Capítulo 16 #2
Sus nalgas enormes chocando fuertemente contra la entrepierna y los testículos de David. El chapoteo húmedo de los fluidos vaginales de mi mujer inundaba la acústica del video, evidenciando lo dilatada y empapada de sus entrañas.
Una mano enorme apareció en el encuadre, levantándose desde el pecho de David, y azotó el glúteo derecho de mi mujer con una fuerza brutal.
¡Plaff!
El azote resonó fuertemente en la habitación. La carne blanca del glúteo de Regina tembló, rebotando bajo el impacto de los dedos de mi jefe.
—¡Ahhh! ¡Cógete a esta puta! ¡Reviéntame la panocha, cabrón! —gritaba mi esposa.
Mis oídos captaban onomatopeyas sexuales, jadeos guturales, gruñidos húmedos de una bestia reclamando su dosis de penetración. Sus palabras eran blasfemias ardientes exigiendo las obscenidades ausentes en nuestra propia cama.
Su cabello revuelto, oscuro y sudado, volaba de un lado a otro con cada embestida. La silueta de sus caderas se movía con una rapidez y una fuerza sobrenatural. Conmigo siempre mantenía un ritmo cuidadoso, midiendo sus movimientos, controlando la situación.
Aquí, montando a David, era una yegua desbocada, una perra en celo, intentando tragarse cada centímetro del falo gigante que estaba ensartándola, exprimiéndole hasta la última gota de masculinidad.
De pronto la toma cambió abruptamente. Alguien había tomado la cámara y la había acercado a la cama. David.
El video mostraba ahora un primer plano brutal. David sostenía el teléfono con una mano mientras con la otra agarraba a Regina del cabello, tirándole la cabeza hacia atrás, obligándola a mirar directamente al lente de la cámara.
El rostro de mi esposa ocupó toda la pantalla. El maquillaje negro le escurría por las mejillas. Tenía los ojos desorbitados, inyectados de lujuria ciega. El sudor le empapaba la frente.
—Háblale a la cámara, perra —ordenó la voz de David desde detrás del lente, profunda y autoritaria—. Imagínate que le hablas a Marco. Imagina que tu marido te está escuchando.
—¡N…o… quiero… que se lo mandes…!
—Sólo es para nosotros, preciosa, pero quiero que imagines que él te escucha, que te está viendo, ¿qué le dirías, mami?
—N…o… no lo metas en e…sto…
—Es por morbo, una fantasía entre tú y yo… no lo verá, sólo imagina que sí lo escucha, ¿qué le dirías?
Entonces Regina miró directamente a la lente. Me miró a mí a través de la pantalla. Sus labios gruesos y húmedos temblaron, esbozando una sonrisa torcida, sádica y completamente corrompida.
—Marco... mi amor.. —jadeó ella, moviendo las caderas para ensartarse más profundo mientras hablaba, gimiendo al sentir el grosor llenándola—. Mira cómo me cogen... Mira cómo me llena toda... con su verga enorme…
—Más… dile más… dile que eres mi puta.
—¡Ah, ah…! —chillaba mi esposa—. ¡No soy tu puta!
—¡Que se lo digas a la cámara o te la saco…!
—¡Ahhh! ¡Soy la puta de David, marco… soy la puta… de… tu jefe… ¡Ahhh!
La declaración me atravesó el pecho. Mi mujer se rendía frente a la cámara, declarándose propiedad de mi jefe, sabiendo perfectamente mi posición de espectador.
Mis rodillas temblaron. Las lágrimas escurrieron libremente por mis mejillas, mojando el marco de mis lentes. La erección en mi entrepierna latía con una violencia desmedida, exigiéndome fricción. Llevé la mano a mi bragueta, frotándome sobre la tela gris, adicto a mi propia destrucción.
El video continuaba su curso implacable. David dejó el teléfono apoyado en el buró, apuntando directamente al centro de la cama.
Con un movimiento ágil y violento, David agarró a Regina por la cintura, la levantó en el aire y la volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas. La postura del perrito.
El ángulo de la cámara capturaba la inmensidad del culo de mi esposa abierto de par en par. David se hincó detrás de ella. Agarró su miembro gigante, brillando por los fluidos de Regina, y se lo clavó de un solo impacto hasta la base.
