Capítulo 15 #3
Me pegué al cristal, sintiendo el frío en la frente, y miré hacia abajo. La avenida estaba llena de tráfico. Taxis, camiones, oficinistas caminando rápido con sus cafés en la mano.
Y entonces, lo vi.
Un Audi deportivo plateado, bajito y agresivo, se abrió paso entre los carros normales y se detuvo justo en la zona de descenso VIP de nuestro edificio corporativo. El carro de David.
Mi corazón se detuvo. Pegué las manos al vidrio.
La puerta del piloto se abrió. David bajó del carro, vestido con un traje negro espectacular, irradiando un poder que se notaba incluso desde el quinto piso. Rodeó el cofre del deportivo y caminó hacia la puerta del copiloto. La abrió con caballerosidad.
Y de ahí, bajó ella.
Regina puso un tacón negro sobre la acera. Salió del auto. Mi mandíbula cayó.
David no mentía. Le había comprado ropa nueva.
Regina llevaba puesto un traje sastre de un color gris perla, ceñido al cuerpo de una forma asombrosamente elegante y sensual a la vez.
La falda acentuaba sus caderas inmensas, y llevaba una blusa de seda debajo del saco que dejaba ver un escote impecable.
Su cabello caía suelto, brillante, cayéndole por la espalda.
Se veía espectacular. No parecía una contadora estresada; parecía la dueña del maldito edificio. Tenía un brillo en la piel, un aura de satisfacción que gritaba a los cuatro vientos que había pasado las mejores cuarenta y ocho horas de su vida.
Se quedaron parados frente al carro. David le dijo algo.
Regina le sonrió, una sonrisa radiante que yo podía percibir a kilómetros de distancia.
Y entonces, a las ocho y cuarenta de la mañana, en plena avenida principal, frente a la mirada de docenas de extraños, David la agarró por la cintura, la pegó a su pecho y le plantó un beso apasionado en la boca.
Regina no se apartó. Al contrario, le rodeó el cuello con ambos brazos, poniéndose de puntitas para profundizar el beso, entregándose a la vista de todos, sellando su pacto de lealtad con el macho alfa a plena luz del día.
Un sollozo ahogado se me escapó de la garganta. Mis uñas arañaron el cristal del ventanal. Era la confirmación física, rotunda y pública de mis cuernos.
¿Pero aquí hacían aquí? ¡Mi esposa no trabajaba en esta empresa! ¡Ella trabajaba en un despacho en la zona financiera!
Se separaron. David le levantó la mano a un taxi que venía pasando. Le abrió la puerta trasera, Regina se subió, le lanzó una última mirada seductora desde la ventanilla, y el taxi arrancó para llevarla a su despacho.
Y entonces lo entendí. Era solamente sadismo. Solamente poder. El poder de David sobre ella. La había llevado al edificio donde yo trabajaba solo para presumirla… o para su propio ego, ¿cómo iba a saber él que yo estaría vigilando por la ventana justo en ese momento?
David se acomodó el saco y caminó hacia las puertas de cristal de nuestro edificio.
Regresé corriendo a mi cubículo. Me senté, hiperventilando, sintiendo que me iba a desmayar. Había visto la entrega. Había atestiguado el trofeo.
Cinco minutos después, las puertas del piso se abrieron.
El silencio cayó sobre los analistas. El jefe de proyectos acababa de llegar.
David caminó por el pasillo central, ignorando a Rubí, ignorando a Rodrigo.
Sus ojos verdes estaban fijos al frente.
Pasó de largo por mi módulo sin siquiera mirarme, pero al llegar a su oficina de cristal, se detuvo, empujó la puerta y me lanzó la orden por encima del hombro.
—Marco. A mi oficina. Cierra la puerta.
La orden fue tajante.
Me levanté como un condenado a muerte. Sentía las piernas de trapo. Caminé bajo la mirada curiosa de mis compañeros y entré a la oficina privada. Cerré la puerta de cristal, empujando el seguro metálico.
El aire olía a su loción. Al mismo aroma que ahora estaba incrustado en la piel de mi esposa.
David se sentó en su sillón ejecutivo. No encendió la computadora. Me miró fijamente, apoyando los codos sobre la caoba pulida de su escritorio. Su rostro era una máscara de satisfacción sádica y brutal.
—Siéntate, cabrón —me ordenó.
Me dejé caer en la silla de visitas.
—¿Ya te cansaste de tratarnos como tus putos perros?... —balbuceé, incapaz de guardar silencio, derrotado—. ¿Ya te cansaste de burlarte de nosotros dos, que estamos haciendo de tus putos payasos?
David sonrió de medio lado, asintiendo lentamente con la cabeza.
—Yo no sé de qué mierdas hablas, Marquito.
—¡De Regina, David! ¡Te la llevaste, sin mi consentimiento, me faltaste al respeto!
—Más se lo falté a ella, y te aseguro, que tu mujer, no dijo nada.
—¿Pero qué mierdas estás diciendo?
