05
Mi madre siempre ha dicho que mi fuerte son los comienzos, que la novedad es mi motor y, cuando se desvanece, mi interés se apaga.
Por mucho tiempo lo creí, entendiendo por qué los viernes me atraían más que el fin de semana completo o por qué me emocionaba empezar un nuevo año de estudio aunque detestaba el instituto.
Pero lo primero también tiene que ver con el hecho de que mis sábados son el día en que me convierto en una adulta funcional a jornada completa: compras matutinas, limpieza vespertina y cocina nocturna, todo esto evapora el día hasta convertirlo en domingo.
Es entonces cuando, al fin, encuentro tiempo para mí, para estar con mamá.
Pero la sombra del lunes siempre se cierne, un recordatorio inminente de la monotonía que aguarda a la vuelta de la esquina.
Hoy, es un sábado típico de invierno. Fuera, el frío hace estragos, y salir después de las seis de la tarde es algo que ni me planteo.
Mamá está sentada enfrente, en un silencio expectante, su mirada fija en mí.
Un carraspeo suave rompe la quietud. Al levantar la vista, me encuentro con una sonrisa que no me convence del todo.
—¿Cuándo vas a hacer la cena? —pregunta al ver que no tengo intención de caer en su trampa y preguntarle qué le pasa.
—En una media hora, más o menos. Pero si tienes hambre, puedo...
—No voy a cenar.
Sus palabras me petrifican. Casi mecánicamente, me enderezo en el sofá, sintiendo una punzada de confusión y preocupación que me hiela la sangre.
—¿Te encuentras mal?
Mi madre y yo compartimos un asombroso parecido, que va más allá de la genética.
Ambas pequeñas, de facciones finas, con ojos color miel y el mismo castaño en el pelo (que en ella ahora se ha tornado plata).
Las fotos de su juventud, cuando tenía mi edad, son un espejo de mí misma, aunque quizás ella poseía una belleza más magnética, un aura de estrella de cine.
Yo siempre me he visto como la chica de al lado.
Pero la conexión profunda reside en nuestras personalidades: una calma que puede estallar en furia, una generosidad innata y el disfrute compartido de las cosas simples como un cielo rosado, el primer café del día, un cóctel refrescante, el canto de los pájaros al amanecer, y la ensalada rusa que papá me enseñó a preparar, su favorita.
Esa misma ensalada que cada sábado preside nuestra cena.
Y en casi diez años, escucharla rechazarla es un quiebre en nuestra silenciosa tradición.
—No, no me encuentro mal —aclara—. No es que no quiera cenar... es que no voy a cenar aquí.
Cuanto más se explica, más se espesa la niebla en mi cabeza.
—¿Entonces...?
—Un amigo me ha invitado a ver el partido inaugural de la Serie del Caribe en un restaurante cerca de aquí. Vamos juntos...
—¿Un amigo? —La pregunta se me escapa, teñida de incredulidad. ¿Mi madre tiene amigos con los que salir? Claro que los tiene. Los que conoció en su juventud, cuando trabajaba, así como antiguos vecinos. Pero esta es la primera vez en una eternidad que queda con uno.
—¿Quién es este... amigo?
—Es Frank, Willa. Estudiamos juntos en la secundaria. Está de visita en Nueva York. Sabe que me gusta el béisbol, así que me invitó a ver el partido y acepté. Por favor, no le des más vueltas.
—No lo hago.
Claro que lo hago.
¿Quién es realmente? ¿Mi madre ha estado en contacto con él? ¿Desde cuándo? ¿Se han reencontrado por Facebook? ¿Es de fiar? La retahíla de preguntas que asalta mi mente se ve bruscamente interrumpida por el claxon de un auto. Basta con ver la sonrisa de mi madre para saber que se trata de su amigo.
—¿Debería...?
—No, Willa. No hace falta. No tengo quince años —comenta divertida—. Y, por favor, confía un poco en mí cuando te digo que Frank es mi amigo, sin más.
Se levanta con una ligereza sorprendente, se acerca y deposita un beso suave en mi frente.
—Estaré bien —afirma. La sonrisa que me dedica busca disipar cualquier vestigio de preocupación.
Tras descolgar el bolso del perchero, mamá se marcha, dejando tras de sí un vacío silencioso. Apenas un minuto después, el rugido del motor irrumpe brevemente antes de desvanecerse en la distancia.
Quizás, después de todo, el parecido con mamá sea una ilusión.
Ella tiene amigos, tiene a Frank. Yo, en cambio, me refugio en las páginas de Ali Hazelwood y su perfecto Jack Smith.
Yo, que a los dieciséis soñaba con estar perdidamente enamorada a los treinta.
Qué ingenua fui. Abandono el libro sobre la mesa de centro, la compañía ficticia que me ofrecía, y aparto la manta, desprendiéndome de la tibieza artificial antes de ponerme en pie.
Hubo un tiempo en que mis sábados eran radicalmente distintos.
Durante mi infancia, las noches sabatinas transcurrían en familia.
Cuando mamá elegía la película, casi invariablemente nos sumergíamos en un musical y/o en el talento de Barbra Streisand.
