04
Si me estás imaginando como una ermitaña, te equivocas rotundamente.
Juro que intento ser sociable, pero hay ciertas cosas que, sencillamente, no se me dan bien.
Sin embargo, no me rindo. Durante los últimos…
seis años, me he esforzado por ser una compañera ejemplar: participo activamente en la comisión de festejos de la oficina, asistí a la boda de Kayla, la recepcionista, e incluso fui al bar mitzvah del hijo de Adam, de Control de Calidad.
Y, por supuesto, como con mis compañeros todos los días.
¿Que si es mi momento favorito? Ni pensarlo, pero insisto, hago el esfuerzo.
Aunque esta semana Cynthia está poniendo a prueba mi paciencia.
—El mes que viene empiezo las clases —anuncia, tras masticar ruidosamente una hoja de lechuga.
Lleva media hora detallando su nueva rutina de embarazada que, a mi parecer, sigue siendo la misma de siempre. Sin embargo, ella insiste en que está implementando cambios significativos.
—¿Pero no has hecho pilates toda la vida? —inquiere Wendy, una de las analistas de compras.
—Pilates normal, sí, pero pilates para embarazadas , no.
Es curioso, porque cuando le comenté a mi instructor que estaba embarazada y que no podría asistir a clase durante los próximos siete meses, me dijo que abrirá un grupo nuevo para embarazadas.
¿Pueden creerlo? —exclama, con entusiasmo—. Sin duda, este es mi año.
Mientras mastico un trozo de zanahoria, lucho por mantener la atención.
Como iba diciendo, a veces se me dificulta un mundo y hoy, sinceramente, no me apetece en absoluto escuchar la anécdota de cómo el instructor de Cynthia ha ideado una clase exclusiva para ella, seguramente para retenerla en la suscripción, al menos, durante tres meses más.
Aun así, es casi inevitable: cuando mi cabeza decide abstraerse, mis oídos la secundan.
Entonces, mi mente divaga y revive ese instante crucial que desvió el curso de mi vida; el que me ha traído hasta esta mesa, rodeada de personas cinco años más jóvenes, con existencias más interesantes o, al menos, más…
normativas. Ese momento en que sacrifiqué mis aspiraciones por… esto.
Cuando la desconexión se torna insoportable, regreso a la realidad. Para entonces, la conversación ha virado, casi siempre, hacia un tema aún más anodino.
—Mark se ha empeñado en que si es niña se llame Tammy y si es niño, Matthew. ¿No les parecen nombres para un diner? «Voy a tomar un café a Tammy’s», «Nos vemos en Matthew’s en media hora». Yo quiero un nombre con fuerza... ¡con garra!
—¿Timothée Chalamet? —suelta Marcus, nuestro tesorero, logrando captar mi atención.
—¿Cómo dices? —le pregunta Cynthia.
—Has dicho que quieres un nombre con garra, ¿no? Pues Timothée Chalamet. O Monica Bellucci. O Arnold Schwarzenegger. ¡Imagínatelo en el patio de la guardería! «¡Schwarzenegger, deja de comerte la arena!», suena genial.
Una risilla se me escapa sin poder evitarlo, aunque al instante temo que lo interpreten mal. Juro que no me río de Cynthia, y creo que Marcus tampoco. Simplemente, la imagen de un bebé rechoncho llamado Arnold Schwarzenegger me resulta surrealista.
—¿Estás sugiriendo que llame a mi hijo como una estrella de cine? ¿Con nombre y apellido? —pregunta, arqueando las cejas con incredulidad—. ¿Has estado inhalando la tinta de la impresora o qué? —añade, lanzándole una mirada fulminante.
—De acuerdo, lo siento. Solo intentaba ser útil. Pero, ahora que lo menciono, Willa, tú sí podrías echarme una mano.
—¿Yo? —¿Por qué?
—Mi novia y yo vamos a celebrar San Valentín juntos, en mi piso, y...
—Marcus se ve obligado a callar ante el estruendoso aplauso y los vítores de Wendy y Louis—.
¡Chicos, por favor! Es nuestro primer San Valentín y de verdad quiero que sea memorable.
Necesito elegir una película que mi chica no haya visto, pero que le encante. Y para eso, nadie mejor que Willa.
No voy a negar que, en cuanto Marcus ha dicho eso, algo dentro de mí se ha reavivado, como una llama que el viento atiza justo cuando va a apagarse.
