el detalle corporativo (un cupón para una escapada romántica al The New Couple Spa) se vio inesperadamente acompañado por la generosidad de Parker: una caja de galletas y una botella de vino blanco.
Desconozco por qué lo ha hecho, aunque supongo que busca insuflar espíritu festivo entre todos ante la inminente oleada de regalos de enamorados que inundará la oficina antes del mediodía.
Algunos no somos parte de este fervor romántico, algunos contemplamos el día desde la orilla de la soltería, pero supongo que este año lo haremos borrachos y comiendo galletitas.
—¡Deben estar riquísimas! —observa Cynthia con entusiasmo, interrumpiendo mi momento con su presencia.
Se acaricia el abdomen como si estuviera embarazada de seis meses, aunque en realidad aún lo tiene tan plano como siempre—.
Son de Sol's Crispy. Yo sugerí el sitio, ¡son mis favoritas!
Pero la maternidad me ha vuelto más prudente con el chocolate, así que hoy toca avellana.
—A diferencia de Wendy, Cynthia parece navegar en una burbuja de feliz olvido respecto al altercado, y mi deserción del comité, intuyo, le resulta tan trascendente como el color de las servilletas con la que limpio las sobras de las galletas—.
¡Feliz San Valentín! —suelta, dejando una palmada fugaz en mi hombro antes de dirigirse a su escritorio.
El reloj marca las once cincuenta y tres.
Siete minutos para liberarme de este lugar y disfrutar de al menos otros cincuenta de total desconexión.
¡Ah, un detalle crucial! He tomado la decisión de no compartir más la comida con mis compañeros.
Quizá me tilden de asocial, o quizá no les importe, pero últimamente la opinión ajena ha perdido peso en mi balanza.
He comprendido que a menudo las personas construyen una imagen preconcebida de los demás y se aferran a ella.
Así que, desde la semana pasada, en cuanto el reloj marca las doce, desciendo al parque a un par de calles de la oficina y como allí.
Hoy, como es «un día especial», he dejado la fiambrera en casa a favor de comprar un bagel en el puesto de comida rápida que hay fuera del edificio.
Además, he decidido traer uno de mis cócteles.
Lo he bautizado, ¡sorpresa!, Día de San Valentín.
Pero no por la fecha en sí, sino por la película.
Sí, esa con Julia Roberts y un montón de actores más.
Cómo sea, este cóctel sin alcohol mezcla zumo de fresa, zumo de arándano y agua de Jamaica.
Lo he endulzado con miel, lo justo para que predomine el toque cítrico.
Podría seguir dando detalles pero apuesto que no quieres escuchar cómo lo he preparado, además, son las doce menos dos y…
El sonido del teléfono sobre el escritorio interrumpe mi ensoñación.
—Hola, Willa. Tienes una visita.
Tardo un segundo en procesar el anuncio de Kayla, la recepcionista.
—¿Una visita?
—Sí, un mensajero, creo —susurra, como si temiera ser escuchada—. Dijo que venía a entregar... ¿una disculpa? —Su tono es tan confuso como mi mente—. Se llama Theodore Schmidt.
Y todo cobra sentido.
—No espero a nadie.
—Pero... ¿lo conoces? Insiste en que te conoce. —Kayla hace una pausa, y casi puedo visualizarla girando en su silla para mayor privacidad—. No sé si lo de la disculpa es literal o una forma de hablar, pero trae una caja. Un... regalo, quizás.
Un regalo.
¡Muchas gracias, Kayla, por picar mi curiosidad!
Theodore y su misteriosa caja ahora taladran mi mente. ¿Será una bomba? No, calma, no voy a caer en la paranoia. Para empezar, seguridad lo habría interceptado sin dudarlo. Y segundo, Theodore podrá ser excéntrico, pero terrorista... lo dudo mucho. Entonces, ¿qué demonios trae entre manos?
—Bajo ahora mismo.
Las puertas del ascensor se abren en recepción justo cuando Kayla y Theo sueltan una carcajada cómplice.
—En serio, creo que mi cerebro se niega rotundamente a asimilar el inglés —le escucho decir a Kayla.
