Dulce, Amarga Vida 01 #2
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01 #2

—Sí. Por cierto, hoy ha llegado la factura del seguro médico —me informa mientras se gira para echar el pimiento en la sartén que está en la vitro—.

También tienes correspondencia de Logan —suelta como si nada, y casi me atraganto con el agua—.

Ahí —dice, señalando el montón de correo que hay en el otro extremo de la isla.

Logan es mi mejor amigo. Lo conozco desde los siete años, cuando intercambiábamos las meriendas en la entrada de mi casa: a él le encantaban los crepes de arándanos de mi madre y yo no podía resistirme a la tarta de chocolate que hacía la suya.

Primero fuimos vecinos y, años más tarde, en secundaria, también compañeros de clase.

Al terminar el instituto, él se fue a San Francisco a estudiar diseño gráfico.

En la época de la universidad solíamos hablar; normalmente era yo quien le escribía para saber qué tal estaba, pero dejé de hacerlo al darme cuenta de que siempre estaba muy complicado con el tiempo y los estudios.

Han pasado más de ocho años desde la última vez que hablé con él, así que recibir una carta suya me ha pillado totalmente por sorpresa, pero decido que es lo mejor que me ha pasado hoy.

Sin embargo, cuando encuentro el sobre y lo cojo, reconozco su tono marfil.

Al leer «Andrea y Logan» en letra cursiva, grabado en dorado, me doy cuenta de lo obvio.

—Mamá, esto no es una carta, es una invitación de boda —digo mientras abro el sobre.

—He dicho correspondencia , no carta —replica ella.

—¡Qué va! Dijiste… —Me callo al fijarme en el contenido de la invitación—. «…tienen el placer de invitarte a la boda de Andrea y Logan, que se celebrará el seis de julio en Palm Springs...»

¿Palm Springs? ¡Pero si Logan odia el calor!

—¿Vas a ir?

—¿Qué?

—¿Que si vas a ir a la boda de Logan?

—Pues no lo sé. Supongo que sí, es en verano...

—No se hable más, vas a ir —me corta, tajante.

En mi adolescencia, mi madre era extremadamente sobreprotectora.

No me dejaba ir a fiestas ni a ningún sitio donde sospechara que pudiera haber alcohol.

Además, tenía terminantemente prohibido volver a casa después de las nueve de la noche.

Por suerte para ella, nunca le di demasiados dolores de cabeza.

La verdad es que nunca me llamaron mucho la atención las fiestas o cualquier evento que amerite socializar; prefería mil veces ir al cine y siempre elegía sesiones que me permitieran estar en casa justo antes de su toque de queda.

Ahora, años más tarde, mi madre aprovecha cualquier excusa para insistir en que salga, en que «viva un poco». Así que supongo que la boda de mi mejor amigo es la ocasión perfecta para empezar a hacerle caso.

—Voy a ducharme —anuncio antes de salir de la cocina, con la invitación en la mano. La dejo encima de la cómoda de mi habitación.

Al volver del baño, veo el sobre donde lo dejé.

Logan se casa. Logan se casa . Me lo repito varias veces en la cabeza, cada vez más despacio, como si así pudiera terminar de asimilarlo.

Pero me cuesta, porque la última vez que le vi fue en el gimnasio del instituto, embutido en un traje de graduación espantoso.

Sí, ya sé que de eso hace once años, pero aun así, me cuesta aceptar que, aunque cada vida lleve su ritmo, la mía parece ir a cámara lenta.

Me siento en el borde de la cama. Mientras noto cómo las gotas frías del pelo mojado me resbalan por el cuello, cojo el móvil de la mesilla y busco el número de Logan.

—¿Le llamo...?

No, qué va. Mejor no .

¿Qué hago si contesta? ¿Darle las gracias por invitarme? ¿Preguntarle si yo tengo que pagar mi estadía en el hotel donde se celebrará la boda? ¿Felicitarle? Bueno, felicitarle podría. No es una idea horrible del todo, pero la descarto al instante.

—¡Willa! —grita mi madre desde la cocina.

Me sobresalto y el móvil se me resbala de las manos. Sin querer, llamo a Logan.

—No, por favor, no… —susurro mientras intento colgar, pero la pantalla se ha quedado congelada y...

—¿Willa?

Mierda .

—¡Hola, Logan! —exclamo mientras me dejo caer de boca sobre la cama.

—¡Cuánto tiempo, Willa Vainilla! ¿Recibiste la invitación? —Su euforia me tranquiliza un poco. Parece contento de verdad con la llamada.

—¡Sí! ¡Enhorabuena! —Me incorporo otra vez.

—Te la envié a casa de tus padres porque no sabía dónde vivías ahora, pero imaginé que te la harían llegar como fuera.

—Ah, sí...

Las palabras no me salen, o quizá es mi cerebro el que se niega a funcionar. Darme cuenta que Logan no sabe que sigo viviendo con mis padres me hace ver que tampoco sabe muchas otras cosas de mí.

—¿Vendrás a la boda, verdad? Tienes que conocer a Andrea. Y así me presentas a tu novio.

—¿Mi, qué? —digo casi sin pensar, pero lo he oído perfectamente. Demasiado bien.

—Tu novio. Estás saliendo con alguien, ¿no?

—Yo… — Estoy soltera. No salgo con nadie. No tengo intención de salir con nadie. A veces, los hombres me dan pánico. Casi siempre, de hecho. A veces me pregunto qué habría pasado si tú y yo… —. Claro, mi novio. Iré con él.

—¡Genial, entonces! Nos vemos en Palm Springs. —Antes de que pueda decir nada, cuelga—: Adiós, Willa Vainilla.

Dejo el móvil sobre la cama y cojo la almohada para ahogar un grito. A veces soy mi mayor fan, pero casi siempre soy mi peor crítico. Y con razón. Es la primera vez que hablo con mi mejor amigo en años y lo único que se me ocurre es mentir sobre un novio que ni existe ni existirá.

—¡Willa! —insiste mi madre.

—¡¿Qué?!

—¡Que la cena se va a enfriar!

Cierro los ojos un par de segundos antes de levantarme. Un problema a la vez, supongo. Ahora mismo prefiero cenar y enfrentarme a mamá y su interrogatorio sobre mi nuevo jefe. Ya tendré el resto de la noche para machacarme por lo que acabo de hacer .