Dulce, Amarga Vida
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01
Inhala.
Exhala.
—Es solo un jefe nuevo, no me van a despedir —susurro mientras levanto la cara para observar mi pálido reflejo.
Perder algo es doloroso; temer perder justo aquello que en el fondo no soportas es todavía peor.
No debería estar escondida en este baño, temblorosa, escuchando mis propios latidos, aterrada ante la idea de que, al salir, me encuentre con mi nuevo jefe y me diga que ha decidido prescindir de mis servicios.
Pero aquí estoy, y es ridículo. Me siento ridícula.
Vuelvo a respirar hondo, justo cuando un ruido proveniente de uno de los cubículos detrás de mí me sobresalta aún más, haciendo que parte de mi desesperación se transforme en vergüenza.
Quienquiera que esté ahí, que no me haya escuchado.
Por favor . Empiezo a retocarme el pintalabios en un intento desesperado por disimular mi incomodidad.
Cynthia aparece sonriente y se para justo a mi lado.
—Vaya, eres tú, Willa —comenta, mirándome por el espejo mientras se lava las manos.
—Sí, solo soy yo —respondo, intentando imitar su sonrisa.
Pero mi gesto es apenas un débil intento de parecer tranquila.
¿Me habrá oído hablar sola? Supongo que ahora tengo que vivir con la duda de si piensa que estoy loca o no.
Quizá le parezca normal. A lo mejor ella también lo hace.
Igual ha leído uno de esos artículos que dicen que la gente que habla sola tiene un coeficiente intelectual más alto.
Puede que crea que estoy loca, pero que también soy muy inteligente, y por eso no ha dicho nada.
—Tengo que contarte algo. —La voz de Cynthia, más aguda de lo normal, capta mi atención—.
Quiero decir, no es que tenga que ser específicamente contigo, pero necesito compartir esto con alguien.
—Se detiene un instante más. A estas alturas, tiene una sonrisa permanente dibujada en la cara y sus ojos muestran un brillo extraño, como a punto de llorar—. ¡Estoy embarazada!
Después de todo, Cynthia sí tiene algo importante en qué pensar. Después de todo, mi estado mental es un tema que le trae sin cuidado.
Entreabro los labios, intentando felicitarla, pero prefiero guardar silencio por miedo a sonar poco convincente.
Cynthia y yo ni siquiera somos amigas. Solo sé que se apellida Hader, y eso únicamente porque se me da bien recordar nombres.
Y que es Capricornio, solo porque su cumpleaños fue hace dos semanas.
—¡Pero si tienes veinticuatro años! —exclamo, recordando los globos con forma de números que colgaban detrás de su escritorio hasta hace seis días.
—¡Y estoy casada! —comenta en un tono efusivo, ¿quizá un poco sarcástico?, lo que me hace preguntarme también si la he ofendido con mi comentario. Y si es así, no me extrañaría.
Vuelvo a sonreír para disimular mi silencio, mi torpeza y mi intento desesperado por encontrar las palabras adecuadas.
—Quiero decir, ¡felicidades! —Se me escapa una risita nerviosa—. Es que eres tan… joven.
—¿De verdad lo crees? —Arruga la nariz, incrédula—. De hecho, Mark y yo llevábamos buscando este embarazo desde que nos casamos, así que me alegro de no tener que esperar más para aumentar la familia. —En cuanto pronuncia la última palabra, se le aguan los ojos—. Perdona, es solo que…
—Oh, no, tranquila, no te preocupes —me apresuro a decir—. Vas a ser madre, es normal que estés emocionada.
—Sí, tienes razón. —Asiente y se vuelve hacia el espejo para comprobar su maquillaje. El delineado sigue intacto—. ¿Tú tienes hijos, Willa?
—No, no... Yo no tengo hijos. —Vuelvo a sonreír, esperándome ya la reacción de siempre.
—Bueno, tranquila, mujer, todo llegará. —Y efectivamente, otra vez, alguien da por hecho que voy a ser madre pronto—.
En fin, debería volver a mi puesto —comenta mientras se lava las manos por última vez—.
Te diría que no le cuentes esto a nadie porque, ya sabes, no debería haberme hecho la prueba aquí en el trabajo, pero es que no podía esperar.
Esta mañana las náuseas me estaban matando y…
—Se seca las manos con una toalla de papel y añade—: Como sea, sé que puedo confiar en ti, no hay nadie más discreto que tú en esta oficina.
Decido tomármelo como un cumplido y, tras verla desaparecer, salgo yo también unos segundos después, para evitar otra conversación incómoda mientras volvemos a nuestros respectivos escritorios.
Cada vez que echo un vistazo a la hora en la pantalla del ordenador, sin querer (o quizá sea cosa del subconsciente) miro también la fecha, y noto una punzada en el estómago.
Es dieciséis de enero. Justo dentro de siete meses es mi cumpleaños.
No debería pensar en ello, me sienta fatal.
Pero no puedo evitar sentirme estancada, a punto de cumplir treinta años y con mi mayor preocupación siendo no perder el trabajo de archivera, porque básicamente es mi única fuente de ingresos. Y lo único que ocupa mis días.
