06
Con la mirada perdida en el deslucido esmalte de mis uñas, aguardo en la exigua sala de espera.
Ya sé que hace menos de un mes dije que no volvería a plantarme cara a cara ante un terapeuta, al menos no en unos cuantos años, pero aquí estoy, a punto de conocer a Leah, la psicóloga ocupacional de Healthchic.
Supongo que debes de estar pensando que soy un desastre cumpliendo promesas, pero es que en estos temas las cosas nunca son tan fáciles, y desde luego, nunca son blanco o negro.
Cuando tienes un malestar físico, lo primero que piensas es en ir al médico.
Sin embargo, cuando el problema es mental, la resistencia se erige como un muro.
Paradójicamente, aquello que podría brindar el mayor consuelo es precisamente lo que más temor infunde: reconocer la vulnerabilidad, admitir que una dolencia invisible nos arrebata la normalidad.
Lo sé porque esa es (parte de) mi historia.
Lo sé porque esa es la razón que me llevó a decidir en firme no volver a sentarme frente a un terapeuta. Estaba cansada de eso.
La primera vez que fui a terapia fue en el instituto, cuando apenas tenía catorce años.
Pam me ayudaría a superar «un evento traumático» que no mencionaré porque lo pasado, pasado está.
El caso es que unos meses después de aquella primera sesión, y tras varias pruebas y análisis, acabé con un diagnóstico de ansiedad.
Dejé de ir porque me sentía mejor… bueno, porque «me sentía mejor».
Pero la verdad es que no quería preocupar a mis padres cuando podía demostrarles que era capaz de ser normal.
Cinco años después, estaba de vuelta en la consulta de Pam, cuando pensé que la universidad iba a acabar conmigo.
Resulta que no solo tenía ansiedad y estrés, sino que estaba pasando por un cuadro de depresión clínica.
Cogí mi receta y salí despavorida de allí porque, ¿quién quiere escuchar que sufre depresión? Nadie. Absolutamente nadie.
Pues muy bien, ¿sabes qué sucede cuando huyes de una terapia y decides no volver? Que regresas unos años después, cuando tienes miedo de tus propios pensamientos porque, de repente, sientes que habría sido mejor que murieras tú en lugar de tu hermano, quien acababa de tener un accidente.
Es cierto que aquella lista de sueños que hice a los dieciséis años hoy me parece un poco ingenua, teniendo en cuenta el plazo que establecí para cada meta.
Sin embargo, si no llegué a cumplir ninguno, fue porque estaba más ocupada intentando aparentar «ser normal» que siéndolo realmente.
Pero se aprende de los errores y, aunque puede que a mí me cueste un poco más de tiempo, ahora sé muy bien lo que tengo que hacer: si quiero tener esa vida que una vez visualicé para mí, tengo que empezar por poner orden en mi cabeza y, desde luego, hacer algunos cambios.
Porque, a menos que tenga una máquina del tiempo, es imposible que abra mi propia cafetería a los veintidós.
Y, de alguna forma, creo que Leah puede ayudarme en ambas cosas.
Mientras espero, dos becarios recién llegados animan la sala con preparativos para San Valentín.
Uno me regala una sonrisa amable mientras coloca una escalera cerca para colgar adornos de corazones rojos.
Si bien mi experiencia general en Healthchic hasta ahora no ha sido del todo positiva –con un trato a veces rígido y la cuestión salarial como tema prohibido–, debo destacar su compromiso con las celebraciones.
No obstante, esto resulta secundario ante la valiosa iniciativa de contratar, hace un par de años, a una psicóloga ocupacional para el equipo.
Acceder a apoyo para la salud mental es costoso; una consulta gratuita es una rareza.
Agradezco que los improvisados adornos del becario sean de cartón, pues uno de esos corazones escarlatas se desprende de su hilo y me golpea la coronilla. «Perdón, de verdad», murmura el joven, visiblemente apenado, mientras lo recoge y lo vuelve a colocar.