Regina soltó un alarido gutural, enterrando la cara en las almohadas, levantando las nalgas para recibir el castigo.
—¡Aaaaayyyy… Cabrón… que grande… la tienes!
Esa última frase resonó en mi cabeza una y otra vez.
—¡No tan… fuerte… m-e… lastim-aas! ¡Ayyyyy!
David empezó a follarla con una bestialidad arrebatándome el oxígeno.
Agarraba las caderas anchas de mi mujer con ambas manos, dejando marcas rojas en la piel blanca, clavándose profundamente.
Cada embestida hacía rebotar las enormes tetas de Regina bajo ella.
El sonido de la carne chocando contra la carne era ensordecedor.
Plaff, plaff, plaff.
La vagina de mi esposa se dilataba al máximo, tragándose la longitud y el grosor del macho alfa, expulsando hilos de lubricación espesa escurriendo por sus muslos. Regina arqueaba la espalda, rogando por más.
—¡Ahhh! ¡Ay, cabró… hijo de putaaaa! —gritaba ella, desquiciada.
David gruñó.
—¡Así, perra, mueve el culo, mueve el culo!
Sacó su verga de la panocha dilatada de mi mujer. El sonido húmedo del vacío llenó el video. David se arrodilló, agarró su polla y empezó a masturbarse frenéticamente apuntando al culo inmenso de mi esposa.
Segundos después, la pantalla capturó la explosión. Chorros gruesos, blancos y abundantes de semen salieron disparados, aterrizando sobre la espalda baja de Regina, salpicando la raya de sus nalgas y la piel pálida de sus muslos.
—¡Aaammm!
Regina jadeó, girando la cabeza para mirar su propia espalda cubierta de la leche caliente de mi jefe.
—Vamos, vamos, mami… agarra mis mecos y chúpalos, preciosa.
—Eres un cerdo…
—Y tú mi cerdita…
Con una sonrisa de prostituta profesional, mi esposa estiró la mano derecha hacia atrás.
Arrastró los dedos índice y medio sobre su propia piel, recogiendo la leche espesa de David.
Llevó los dedos a su boca y se los chupó frente a la cámara, limpiando el semen con la lengua, saboreando el clímax de su dueño, mirando el lente con una perversión total.
El video terminó y la pantalla se fue a negro.
El líquido preseminal manchaba mi ropa interior de algodón, empapando la tela con mi propia derrota. Las lágrimas goteaban libremente sobre la pantalla de mi celular, difuminando los rastros de mis huellas dactilares.
Mi mente colapsó en ese preciso instante.
Acepté la verdad ineludible. Mi esposa, la mujer merecedora de mis juramentos de protección y fidelidad, amaba la brutalidad de David Montenegro.
Disfrutaba ser tratada como puta, amaba ser azotada, humillada y rellenada de semen por un hombre dedicado a dominarla.
Yo solo era el perdedor encargado de pagarle las cuentas, el cobarde observando desde la pantalla de un celular en una oficina ajena.
—¿Verdad que para coger es maravillosa? —se burló David, observando mi llanto silencioso y mi cuerpo tembloroso—. Guarda esos archivitos para tus noches solitarias. Material de primera para tus pajas de cornudo. Ya puedes retirarte de mi oficina. Cierra la puerta por fuera.
—Jódete, David…
Escuché su risita final.
Bloqueé la pantalla del celular. El cristal exhibía mis lágrimas saladas. Guardé el aparato en el bolsillo derecho, sintiendo la vibración fantasma de la traición en mi pierna.
Apreté el fajo de billetes en mi bolsillo izquierdo. El dinero certificaba mi estatus de esclavo comprado.
Me di media vuelta, sintiendo los zapatos de cuero extrañamente pesados sobre la alfombra gris. Agarré el pomo metálico de la puerta de cristal, bajé el seguro y tiré de la hoja transparente, saliendo al pasillo principal del quinto piso.
El aire acondicionado del área de cubículos me refrescó la cara enrojecida y sudada. Las lámparas fluorescentes iluminaban el piso entero con una luz blanca, clínica, exponiendo mi miseria ante el mundo.
Inicié mi caminata por el pasillo central, avanzando hacia mi módulo. Era un desfile de humillación, un recorrido por el purgatorio de los oficinistas.
A mi izquierda, en el primer bloque de escritorios, estaba Rubí.