Dulce, Amarga Vida 03
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A menudo, preferimos ignorar ciertos detalles de nuestra vida por temor a una mala imagen, aunque, afortunadamente, estos suelen ser insignificantes.

Si no te apetece ducharte todos los días, no pasa nada, no lo cuentes y ya está.

Si prefieres beber agua directamente de la jarra, pues muy bien, siempre y cuando esa jarra la uses solo tú.

Si crees que las películas de Hallmark son las mejores comedias románticas de la historia, no estoy de acuerdo, pero tampoco te voy a juzgar.

Sin embargo, hay otros detalles que simplemente no puedes ignorar, porque si lo haces, estarías dejando de lado una parte importante de ti.

En mi caso, son las sesiones con mi psicóloga. Sí, sé que no hay nada de malo en ello, pero te sorprenderás con la enorme cantidad de personas que hay allá afuera pensando lo contrario.

La primera vez que fui a terapia fue a los catorce años, luego volví a los diecinueve y después a los veinticuatro.

Si seguimos la pauta, debería volver este mismo año.

Siendo realistas, debería haber vuelto hace dos.

Por temas económicos, no puedo regresar todavía.

Es más fácil (y barato) centrarme en todo lo que Pam, mi psicóloga, me ha enseñado durante este tiempo.

«No pienses en lo que no tienes, disfruta de lo que ya es tuyo» fue una de las muchas frases que se me quedaron grabadas a fuego.

Una de esas frases que quedan muy bonitas enmarcadas en la pared, pero llevarlas a la práctica es mucho más complicado.

Porque sí, puedo estar agradecida por lo que tengo y, a la vez, seguir necesitando lo que me falta.

Hoy, al salir del trabajo, he vuelto a pasar por ese pequeño local que lleva un par de años en alquiler.

A simple vista, parece un lugar anclado en el tiempo, pero para mí es un lienzo en blanco donde plasmar parte de lo que anhelo.

Cada vez que lo veo, no puedo evitar imaginar todo lo que haría con ese sitio.

Finalmente, me he animado y he apuntado el número de teléfono de la inmobiliaria que lo gestiona, porque lo quiero y porque puedo hacerlo realidad.

Y el hecho de tener un trabajo en el Soho que me permite pasar todos los días por la zona donde me gustaría tener mi propio negocio es algo por lo que debo estar agradecida, ¿verdad?

Hablando de paseos y lugares, se me olvidaba mencionar otra razón por la que adoro los viernes: es el único día de la semana que voy religiosamente a Hearth, el restaurante donde preparan la lasaña más deliciosa de todo Nueva York.

¿Que si exagero? Probablemente, porque no he probado todas las demás, pero desde que descubrí la de este lugar, no me apetece probar ninguna otra.

¿Siempre fue así? Pues no. Hace un par de años, este restaurante se llamaba Bago's.

Una vez probé su lasaña y no me gustó nada.

Tenía demasiadas especias, demasiada grasa y el queso estaba excesivamente salado.

Un tiempo después, el local cambió por completo su decoración, tanto por dentro como por fuera, y también de nombre.

Y, sin duda, de chef. Decidí darle una segunda oportunidad y probar de nuevo esa lasaña.

A día de hoy, sigo pensando que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

No solo tienen la mejor lasaña que he probado jamás, sino que además el sitio es muy acogedor y el trato es excelente.

Son las cinco de la tarde de un día típico de enero y la prisa me invade. No es solo el hambre lo que me urge a llegar, sino también el frío que se cuela sin piedad a través del jersey de punto.

—¿Lo de siempre, señorita Willa? —me pregunta Joshua en cuanto me ve acercarme a la barra.

—Exactamente, Joshua. Lo de siempre.

Me siento y, mientras espero, decido mirar el móvil.

Hearth es un restaurante muy bonito. Bastante agradable, la verdad.

Haciendo honor a su nombre, consigue ese equilibrio perfecto entre la pulcritud de un negocio y la calidez de un hogar.

Es espacioso, pero acogedor; tranquilo, pero no aburrido.

Siempre hay música de fondo y la temperatura interior es ideal.

Además, tiene wifi gratis, así que aprovecho para echar un vistazo a las noticias.