Las puertas del ascensor se abren y, dejando a un lado mi agobio con el calendario, me fijo en las dos personas que salen de él.
¿Qué puedo decir? Parker es abogada, especialista en finanzas; entró en la empresa hace tres años como becaria y hoy es la Asesora Legal de Ventas.
He visto pasar a mucha gente por aquí y puedo asegurar que es una de las compañeras más amables, trabajadoras y responsables que he tenido.
Básicamente, es lo contrario a Winston, el hombre canoso que va a su lado y…
—¿Me prestan atención un minuto, por favor?
—exclama. Todos en la enorme oficina fijamos la vista en él—.
No voy a despedirme, porque en realidad solo me traslado cuatro pisos más arriba.
Y también porque odio las despedidas. Pero sí quiero agradecerles su disciplina.
Mi ascenso se debe a mi buena gestión, y mi buena gestión se debe, en gran parte, a que han sabido cumplir mis órdenes.
Y eso solo significa una cosa: ustedes me ayudaron a llegar ahí arriba, y seguro que otros los ayudarán a ustedes también.
Nadie se resiste a un discurso inspiracional, por lo que todos empiezan a aplaudir. No me queda más remedio que hacer lo mismo.
Como iba diciendo, Winston es lo opuesto a Parker, pero no porque no sea amable, dedicado y responsable, que de hecho lo es.
Parker es como esa mejor amiga que haces en la universidad, mientras que Winston es como ese profesor que crees que te tiene manía solo porque te exige más y más, pero en el fondo lo hace porque cree en tu talento.
—¡Venga, por Dios! ¡Dejen esa mierda! Los aplausos no son para mí, son para ustedes.
—Todos se ríen, hasta que Winston añade—: Deberían ser para Parker.
—Se hace un silencio sepulcral hasta que vuelve a hablar—: La idea al principio era traer a alguien de fuera, pero en Healthchic sobra talento, así que propuse personalmente a Parker para ocupar mi puesto y, por suerte, la han aceptado.
Así que ya pueden felicitar a su nueva jefa. ¿Parker?
Observo cómo Cynthia y Louis, el otro analista de ventas, intercambian miradas mientras Parker empieza a hablar.
Seguramente esté diciendo algo sobre lo feliz que está por dirigir la oficina y seguir trabajando con nosotros, porque así es ella, así es Parker, siempre sonriente, siempre comprensiva.
Pero la verdad es que no la estoy escuchando.
Estoy demasiado ocupada dándole vueltas a la idea de tenerla como jefa.
Parker me cae bien, de verdad, entonces...
¿por qué siento esta opresión tan fuerte en el pecho?
En realidad… sí sé por qué me siento así, y también sé que no debería.
Los éxitos de los demás no son mis fracasos, lo sé, realmente lo sé, pero ¿qué tengo que hacer para asumirlo?
No me gusta mi trabajo, no quiero un ascenso...
¡No debería fastidiarme que otros sí lo consigan!
«Bueno, no les quito más tiempo, chicos» es lo único que le oigo decir a Parker. Miro por enésima vez la hora en el reloj y, efectivamente, son las cinco y treinta y dos de la tarde.
A estas alturas, solo quiero que el día se acabe de una vez. Por favor.
* * *
Al llegar a la esquina de mi calle, me quito los auriculares y los guardo en el bolso, justo antes de sacar las llaves de casa.
Normalmente no escucho música cuando voy por la calle; prefiero estar pendiente de los autos y de la gente, porque soy bastante despistada.
En el metro, sin embargo, sí que los uso.
Nada más subir, escucho dos o tres canciones, o solo una si pongo All Too Well (10 Minutes Version) .
Cuando quieres hacer de cuentas que el mundo a tu alrededor no existe, un par de buenas canciones son siempre de gran ayuda.
Por eso, hoy he decidido dejármelos puestos; ya que no puedo hacer que el día termine más rápido, al menos puedo intentar evadirme con la música.
«Otra opción sería volver a terapia», me susurra una vocecilla que llevo dos años intentando ignorar.
Pero si he aguantado todo este tiempo, podré seguir haciéndolo, ¿no?
—¿Eres tú, Willa? —oigo a mamá desde la cocina, nada más entrar por la puerta.
—Sí, mamá —respondo mientras dejo el abrigo y el bolso en el perchero de la entrada.
—¿Qué tal el trabajo? ¿Has conocido ya a tu nuevo jefe? —pregunta con interés, mientras corta un pimiento sobre la estrecha isla de la cocina.
Trabajo.
Jefe.
Trabajo .
Empiezo a arrepentirme de haberme dejado los auriculares en el bolso.
—Jefa —la corrijo mientras me lavo las manos en el fregadero—. Y sí, la conocí. —Contesto con vaguedad, intentando evitar el interrogatorio al que sé que me someterá en la cena—. ¿Has comprado el pan? —Sé que lo ha hecho, solo busco desviar la conversación.