—Pues eso, Marquito. Tu mujer tiene una boca privilegiada y un par de nalgas que aguantaron todas las nalgadas que le metí sin quejarse ni una sola vez. Me sorprendió. Tienes una hembra de lujo, cabrón.
Agaché la mirada hacia mis zapatos. El dolor era tan agudo que ya no sentía nada más.
—Ya ganaste, David —susurré, con la voz quebrada—. Me demostraste que soy un perdedor. Me demostraste que ella te pertenece. Ya lograste tu objetivo en menos de los quince días. Dime qué sigue. Córreme de una vez si quieres. O ríete de mí. Pero ya termina con esta puta tortura.
David dejó de sonreír. Su expresión se volvió fría, calculadora y ejecutiva. Metió la mano en el cajón superior derecho de su escritorio.
El sonido de un broche metálico rompió el silencio. David sacó un fajo grueso, atado con una liga de goma. Lo lanzó sobre la madera pulida, justo frente a mis manos temblorosas.
Eran fajos de billetes verdes. Dólares. Muchos dólares. Cien dólares cada uno.
Levanté la vista hacia él, completamente aturdido.
—¿Qué... qué es esto? —pregunté, sintiendo que el cerebro se me freía.
—Ahí hay exactamente cinco mil dólares libres, Marquito —dijo David, reclinándose en su sillón, mirándome como se mira a una mascota—. Cuéntalos si quieres.
Parpadeé, incapaz de entender.
—Pero... la apuesta decía que si tú lograbas cogértela por las buenas, yo no me llevaba ni un peso —dije, recordando sus propias palabras en el bar el primer día—.
Dijiste que si ella te lo pedía, perdía el dinero y ella se volvía tu puta por seis meses.
¡Tú mismo me mandaste el audio en el bar donde ella te pedía que se la metieras!
¡La vi besarte hace cinco minutos! Tú ganaste.
Yo perdí. ¿Por qué me estás dando el dinero?
David soltó una carcajada baja, oscura, llena de una maldad que me heló hasta los huesos. Se inclinó hacia mí, apoyando las manos enormes sobre la caoba, mirándome directo a los ojos.
—Porque no gané la apuesta, Marco.
El mundo se detuvo. Mi corazón dio un vuelco brutal.
—¿De qué estás hablando? —jadeé, sintiendo que me faltaba el aire.
—Te estoy pagando los cinco mil dólares porque perdí la apuesta —dijo David, con una calma espeluznante, arrastrando cada sílaba para que se me clavara en la mente—.
La regla decía que si en quince días yo no lograba que tu esposa se abriera de piernas para mí de manera voluntaria, tú te llevabas el dinero. Y aquí está. Toma tu dinero.
El pánico se apoderó de mí. Las piezas del rompecabezas estaban chocando de forma antinatural.
—¡No estoy entendiendo ni madres, David!
—grité, en un susurro desesperado—. ¡Te la quedaste todo el puto fin de semana!
¡La vi el sábado salir del bar contigo! ¡Me mandaste el video de ella cocinando!
¡La vi bajarse de tu carro y besarte hace cinco minutos!
¡Me acabas de decir que le dejaste las nalgas rojas!
¿Cómo carajos me vas a decir que no te abrió las piernas voluntariamente?
David no parpadeó. Su sonrisa sádica desapareció por completo, dejando paso a una expresión clínica, monstruosa en su franqueza.
—No te confundas, cabrón. Te dije que me la cogí a puerta cerrada.
Te dije que le metí la verga por todos sus agujeros, que le di por el culo hasta hacerla llorar, que la tuve a cuatro patas en el ventanal de mi penthouse ahogándose con mis huevos hasta la garganta —David hizo una pausa, clavándome la mirada—.
Te di verga todo el fin de semana como seguramente tú no le has dado en un año entero, Marco.
Se tragó toda la leche que le aventé. Pero perdí la apuesta por un simple detalle técnico.
La forma tan directa y perversa con que me lo contaba, me hizo sentir un pedazo de mierda, sentía que el corazón me explotaría en cualquier momento.
—¿Cuál puto detalle técnico? —supliqué, sintiendo que iba a enloquecer.
David empujó el fajo de billetes hacia mi mano.
—La apuesta decía que yo tenía que lograr que ella se abriera de piernas para mí de manera voluntaria. Que ella me rogara que me la cogiera, traicionando sus valores. Y resulta, mi estimado Marquito, que no fue así.
El silencio se hizo denso. Helado.
—Resulta que al final de cuentas, quien me rogó para que me la cogiera fuiste tú, Marquito —continuó David, con voz ronca—.
Fuiste tú quien la orilló con tus celos, con tus mentiras, con tus propias fantasías…
y por eso, Marquito, de alguna manera, también gané yo.
Aquí ganamos los dos. Tú ganaste el dinero…
y yo… ¿sabes lo que gané yo? Gané seis meses en que la convertiré en mi mujer, en mi amante y en mi puta…
y en lo que respecta a ti, Marquito… no habrá nada que fueras hacer al respecto para impedirlo.
—¡Pero David!
—A partir de ahora… yo soy el dueño de tu mujer.