Tiene razón, nadie mejor que yo (al menos, de los que estamos aquí sentados) para hablar de cine.
No solo veo películas: las disfruto, las convierto en mi refugio, en mi vía de escape. Lo hago desde que tengo uso de razón.
—¿Y qué tipo de pelis le gustan a tu novia?
—Comedias románticas, básicamente. Pero sé que ha visto muchísimas. Quiero encontrar una que esté bien y que no haya visto, claro.
—Pues Beginners —digo sin pensarlo mucho—. Técnicamente no es una comedia romántica, pero tiene comedia y romance. Creo que la ha visto muy poca gente y, además, está muy bien. Tiene frases preciosas.
—¿Tienes alguna camiseta con una frase de esa película? —pregunta Wendy.
—Pues sí, la verdad —admito, y una sonrisa se dibuja en mis labios sin poder evitarlo.
«Quisiera tener una llamada telefónica con alguien sin hablar».
Esa es la frase de Beginners que adorna una de mis camisetas.
La mayoría que la ha leído, incluyendo a todos en esta mesa, la consideran un chiste.
Pero para mí... para mí encierra un romanticismo peculiar.
O quizás sea yo la que no capta la ironía, dejándome llevar por una ingenuidad y un sentimentalismo que no me gusta reconocer.
Por primera vez, una sensación genuina de comodidad me invade en esta mesa, como si finalmente hubiera encontrado mi lugar. Aunque una parte de mí sabe que es una ilusión fugaz. Y Louis, con su oportuna intervención, se encarga de recordármelo apenas un instante después.
—A ver, que no lo entiendo —suelta, claramente desconcertado—.
Eres una base de datos de películas. ¿Te formaste en dirección o algo parecido?
Porque si es así, perdona que te diga, ¿qué pintas aquí?
Deberías estar dirigiendo a estrellas en Hollywood, como Sofia Coppola o...
—Parece que la búsqueda de otro nombre femenino en su mente se convierte en un callejón sin salida.
—No, no estudié Cine —respondo, con un tono que implora el fin de esta inquisición.
—Pero tú eres enfermera, ¿no? —tercia Cynthia, como si acabara de encajar una pieza de un rompecabezas muy extraño—.
Es verdad que ahora que lo dice Louis, la cosa no cuadra.
¿No deberías estar lidiando con pacientes en un hospital?
O, no sé, ¿quizá trabajando aquí pero en el servicio médico o en el Departamento de Investigaciones?
— Eternals también la dirigió una mujer, ¿verdad? —suelta Louis de repente—. ¡Ah, claro! La asiática... ¿Cómo se llama?
Contengo el impulso de espetarle: «Se llama Chloé Zhao, imbécil». Y me asombra aún más su tono, como si el Olimpo de las directoras se redujera a dos nombres.
—¿Te inhabilitaron por homicidio culposo? —interviene Wendy, con unos ojos como platos, encarnando al espectador que cree haber resuelto el misterio en el primer acto.
—¿¡Qué dices!? ¡Claro que no! Yo no...
—Pero trabajaste en un hospital, ¿no? Sería demencial estudiar algo para luego no dedicarte a ello —insiste Louis.
—Pues igual estoy demente.
Un silencio denso se instala en el ambiente durante unos pocos segundos que se sienten eternos. Wendy es la única que se mueve, observándonos con atención, anticipando una reacción inminente por parte de cualquiera.
—¿Te he ofendido?
—¿Por opinar sobre mi vida como si me conocieras de verdad? —replico con sarcasmo—. Qué va, para nada.
La rabia me invade, una punzada caliente que recorre cada fibra de mi ser.
Sin embargo, esta furia se convierte en un extraño catalizador, mutando en una sensación de poderío inesperada.
Me da igual lo que piensen cuando me levanto de la mesa con determinación, recojo mis cosas sin mirar atrás y me marcho.
Mientras me alejo, escucho el murmullo de Louis, inaudible, pero la voz de Wendy llega clara y despectiva: «Será la menopausia».
Evidentemente, Wendy .
Por un segundo, quiero dar la vuelta y escupir en su batido verde, pero una cosa es que me moleste que hablen de mí y otra muy distinta es que Recursos Humanos me llame la atención. Tengo orgullo, sí, y una reputación profesional que no pienso manchar.