—¡Ah, Willa! —saluda ella con entusiasmo—. El señor Schmidt me estaba poniendo al día sobre sus años de estudio. Dice que en inglés te sentabas delante para que pudiera copiarte. ¡Qué amistad! Yo jamás me habría arriesgado así por nadie.
—El riesgo de ser descubierto era exclusivamente suyo —respondo con una ironía apenas velada. Era lo mismo que me repetía a mí misma siempre que me preguntaba por qué le ayudaba si en realidad lo odiaba—. Bueno, ¿y tú qué haces aquí?
La mirada de Kayla viaja de mí a Theo, evaluándonos.
Al comprender la atmósfera que se tensa entre nosotros, se levanta con discreción, nos ofrece un gesto de despedida y desaparece tras el umbral metálico del ascensor.
Cambio el peso del termo en mis manos, mientras la otra busca un punto de apoyo en mi cintura, expectante ante su respuesta.
—¿Siempre eres tan amable con tus compañeros? Acabas de ahuyentar a la pobre Kayla.
—Es la pausa del mediodía, esa es la razón de su partida.
—Lo sé perfectamente, cerebrito. Por eso mismo estoy aquí.
—Theo deja escapar un suspiro antes de proseguir—.
He estado meditando sobre lo que hablamos hace unos días.
Sobre lo detestable que fui contigo en el instituto, ¿sabes?
Y quiero, no solo disculparme por todas las tonterías que hice con dieciséis años, sino también demostrarte que he cambiado.
—Levanta la caja blanca que lleva en las manos—.
Así que he preparado algo de comer especialmente para ti.
Soy escéptica por naturaleza, o quizá por experiencia. Me gustaría creer en Theo y en su (presunto) gesto amable. Pero conociendo su historial, no puedo evitar dudar.
Oigo el eco insistente de sus pasos resonando a mi espalda mientras me dirijo al ascensor. Un suspiro escapa de mis labios, hastiada de su persistencia. Sin embargo, esa punzada de incertidumbre se abre paso en mi mente: ¿y si, por una vez, sus palabras fueran sinceras?
Me detengo frente al ascensor, con el botón ya pulsado, y me giro hacia él.
—¿Si te perdono me dejas en paz?
—¿Sí? —responde, una vacilación momentánea empaña su afirmación.
—En ese caso, trato hecho. Te perdono —sentencio, dándole una palmada en el hombro justo cuando las puertas del ascensor se abren ante mí.
—¡Espera! —exclama, colándose justo antes de que la barrera metálica se cierre—.
Willa, necesito tu perdón genuino, así como mis disculpas lo son.
—Se detiene, humedece sus labios con una visible inseguridad y prosigue—: Quizá hice cosas terribles.
—Mi mirada se endurece ante su fallida selección de palabras—.
De acuerdo. Sé que hice cosas terribles , y si me odias, lo entiendo.
Ni siquiera te pido que me perdones... Vale, sí que te lo pido, pero en realidad quiero que me dejes demostrarte que ya no soy aquel tonto de dieciséis años.
—Obviamente, ya no tienes dieciséis —suelto—. De lo otro, no estoy tan segura. —Aunque me gustaría estarlo.
Me detengo un instante, sopesando la situación con frialdad.
Si elijo creerle y mi escepticismo se confirma, revelándose todo como una de sus habituales bromas, la decepción sería mínima, casi esperada.
Sería, de hecho, una actitud muy coherente con su personalidad.
Pero si le doy una oportunidad y me demuestra un cambio genuino...
quién sabe, quizás así podría rescatar una pizca de mi confianza en los demás.
—¿Willa?
—De acuerdo —cedo—. Quiero ver que de verdad has cambiado.
Nuestras sonrisas se encuentran, un momento de complicidad entre nosotros. Una punzada de esperanza, casi una certeza de haber tomado la decisión correcta, me invade.
—Estupendo —exclama un par de veces, como buscando reafirmación en sus propias palabras—. Por cierto, he traído comida para dos —anuncia al abrirse las puertas del ascensor—. Podríamos ir al parque que hay a la vuelta de la esquina…
—Allá voy —respondo, ajustándo mi blazer en previsión del gélido viento que azota la calle.
—¿En serio? ¿Comes allí? —inquiere, al verme asentir—. Así que prefieres la soledad a los bulliciosos comedores. Apenas has cambiado, Willa.