Enero es un mes movido en el mundo del cine, estamos en plena temporada de premios, así que las noticias de las distintas asociaciones de críticos son casi diarias.

Y, por si no te habías dado cuenta, soy una friki de las películas.

—¿Señorita Willa? —Joshua aparece de nuevo, llamando mi atención—. Su pedido está casi listo. Entretanto, al señor Schmidt le gustaría hablar con usted. —Al notar mi confusión, añade—: El señor Schmidt es el dueño del restaurante.

No puedo evitar enarcar las cejas al oír eso. ¿Por qué querría hablar conmigo el dueño de este lugar? No le conozco, ni siquiera lo he visto en mi vida.

—¿Y a qué viene esa petición? —le pregunto, arrugando la nariz, aún confundida.

—Pues no lo sé, señorita. Solo me ha pedido que se lo dijera.

Suspiro profundamente mientras sopeso mis opciones, aunque en realidad solo hay una: aceptar y ver qué demonios quiere ese señor. Podría negarme, pero, sinceramente, sería de muy mala educación. Estoy aquí, él lo sabe, así que ¿por qué decir que no?

—Está bien, dile que acá le espero.

—Bueno, de hecho, está justo ahí —dice Joshua, señalando una mesa del fondo.

El local cuenta con al menos cuarenta mesas redondas, de dimensiones acogedoras para parejas o pequeños grupos.

Sin embargo, mi atención se dirige a una en particular: estratégicamente situada en una esquina, ocupada por un hombre solitario.

De espaldas a la barra, su rostro permanece oculto, pero la imagen que proyecta sugiere que está leyendo o concentrado en algo parecido.

Miro a Joshua y me encojo de hombros. Supongo que el señor Schmidt se cree tan importante que, aunque quiera hablar conmigo, ni se molesta en venir hasta aquí.

Mientras recorro la distancia que nos separa, me doy cuenta de que no es tan mayor como pensaba.

Vamos, esa espalda ancha y esos bíceps que se marcan perfectamente bajo las mangas de su polo negro distan mucho de ser los de un hombre mayor.

Pues muy bien, olvida cuando dije que este hombre era un completo desconocido.

Al levantar la mirada y encontrarme con esos penetrantes ojos azules, la verdad se revela ante mí.

—¡Willa Gallagher!

—¿Theodore?

—El único e inigualable —contesta con un deje de sarcasmo.

—¿Es una broma? —se me escapa—. ¿No trabajabas en Snappy Bites?

—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunta al instante, señalando la silla vacía que está delante de la suya.

—He oído rumores —respondo sin darle muchas vueltas, mientras tomo asiento. La verdad es que lo sé porque le he cotilleado las redes sociales un par de veces... bueno, quizá alguna más. Y él lo sabe, me doy cuenta por cómo me mira, con incredulidad.

—¿Rumores? ¿Te los ha contado Inez? —se burla otra vez.

—Mira, no me cites a Taylor Swift.

—O a William Bowery, a saber.

—Estoy segurísima de que esa frase es de Taylor, pero no pienso ponerme a discutir su discografía contigo.

No caí en tu trampa hace quince años y no pienso hacerlo ahora —suelto, tajante, antes de añadir—: ¿De qué querías hablar conmigo?

¿De verdad eres el dueño de este sitio? —No sé qué me asombra más.

—Sí, lo soy. Pregúntaselo a Joshua o a cualquier otro empleado.

—Ya me lo ha dicho, pero...

Intentar describir a Theodore Schmidt sin que la bilis me suba por la garganta es todo un desafío.

Estudiamos juntos en el instituto y era (es) uno de los mejores amigos de Logan.

También fue (es) mi archienemigo. Theo, diminutivo que prefería vehementemente a su nombre completo, era el típico engreído guapo y popular, el crack del equipo de béisbol, que se dedicaba en sus ratos libres a gastar bromas pesadas a los de los clubes de lectura, debate y teatro.

¿Y sabes quién estaba en todos esos clubes? Pues eso, yo.

Por desgracia, mi pesadilla no terminó en el instituto.

Tuve la mala suerte de coincidir con él en la misma universidad, la de Nueva York; yo estudiaba Enfermería y él, Empresariales.