—¿Willa Gallagher? —La pregunta, formulada con una calidez envolvente, proviene de una mujer de luminosa melena rubia que se asoma por la puerta que tengo justo enfrente.
Me aliso instintivamente el cabello, ligeramente revuelto por el pequeño incidente, y levanto la vista. Asiento, y ella me invita a entrar con una sonrisa acogedora.
A diferencia del imponente escritorio que presidía la oficina de Pam en el instituto, o del desván que tenía en su consultorio privado, aquí el ambiente es distinto, y lo agradezco.
Un par de sofás dispuestos frente a una discreta mesa de madera sugieren una conversación más relajada.
Leah toma asiento en uno y me indica el otro, invitándome a unirme.
La escena evoca una charla tranquila entre amigas.
Quizá eso sea lo que nos espera, aunque la serenidad del encuentro aún está por confirmarse.
Ella se recuesta en el respaldo de su sofá, cruza sus largas piernas y adopta una postura relajada que, desde luego, contrasta con la mía. Yo permanezco casi petrificada, la espalda tensa y las rodillas juntas, aprisionándolas entre mis manos.
El trabajo de Leah se centra exclusivamente en problemas vinculados al ámbito laboral, así que si quiero que me ayude a sentirme menos culpable por creer que voy con tanto retraso en la vida, tendré que cambiar alguna palabra aquí y allá.
—Yo… No me veo empezando en un puesto nuevo casi a los treinta, cuando se supone que ya debería haber ascendido hace cinco años —digo finalmente, aunque lo que me ronda la cabeza suena más a: «En cinco meses cumplo treinta años, ¿de verdad debería ponerme a trabajar ahora mismo en un sueño que tengo desde los quince o solo voy a perder el tiempo? ».
Con esa serenidad imperturbable que parece inherente a su profesión, Leah me observa durante unos instantes. Se inclina ligeramente, toma su tableta de la mesa auxiliar y desliza el dedo sobre la pantalla, anotando algo.
—¿Quién te metió en la cabeza que ese ascenso tenía fecha límite a los veinticinco?
—Yo misma. —Hago una pausa—. Hace unos años, hice una lista con mis metas, mis sueños... bueno, ya sabes, y apunté: «Conseguir un ascenso a los veinticinco». No puedo evitar sentir que recibirlo ahora... es como si ya no fuera lo mismo, ¿sabes? Casi un desperdicio.
—Pero Willa, la edad no impone límites. No hay un canon vital que determine el momento exacto para cada hito. Cada existencia fluye a su propio ritmo, y tu viaje es exclusivamente tuyo.
—Sí... —susurro, la duda aún danzando en mis palabras—.
Yo escribí esos números —indico, aludiendo a las edades de mi lista—, pero la verdad es que yo no los impuse.
—La mirada de Leah se intensifica, invitándome a seguir, así que me reclino en el sofá—.
La sociedad no espera nada de los hombres, salvo que trabajen.
Y, por supuesto, las mujeres esperamos que no sean unos cretinos.
Pero la cuestión es que si un hombre tiene trabajo, está bien.
Y si emprende, pues genial también, ¿no?
Es un tipo, es capaz de hacer lo que le dé la gana.
Nunca, de verdad, nunca he oído que a un hombre le digan: «¿Y tú para cuándo te casas?
», «¿Y los niños, para cuándo?», «Oye, no te pongas así, no es para tanto», «Tienes un currículum impresionante, pero ¿podrías perder un par de kilos?
», «¿Podrías pintarte las uñas? ¿Usar tacones? Ya sabes, intentar ir un poco…mejor».
Necesito una bocanada de aire antes de que las palabras sigan fluyendo. Sé que Leah, perspicaz, no cortará este río de emociones, esta cólera que me crispa y me ancla al sofá con fuerza.
—¿Y nosotras qué? Nos imponen una carrera contrarreloj: graduarnos antes de los veinticinco para, en el lustro siguiente, acumular estabilidad laboral, vivienda, auto, marido y, como mínimo, un hijo.
O un perro, concedido si la agenda viajera o laboral lo exige, pero con la promesa de priorizar la familia después.
