Capítulo 16
Las palabras de David permanecieron en la oficina de cristal, densas, repletas de una autoridad aplastante. El eco de su declaración resonaba en las paredes transparentes, taladrándome los tímpanos.
A partir de ahora, él sería el dueño de mi mujer.
Mis pulmones me pedían aire desesperadamente. La garganta se me cerró, asfixiándome con mi propia saliva. Las palmas de mis manos sudaban a mares, resbalando sobre la madera caoba del escritorio.
La erección me provocaba punzadas en el bajo vientre, un dolor físico combinando la excitación más enferma con la humillación más profunda.
El macho alfa se reclinó en su sillón ejecutivo. Sus ojos verdes me clavaron una mirada cargada de dominio total. Exudaba una calma letal, la postura relajada del depredador saciado, haciendo la digestión tras engullir a su presa.
Sobre la superficie pulida del mueble, el fajo de billetes verdes de cien dólares brillaba bajo la luz blanca de las lámparas del techo. Cinco mil dólares. El precio exacto de mi dignidad, el costo de mi matrimonio, la tarifa de alquiler de las caderas inmensas y la decencia de mi esposa.
—Agarra el dinero, cabrón —ordenó David, señalando el montón de billetes con un movimiento despectivo de la barbilla—.
Llévatelo. No te puedo transferir por el asunto…
de hacienda, ya lo sabes. Mejor así. Eres el mejor puto empleado de este edificio.
El único dispuesto a subsidiarme a su hembra para hacerla feliz.
La rabia me quemaba las entrañas. Las lágrimas se acumulaban en mis lagrimales, empañándome la vista detrás de los lentes.
Mi mandíbula temblaba. Quería saltar sobre el escritorio, agarrarlo por el cuello de la camisa y partirle la cara a golpes.
Anhelaba destrozarle esa sonrisa arrogante, hacerle sangrar la boca dedicada a besar y someter a la mujer amada por mí.
Mi cuerpo evidenciaba mi terror. Mis músculos permanecían paralizados por la sumisión. Estaba acorralado en mi propia debilidad. Yo era un gusano frente a un león.
Estiré el brazo derecho. Mis dedos, fríos y torpes, tocaron el papel moneda. Agarré el fajo de dólares. El contacto con el papel corrugado me provocó un espasmo en el estómago. Apreté los billetes en mi puño, bajando la cabeza, aceptando mi derrota, asumiendo mi rol de cornudo pagado.
—Eres un hijo de puta —gruñí, con la voz carrasposa, ahogada en bilis.
David soltó una carcajada ronca, vibrante, llenando la habitación con su diversión sádica.
—Soy un hombre de negocios, Marquito. Acabo de cerrar la transacción más satisfactoria de todo mi año fiscal. Tú cobras tu cheque, yo me quedo con tu mujer. Es un ganar-ganar.
Me puse de pie. Las piernas me flaqueaban, temblando bajo el esfuerzo de sostener mi propio cuerpo.
Guardé el fajo de billetes en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, sintiendo la tela friccionando mi muslo.
Di media vuelta, arrastrando los zapatos sobre la alfombra gris de la oficina, dispuesto a cruzar esa puerta de cristal y desaparecer en la mediocridad de mi cubículo para llorar mi desgracia en soledad.
—Ah, espérate un momento, cornudito —me detuvo la voz grave de David.
Me giré lentamente.
David empuñaba su teléfono celular de la mesa. Tecleaba rápidamente con los pulgares, manteniendo esa sonrisa torcida, perversa, dibujada en los labios.
—Mira, te mando unas fotitos y un video cortito, para hacerte partícipe de la diversión.
El teléfono celular vibró en el bolsillo derecho de mi pantalón. La vibración contra mi pierna fue una descarga eléctrica directa a mi sistema nervioso.
—Saca el aparato, Marco —ordenó él, apoyando los codos en la mesa—. Ábrelo. Míralo aquí mismo. Disfruta los frutos de tu inversión.
La obediencia estaba grabada a fuego en mi mente. Metí la mano al bolsillo y saqué mi teléfono. La pantalla brillaba con la notificación de WhatsApp de mi jefe. Mi pulgar sudado presionó el ícono verde. El chat se abrió.
La luz del monitor me lastimó las retinas. La primera imagen apareció en la pantalla, paralizándome la sangre en las venas.
Era Regina.
Estaba arrodillada sobre el suelo oscuro de la sala del penthouse de David.
Llevaba puesta únicamente una tanga de encaje rojo, minúscula, perdiéndose entre la inmensidad de sus nalgas blancas y carnosas.
Un collar de cuero negro le apretaba el cuello.
Sus muslos gruesos, pesados, se aplastaban contra el suelo brillante, abriéndose lo suficiente para insinuar la humedad de su sexo.
Sus manos estaban atadas a la espalda con una corbata de seda oscura.
Su rostro miraba hacia la lente de la cámara, hacia arriba, desde una perspectiva de inferioridad total. El maquillaje de sus ojos grises estaba corrido, manchando sus mejillas chapeadas con rastros oscuros de rímel. Sus labios gruesos, rojizos, brillaban empapados de saliva.