Alguna vez nos cruzamos en reuniones o en la cafetería del campus, pero, por suerte para mí, siempre hizo como que no me conocía.

Aunque no volví a verlo en persona, alguna noche de insomnio de esas en las que me da por revisar Instagram y echar un vistazo a los perfiles de antiguos compañeros de clase, descubrí que trabajaba como jefe de cocina en el Snappy Bites de Los Ángeles, uno de los locales más importantes de la cadena de comida rápida de su familia.

Por eso, encontrármelo aquí, como dueño de mi restaurante favorito de Nueva York, es algo que, desde luego, no me esperaba.

—¿Así que llevo un año entero haciéndote millonario?

—¿Qué? —Theodore suelta una carcajada burlona, que me resulta irritante—. ¡Qué imaginación tienes! Con lo que has gastado, como mucho habrás cubierto... no sé, ¿la mitad de mi factura del wifi? Y eso siendo muy generoso.

—Ya —respondo cortante—. ¿Vas a decirme para qué me llamaste? ¿Solo querías restregarme que llevo un año pisando el restaurante de mi peor enemigo?

—¿«Peor enemigo»? —exclama, con una teatral sorpresa—. ¿Seguimos en el instituto? —Al verme arquear una ceja y cruzarme de brazos, impaciente, añade rápidamente—: ¿Logan te ha invitado a su boda?

—Sí...

—Perfecto. Pensaba que podríamos...

—... Pero no voy a ir.

—¿Qué? ¿Hablas en serio? —Su sorpresa parece genuina esta vez.

—Nunca bromearía contigo, tenlo muy claro. Para eso, tendrías que caerme bien.

—Entonces... —Niega, confundido—. ¡Pero si Logan era tu mejor amigo!

—Es mi mejor amigo —corrijo

—Con más razón. ¿Por qué no vas? ¿Acaso...? —Entorna los ojos, deduciendo—. ¡Sigues enamorada de él!

—¿Qué tonterías dices?

—¡Por favor! Era un secreto a voces que estabas loca por Logan. Todo el mundo lo sabía.

—Todo el mundo lo suponía.

—¿Y estábamos equivocados?

—No es asunto tuyo.

Equivocados, muy equivocados, no estaban.

Siempre fui de pocas palabras, hacer amigos me costaba horrores.

Pero con Logan fue diferente, la conexión surgió sin esfuerzo.

A los siete años, era un cariño puro, la simple felicidad de estar juntos.

Con el tiempo, ese sentimiento inocente se transformó en un amor silencioso y platónico.

El temor al rechazo, a perder lo que teníamos, me impidió confesarme.

Ahora, verlo feliz me reconforta, y agradezco que nuestra amistad siga intacta.

—¿Entonces, por qué no vas a ir a la boda? —insiste.

—Tengo cosas que hacer —miento, sin dudar.

—¿Un fin de semana de verano? —pregunta, con el ceño fruncido.

—¿Y qué importa? ¿No puedo tener planes en verano? —replico, tensa.

La mirada de Theodore es intensa, directa, como si pudiera leer mis pensamientos. No recordaba esa cualidad en él, tan penetrante y, debo admitirlo, magnética.

—Willa —dice en voz baja—, no sé por qué evitas la boda de Logan. Si no quieres hablarlo, lo entiendo. Pero si cambias de opinión, si necesitas contarlo, sabes que estoy aquí, ¿sí?

—¿Y por qué recurriría a ti? —pregunto, poniéndome de pie.

—Porque no estás siendo sincera. Y si mientes, la razón debe ser importante. Quieres a Logan. Faltar a su boda solo tiene dos explicaciones: sigues enamorada o algo grave ha ocurrido, algo que necesitas soltar.

—¿Y tú eres la mejor opción para desahogarme? —suelto con sorna.

—Willa, siempre soy la mejor opción. Punto.

Su arrogancia me hace poner los ojos en blanco. Si por un momento olvidé mi aversión por Theodore Schmidt, él se encarga de refrescar mi memoria.

—Adiós, Theodore. Y adiós a tu ego, que está sentado a tu lado como un gorila.

Tomo mi pedido y salgo del local, jurándome no volver.