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Para algunas personas, un evento repentino e impactante puede marcar un antes y un después en sus vidas, llevándolas a replantearse todo.
En mi caso, sin embargo, ha sido la acumulación de varios sucesos que quizás a otros les parecerían insignificantes: mi nueva jefa, mi miedo a perder mi trabajo (a pesar de llevar seis años quejándome de él), la boda de mi mejor amigo...
Créeme, no te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo hasta que tu mejor amigo de la infancia decide casarse.
Y tú, mientras tanto, decides inventarte un novio.
Es precisamente eso, mi última metedura de pata, lo que me trae de cabeza.
¿Debería mentir sobre mi vida? No. ¿Debería perseguir esa vida con la que siempre soñé?
Rotundamente sí. Así que anoche, después de cenar y justo antes de intentar dormir, desempolvé mi vieja libreta, la que una vez llené de metas por cumplir y cuya portada forré con frases de películas, porque una inspiración extra nunca viene mal.
Verás, cuando tu cabeza es un auténtico caos, necesitas tener controlado todo lo demás. Evidentemente, con dieciséis años, llevar una lista rigurosa con mi plan de vida me parecía indispensable:
Pero tener una lista enumerando todas tus metas no es suficiente, necesitas también hacerle frente a ese miedo que te acecha todo el día, todos los días. Y ahí fue donde fallé.
¿Puedo sentir lástima de mí misma al darme cuenta de que fui demasiado ingenua a los dieciséis por desear una vida idílica, casi imposible, y sin embargo, a los veintinueve, creer que aún puedo conseguirla? Pues sí. Acabo de descubrirlo. Y aún así, esta vez no pienso dejar de intentarlo.
La vida ha sido dura conmigo. O el destino.
O el karma. O como quieras llamarlo. No voy a dar los tristes detalles ahora, pero calma, que ya llegará el momento.
El caso es que, cuando has recibido un golpe tras otro, piensas que, por intentar levantarte, ¿qué es lo peor que puede pasar?
¿Recibir otro? Algo parecido me dijo mi terapeuta hace unos cinco años, con palabras más sutiles y edulcoradas, por supuesto.
Pero, por primera vez, estoy lista para poner la otra mejilla.
Y con suerte, veremos si la vida decide darme un beso esta vez.
Afortunadamente, es viernes, y eso solo puede significar una cosa: es mi día favorito de la semana.
Por la mañana, puedo elegir qué ropa ponerme para venir a trabajar, ya que los viernes no tenemos que llevar uniforme.
Aunque, la verdad sea dicha, suelo dejar mi atuendo listo desde el jueves por la noche.
Normalmente, elija lo que elija, lo más seguro es que me ponga una camiseta bordada a mano por mí con alguna frase de película.
Como esta que llevo hoy: «¡Bella! ¿Dónde te habías metido, loca?
!», de esa obra incomprendida llamada Crepúsculo.
Frase que muy bien pude haberme dicho a mí misma esta mañana cuando me miré en el espejo porque, por primera vez en mucho tiempo, me siento renovada; tan asustada como siempre, pero con ánimos de patear algunos traseros.
Ha sido como reencontrarme conmigo misma.
Bueno, como iba diciendo, los viernes son mis días preferidos porque, en cuanto el reloj marca las cinco y treinta de la tarde, sé que tengo por delante exactamente sesenta y tres horas libres.
Lo mejor es llegar a casa; después de ducharme y cambiarme, no tengo que preocuparme por acostarme pronto pensando en el día siguiente.
Al contrario, puedo quedarme despierta hasta las tantas viendo una peli o dos y, a partir de hoy, dedicándome a ese plan que un día llamé «futuro».
Sin embargo, ahora mismo no puedo centrarme en otra cosa que no sea la conversación que tengo pendiente con Parker.
Quiero decir, con mi nueva jefa. Y eso es precisamente lo que no me deja disfrutar del viernes como debería.
Lo peor es que sé que no tengo motivos para tener miedo de hablar con ella.
Sí, ahora estará al cargo de la oficina, pero sigue siendo mi compañera.
La misma que, muy amable, me prestó su blazer hace unos meses cuando Louis se tropezó y me tiró encima su café; tuve que lavar la camisa en el baño y dejarla secando en el respaldo de mi silla toda la tarde.
De no ser por ella, creo que mi opción más clara era encerrarme en el baño hasta que mi camisa estuviera nuevamente presentable.
El problema es que llevo fatal los cambios, y mi miedo viene de la idea de tener un jefe nuevo con ideas nuevas, da igual que sea Parker o un desconocido.
Además, si quieres abrir tu propio negocio necesitas dinero y si quieres dinero necesitas un trabajo.
Y si quieres un trabajo, tienes que estar a la altura de lo que tu jefe te exija.
Cuando una notificación aparece en la pantalla del ordenador, sé de inmediato que mi momento ha llegado.
Durante todo el día, mis compañeros de oficina han estado entrando y saliendo del despacho de la Directora de Ventas de Healthchic.
Parker ha decidido hablar con cada uno individualmente porque, al parecer, tiene planes específicos para todos.
Por lo que sé, ninguno de mis compañeros ha perdido su empleo.
No es que me lo hayan dicho (he pasado todo el día pegada al ordenador —y de vez en cuando, prestando atención a mi libreta—, fingiendo estar ocupada o distraída para que nadie me moleste), pero lo intuyo porque todos han salido con una sonrisa.
Quizá les agrada la idea de tener a Parker como jefa.
A mí también me gusta, de verdad, y espero poder celebrarlo en cuanto hable con ella.
Mientras camino entre las mesas, Cynthia me mira y levanta el pulgar para animarme. Le sonrío y sigo hacia el despacho. La puerta está abierta, pero llamo igualmente antes de entrar.