En cambio, las elecciones de papá nos llevaban con frecuencia a la filmografía de Frank Capra o de Gary Cooper.
Al llegar a la adolescencia, el cine se convirtió en mi refugio personal.
Prefería las dobles sesiones en solitario, aunque a veces Logan se unía a mí.
Sin embargo, él solía aparecer con Theodore y el resto de sus amigos.
Se excusaba diciendo que se los encontraba casualmente y que, al ser un lugar público, no podía pedirles que se marcharan.
Definitivamente, esos se convirtieron en mis sábados menos memorables.
La verdad es que disfrutábamos más a solas.
En la universidad, el tiempo libre para ir al cine se esfumó, y debo admitir que a menudo ni siquiera sentía el impulso de alquilar una película para verla en la pantalla del ordenador.
A lo sumo, existían las proyecciones especiales que ocasionalmente se organizaban en el campus, mi actividad favorita durante esos años.
Después de esa etapa, mis sábados se deslizaron en una monotonía predecible hasta... hoy.
Pero no derramaré lágrimas por esto. Y mucho menos voy a montar una escena. Perfectamente puedo disfrutar de un sábado por la noche en mi propia compañía. No es que vaya a revolcarme en los recuerdos y lamentar lo que ya no está... Justo lo que estoy haciendo ahora mismo.
A veces me asalta la idea de que aceptar la invitación de Logan a su boda fue un error garrafal.
No por las palabras de Theodore, cuya credibilidad es nula, además, aquella fugaz atracción por Logan es cosa del pasado.
Pero precisamente ahí reside el problema.
Yo estaba tan tranquila pasando desapercibida por voluntad propia.
Ya lo había superado. Pero ahora vuelve a la carga, dando por hecho que iré a su boda con un novio que no existe.
¿A quién intento engañar? La verdadera torpeza aquí es fingir una relación, en lugar de ser honesta con mi mejor amigo.
Y ahora me toca cargar con el peso de mi conciencia.
Debería estar inmunizada contra mis propios errores, pero supongo que la naturaleza humana nos predispone a acostumbrarnos solo a lo placentero, aunque lo desagradable sea una constante.
Lo más complejo, lo que realmente me pesa, es la falta de un confidente sincero.
Si se lo revelo a mi madre, inevitablemente pensará que he perdido el juicio por inventarle a Logan una pareja inexistente.
Y la perspectiva de tener que darle la razón me resulta agotadora.
En el trabajo, el ambiente con mis compañeros sigue siendo tenso.
La única persona con la que podría hablarlo es Parker, y desde luego, no procede contarle mi vida privada a mi jefa. En cuanto a Theodore...
No, rotundamente no .
* * *
—Qué gusto verla de nuevo, señorita Willa —saluda Joshua en cuanto me detengo frente a la barra.
—Gracias.
A estas horas, Hearth se transforma por completo. La multitud y el bullicio de las conversaciones lo inundan todo, eclipsando la música ambiental. Apenas un par de taburetes permanecen libres en la barra, y ahora uno de ellos es mío.
—¿Lo de siempre? —pregunta Joshua mientras anota mi pedido.
—No. Bueno, sí. Pero solo para mí esta vez, no para dos.
—¿Le apetece algo mientras espera? —inquiere sin dejar de teclear en su tableta.
—Sí, una copa de vino tinto estaría bien. El más económico que tengas, por favor.
Joshua esboza una sonrisa mientras continúa ingresando la orden.
—Mejor sírvele una copa de Mouton Rothschild —interviene Theo, capturando mi atención al instante.
—¿Esa es tu clave para decir «veneno»?
—¿En serio...? —Su tono denota cierta irritación—. Es solo un vino...
—Lo sé. —Bueno, eso intuyo—. Pero, ¿qué parte de «el más barato» no has comprendido?
—¿Entiendes de vinos?
—Solo sé que Moton… ese nombre no me suena precisamente al Bogle, que es justo lo que tenía en mente. —Probablemente el único vino que conozco porque es el único que mi bolsillo puede permitirse ahora mismo… y desde que alcancé la edad legal para beber.
—Invita la casa —añade Theo, con un deje de triunfo en la voz.
En el instante en que nuestras miradas se encuentran, una punzada en el pecho me advierte que mi presencia aquí es un error.
Pasé casi una hora en la cocina, repasando mentalmente las razones por las que no debía regresar. Ayer esa estrategia funcionó, pero hoy... Hoy me ha costado mucho más convencerme de que lo mejor es mantener una brecha entre mi pasado y mi presente.
—¿Ahora te has vuelto amable?
—Siempre lo he sido.
—En el instituto no lo eras. Al menos no conmigo.
Su sonrisa se desvanece al instante. ¿Me habré excedido? Puede ser. Aunque, sinceramente, si siente el más mínimo atisbo de remordimiento, si es capaz de experimentar algo parecido a la culpa, casi que me alegro.
—Ya no estamos en el instituto, Willa. —Percibo el esfuerzo con el que pronuncia mi nombre.
—Afortunadamente.