La expresión en su cara delataba una sumisión completa, una entrega animal. Sus ojos parecían anhelar un castigo, rogando por más placer, exhibiendo la destrucción total de la esposa abnegada, para dar paso a la puta domesticada.
Un jadeo lastimoso escapó de mi garganta. La erección en mi bragueta palpitó con una furia incontrolable, latiendo, exigiendo espacio.
Deslicé el dedo por la pantalla, temblando.
La segunda imagen era una masacre visual a mi dignidad de esposo.
Regina estaba empinada sobre una barra de mármol negro.
Llevaba puesto su traje sastre gris perla, la misma ropa elegante usada por ella esta mañana al bajar del Audi deportivo.
La falda ejecutiva estaba arremangada hasta la cintura, enrollada sobre su espalda baja.
La cámara enfocaba directamente su culo enorme, carnoso, abierto de par en par.
La mano inmensa y bronceada de David agarraba su cadera derecha, hundiendo los dedos gruesos en la carne abundante de su nalga, dejando marcas rojizas en la piel pálida de mi esposa.
La vulva de Regina estaba completamente expuesta a la lente. Los labios rosados y carnosos lucían dilatados, hinchados por la fricción brutal. Estaban empapados en fluidos transparentes y espesos escurriendo por el interior de sus muslos, brillando intensamente bajo la luz del flash del celular.
Era la imagen gráfica, explícita y cruda de una hembra fornicada sin piedad, exhibida como un trozo de carne en el matadero, abierta y dispuesta para la cámara del hombre que la había rellenado de semen minutos antes.
¡Ni siquiera se estaban cuidando!
Apreté los dientes hasta hacerme doler las mandíbulas. Una gota de sudor frío me resbaló por la sien. Me froté el bulto del pantalón de forma instintiva, buscando alivio a la calentura infernal devorándome las entrañas.
Deslicé el dedo de nuevo, pasando a la tercera fotografía.
Un acercamiento extremo. El rostro de mi Regina.
Su cabello oscuro, siempre tan arreglado en su impecable chongo de oficinista, era ahora una maraña salvaje de mechones sudados pegados a su frente y a sus mejillas. Tenía la boca muy abierta, la lengua de fuera, jadeando en la imagen congelada.
Hilos gruesos de saliva espesa y fluidos corporales unían su labio inferior con su barbilla, goteando hacia su cuello.
Sus ojos estaban volcados hacia arriba, perdidos en un éxtasis enfermizo, bestial.
Era la cara de una ramera callejera en su clímax, de una perra en celo, babeando y trastornada, entregando su cordura a cambio de la verga del macho alfa.
Las lágrimas me escurrían libremente por las mejillas, mojando el marco de mis lentes, nublándome la vista. El dolor me partía el alma en mil pedazos. Mi matrimonio era una farsa incinerada, convertida en cenizas bajo los pies de David Montenegro.
La erección en mi entrepierna latía con una violencia desmedida. El morbo me carcomía. Ver a la mujer que decía amarme con locura, ahora reducida a una puta sedienta de leche me generaba una excitación dolorosa, asfixiante y total.
Apareció el último archivo. Un recuadro negro con el botón de reproducción en el centro. El video.
Mi dedo pulgar, temblando erráticamente, presionó la pantalla.
El video comenzó a reproducirse, marcando un contador de dos minutos de duración.
La cámara descansaba apoyada en una mesita de madera, estática, grabando a varios metros de distancia. El encuadre mostraba el interior de una habitación oscura.
Al fondo, cruzando una puerta abierta de par en par, la penumbra reinaba en el ambiente, rota únicamente por la luz amarillenta y cálida de una lámpara lejana colocada en un rincón de la recámara principal.
En el centro exacto de ese recuadro iluminado a la distancia, destacaba una cama inmensa de sábanas blancas.
La imagen me situaba exactamente en mi posición de siempre: el espectador oculto en las sombras mirando la acción desde afuera.
Una silueta masculina yacía acostado bocarriba sobre el colchón. La envergadura de sus hombros y la amplitud de su pecho identificaban a David sin margen de error. Arriba de él, dándole la espalda a la cámara, montándolo con una fiereza indomable, destacaba la figura inconfundible de mi esposa.
La postura era específica. Reverse cowgirl.
Regina estaba sentada sobre la pelvis de David, mirando hacia la cabecera de la cama, ofreciendo su inmenso culo a la lente lejana.
Su culazo gigantesco, desnudo, pálido y abundante, subía y bajaba con un ritmo frenético, violento, descarnado.
Las caderas anchas de mi mujer rebotaban contra el cuerpo del macho alfa, clavándose en él con una desesperación animal.
El audio del video irrumpió en mi teléfono, clavándose como una estaca ardiente en mis oídos. Los gritos lejanos resonaban resonando en las paredes del penthouse.
—¡Ahhh! ¡Sí, sí! ¡Ahhhh! ¡Dámela toda, David! —aullaba Regina.
Su voz sonaba rota, congestionada, completamente desquiciada, despojada de cualquier filtro de decencia. Eran los gritos de una hembra pidiendo ser fornicada al extremo.
El sonido de sus nalgas impactando contra Davidd era constante, rítmico, obsceno.
¡Plaff! ¡Plaff! ¡Plaff!