—Adelante, Willa, pasa —me dice Parker.
La mujer de cabello negro, ojos grises grandes y expresivos, levanta la vista de lo que parece ser mi expediente laboral.
Corrijo: es mi expediente. Acabo de ver mi foto.
Recuerdo el día que me la hicieron; fue justo dos días después de entrar en la empresa, unos diez meses antes de cortarme el pelo a la altura de la barbilla, una decisión de la que no me arrepiento.
—Nunca te había visto con el pelo largo, Willa —comenta señalando la foto—. Te quedaba muy bien. Aunque ya me he acostumbrado a verte así. —Parker cierra la carpeta, la deja sobre el escritorio y vuelve a mirarme—. Venga, siéntate. No te he llamado para hablar de peinados —bromea.
Avanzo despacio, aunque en realidad solo son un par de pasos hasta una de las sillas que están a este lado del escritorio, justo enfrente de ella.
—¿Gracias? —consigo decir finalmente, cuando mi cerebro por fin reacciona—. Por lo del corte de pelo —añado. Noto que Parker me mira con cierta diversión y me doy cuenta de lo que estoy haciendo—. Perdona, has dicho que no estoy aquí para hablar de mi pelo y…
—No, Willa, no te disculpes —dice, agitando las manos—.
De hecho, deberías venir hoy con los chicos y conmigo a tomar unas cervezas.
Para hablar del motivo de ese corte de pelo, porque apuesto a que lo hay.
Siempre lo hay. Pero ahora mismo tengo que ser una jefa responsable y hablar de tu futuro en la empresa...
—¿Me vas a despedir? —se me escapa.
—¿Qué? —Parker suelta una de sus carcajadas sonoras y despreocupadas, y niega con la cabeza—. No, claro que no, Willa.
Por primera vez en dos semanas, justo desde que supe que iba a tener una nueva jefa, me siento tranquila, como si por fin pudiera respirar hondo.
Supongo que seguiré aquí por más tiempo, probablemente quejándome de un trabajo que detesto, pero al menos tendré un sueldo fijo, y al fin y al cabo, eso es lo único que importa, ¿verdad?
Sin embargo, esa tranquilidad es fugaz. Basta con que Parker vuelva a hablar para que el corazón se me acelere.
—Willa, no sé si estás al tanto, pero me temo que dentro de unos meses Cynthia dejará la oficina temporalmente. Durante su ausencia, necesito a alguien que cubra su puesto, y tú eres la mejor opción.
De repente, siento que me arden las orejas y, aunque la oigo perfectamente, no entiendo ni una palabra de lo que acaba de decir.
—¿Yo? —Me aclaro la garganta antes de continuar—: Parker... ¿señora Hudson? Perdona, es que no sé muy bien cómo dirigirme a ti a partir de ahora…
—Por favor, llámame Parker —responde mientras se reclina en la silla.
—De acuerdo, Parker. Yo solo soy archivera, Cynthia es analista de ventas. Yo jamás podría...
—Claro que puedes, Willa...
—No lo creo, Parker...
—Eres muy inteligente…
—¡Soy enfermera! —casi grito, pero me doy cuenta de mi tono cuando mis propias palabras retumban en mis oídos—. Solo soy una enfermera que trabaja como archivera en una empresa que fabrica barritas y batidos de proteínas, eso es todo —añado en un tono más bajo, casi ahogado.
—A eso me refiero, Willa. ¡Eres enfermera! ¡Llevas seis años en esta empresa! ¡Con todo tu potencial, tu inteligencia y tu disciplina! Deberías estar en un puesto mejor. Estoy convencida de que mereces un puesto mejor —afirma.
Y yo estoy convencida de que no necesito este tipo de distracciones. No me apetece ascender en Healthchic, prefiero mantener mi puesto de trabajo hasta conseguir lo que realmente quiero.
Pero la cuestión es esta: si yo fuera la protagonista de una película, el público me odiaría porque no soy como la mayoría de la gente.
Ya sé que existe ese cliché de «no soy como las demás» que tanto gusta.
Pero, normalmente, esa frase se refiere a que la protagonista es diferente porque no se maquilla ni lleva tacones, porque escucha rock en lugar de pop, o algo parecido.
Al fin y al cabo, ¡son perfectas! No hablan mucho, pero cuando lo hacen, siempre dicen algo inteligente.
No les gusta salir, pero en cuanto ponen un pie fuera de casa o del trabajo, enamoran al tipo más atractivo y millonario de la ciudad.
No se creen ni se sienten lo bastante inteligentes o astutas, pero tienen el mejor trabajo, si es que no pertenecen a una familia adinerada.
Definitivamente, yo no soy así. Solo soy una mujer que, cerca de los treinta, piensa demasiado, habla poco y, cuando por fin lo hago, no tengo el valor de decir lo que realmente se me ha pasado por la cabeza.
—Está bien —acepto, dejando que el miedo y la incertidumbre hablen por mí.
—¡Perfecto! —Parker sonríe, triunfante—.
En ese caso, pediré que envíen a algún becario a tu puesto y tú trabajarás con Cynthia para que te vaya formando.
—Toma aire y, apoyando las manos en el escritorio, justo sobre mi expediente, añade—: Si crees...
Si el síndrome del impostor se convierte en un problema, podrías pedir cita con la psicóloga de la empresa, Willa. No tiene nada de malo. ¿Alguna duda?
Niego con la cabeza porque todo me ha quedado muy claro, y también porque no quiero ver a una psicóloga. No otra vez. Me levanto de la silla y, justo antes de irme, pregunto—: ¿Puedo...?
—Sí, claro. Puedes irte. Y, Willa —exclama antes de que salga—, felicidades por tu ascenso.