Estoy harta, hartísima, de la letanía de clichés: «¿Sigues sin pareja?
», «Deberías tomarte el matrimonio en serio», «¿No te preocupa quedarte sola?
», «Los hijos no esperan», «No seas melodramática», «¿De verdad lloraste porque no pudiste ir al The Eras Tour?
». Lo peor es cuando eso te lo dice un tipo que reventó la tele de su casa cuando los Eagles perdieron la Super Bowl.
Pero jode mucho más cuando las otras te las dicen tanto hombres como mujeres.
Porque entonces te ves obligada a preguntarte: «¿De verdad los veinte son una mierda o soy yo la única que todavía no se entera de qué va la vida? ».
El silencio que sigue a mis palabras se expande, denso y opresivo.
Leah vuelca su atención en la tablet, sus dedos danzan sobre la pantalla en un mutismo que se me antoja eterno, antes de que sus ojos vuelvan a anclarse en mí.
Con una parsimonia que contrasta con mi nerviosismo, se levanta y cruza el despacho hasta una mesa auxiliar.
El agua que vierte en el vaso y me ofrece parece un bálsamo silencioso.
Regresa a su asiento con una serenidad casi exasperante.
—La sociedad siempre erige nuevos altares de moralidad, Willa. Puede que los dogmas cambien, que lo proscrito ayer sea tolerable hoy, pero la necesidad de juzgar y reprimir persiste. Mi humilde consejo es que te aisles de ese ruido.
Doy un sorbo al agua mientras intento comprender qué quiere decir realmente. ¿Mandar todo a la mierda? Suena bien, pero no es tan fácil. Ya lo intenté.
—Procura guiar tus pasos con dos principios: no infligir daño a otros y, fundamentalmente, preservar tu propia integridad.
—Pero… ¿cómo? —pregunto, temerosa—. Me gustaría que no me importara lo que otros piensen de mí, lo que otros esperen de mí, pero…
—Pon tu propia vara de medir en primer lugar. ¿Tu meta es ser la analista estrella de Healthchic? Pues focalízate en ello. Diseña un plan estratégico y, vitalmente, celebra cada peldaño ascendido.
—De acuerdo —afirmo, mientras esa nueva tarea se inscribe en mi agenda mental.
—Sé más indulgente contigo misma —aconseja Leah con calidez—, especialmente si esa presión surge de querer cumplir expectativas ajenas en detrimento de las tuyas propias.
—Hace una pausa reflexiva—. Me gustaría mucho que volvieras en unas tres semanas.
¿Te parece un buen plazo para que me hables de tus avances?
Y te recomiendo encarecidamente que registres cada pequeño gesto que dediques a tu bienestar y las emociones que despierte en ti.
Un silencioso asentimiento es mi respuesta. Deposito el vaso sobre la mesa y me impulso a levantarme, decidida a rectificar mis errores y, por fin, a priorizar mi propia existencia. Al menos, con una determinación renovada.
En la noche, antes de dormir, me acomodo en la cama y cojo mi libreta de la mesilla, decidida a hacer ciertos cambios en mi pequeña lista.
Asistir a terapia (en progreso)
Graduarme a los 18 ✓
Empezar a trabajar (en una cafetería, claro) a los 18
Estudiar mixología a los 20 (Buscar un curso en línea)
Conseguir un crédito a los 22 (Ir al banco, averiguar los requisitos)
Abrir mi propia cafetería en el Soho a los 23 (Primero llamar a la inmobiliaria, establecer un presupuesto)
Mudarme al Soho a los 24
Tener la mejor cafetería del Soho a los 25
Tener la mejor cafetería de Nueva York a los 28
Viajar por Europa a los 30
Conocer al amor de mi vida a los 30 nuevos amigos
Abrir otro local en Londres a los 32
¿Casarme?
Le doy otro vistazo a la lista y ya no parece tan abrumadora ni tan irreal. Mi corazón se agita ante la mínima idea de hacer todo realidad.
Por primera vez, en mucho tiempo, duermo tranquila.