Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

No estaban en la recámara. Estaban en una cocina inmensa, iluminada por el sol de la tarde que entraba a través de unos ventanales gigantes. Era la cocina del penthouse, con encimeras de mármol negro y electrodomésticos de acero inoxidable.

Y ahí estaba ella. Mi Regina.

Pero no estaba atada ni siendo penetrada. Estaba parada frente a la estufa, moviendo una espátula sobre un sartén.

Llevaba puesta una camisa de vestir de hombre, de color azul claro.

Era obvio que era una camisa de David; le quedaba inmensa, las mangas estaban arremangadas hasta los codos y la tela le llegaba apenas por debajo de las nalgas.

No traía pantalones. Sus piernas desnudas, blancas y gruesas, pisaban el piso de mármol con los pies descalzos.

La voz de David se escuchó detrás de la cámara, grabando la escena con una tranquilidad insultante.

—¿A poco también me vas a hacer de cenar, mi amor? —dijo David, con un tono suave, posesivo.

Regina se giró hacia la lente.

El impacto visual me quitó el aire. Su rostro estaba lavado, libre del maquillaje cargado de la noche anterior. Su cabello estaba recogido en una coleta despreocupada. Pero lo que me destrozó no fue su ropa ni su desnudez parcial. Fue su expresión.

Regina tenía una sonrisa amplia, relajada, radiante.

Una sonrisa que yo no le veía desde nuestros primeros años de novios.

No había rastro de la contadora amargada ni de la esposa ofendida.

Miraba el lente de la cámara —miraba a David— con una devoción total, con unos ojos grises que brillaban de admiración y sometimiento feliz.

—¿Piensas que las mujeres profesionistas no sabemos de cocina, idiota? Te estoy preparando un corte de carne para que repongas energías —respondió ella en el video, con una voz cantarina, coqueta, completamente despojada de su autoridad habitual.

—Qué buena hembra me saliste —replicó David, acercando la cámara hasta enfocar los muslos gruesos de mi esposa—. Ahorita que termines de cocinar, te vas a empinar en esa barra de mármol para que te dé tu postre.

Regina se mordió el labio inferior, sonrojándose como una adolescente enamorada.

—Me parece perfecto —susurró ella, guiñándole un ojo a la cámara antes de regresar su atención al sartén, meneando las caderas de forma sutil bajo la camisa grande.

El video se cortó.

Solté el teléfono y me llevé las manos a la cabeza, apretándome las sienes con fuerza, intentando contener un grito de agonía inmensa.

El dolor que sentí en ese instante superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Ese video no era sexo explícito. Era violencia psicológica en su máxima expresión.

Regina odiaba cocinar los fines de semana. Odiaba ensuciarse las manos. En nuestra casa, los sábados y domingos siempre me exigía que pidiéramos pizza o sushi porque decía que estaba harta de trabajar de lunes a viernes y no pensaba mover un dedo en su día de descanso.

Y sin embargo, ahí estaba. Cocinándole feliz de la vida a mi jefe. Atendiéndolo. Comportándose como su mujercita sumisa, usando su camisa para complacer su ego, sonriéndole como si él fuera un dios terrenal.

David no solo me había robado su cuerpo.

No solo le había roto el coño y la había hecho gritar de placer en la madrugada.

Me acababa de demostrar que también se había adueñado de su alma, de su personalidad.

Había reprogramado a mi mujer en menos de veinticuatro horas, convirtiendo a mi leona amargada en una mascota dócil y enamorada de su captor.

Yo solo era un proveedor financiero fallido; David era su dueño real.

Un segundo después, entró un mensaje de texto debajo del video, pero no en el grupo de los tres, sino a mí solo, en el chat personal.

David (6:20 pm): ¿Ya viste, Marquito? Tu mujer no solo traga verga como campeona.

También sabe hacer unos cortes de carne deliciosos.

Despertó con un hambre feroz después de las tres venidas seguidas que le saqué en la madrugada.

Se la pasa cantando por todo el departamento. Creo que ya no te la voy a regresar.

El nudo en mi garganta se apretó tanto que sentí náuseas. "Tres venidas seguidas". Yo a duras penas lograba sacarle un orgasmo pobre y fingido cada tanto.

Mi verga, traicionera y enferma, volvió a reaccionar. El morbo de saber que mi esposa estaba actuando como la mujer de otro hombre, usando su camisa y con las nalgas al aire listas para ser reventadas sobre la barra de mármol, me generó una erección que me dolió físicamente.

Me odié. Me odié con una intensidad abrumadora, pero bajé mi mano hacia el pantalón de chándal y empecé a frotarme.

Las lágrimas me escurrían por las mejillas mientras reproducía el video de mi mujer sonriéndole a David una y otra vez, masturbándome con el sonido de su voz coqueta, castigándome a mí mismo hasta que me vine sobre mi propio estómago, ahogado en la miseria de mi existencia.

A las ocho de la noche, me senté en la sala a esperar.

David había dicho en el bar que me la regresaba el domingo por la noche. Yo miraba el reloj, cruzado de brazos. Cada minuto era una hora. ¿Cómo iba a entrar por la puerta? ¿Me iba a mirar a los ojos? ¿Me iba a decir algo sobre lo que pasó, o simplemente me iba a ignorar y a encerrarse a dormir?

Dieron las nueve. Las diez.

El silencio de la casa me estaba reventando los tímpanos. Mi pie derecho subía y bajaba frenéticamente. Agarré el celular.

Nada.

A las diez y media de la noche, la pantalla finalmente se iluminó con el grupo.

David (10:32 pm): Hubo cambio de planes, Marco. Tu mujercita se portó tan bien hoy, y me suplicó con tantas ganas que no la sacara de mi cama, que decidí concederle el capricho. Me la quedo a dormir otra vez. Mañana me la llevo directo de aquí a su trabajo. Ni te molestes en esperarla.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Me agarré del borde de la mesa de centro, respirando con dificultad.

David (10:34 pm): Ah, y le compré ropa nueva para la oficina. Su vestido rojo apestaba a sexo y se manchó con mis sábanas. Ve a dormir en tu cuarto vacío, cornudo. Mañana te la llevo al trabajo para que veas lo bien que le asienta la lechita fresca en la cara.

El teléfono se me resbaló de las manos y cayó a la alfombra.

¿Qué? ¡No!¡No!

Me tiré al piso y agarré el celular con las manos temblando como si tuviera Parkinson.

Esto ya era pasarse de la raya. Una cosa era la maldita apuesta, una cosa era el morbo y la calentura de saber que se la estaban cogiendo, pero que no regresara a dormir otra vez... no, eso ya era robarme la vida entera.

Ya había sido suficiente humillación.

Busqué el contacto de Regina desesperado. Le marqué. Un tono, dos tonos, tres tonos... y luego la voz de la grabadora.

—¡Contesta, chingada madre! —le grité a la pantalla, sintiendo que las lágrimas me picaban en los ojos.

Fui a su chat de WhatsApp.

Marco (10:35 pm): Regi, por favor, ya estuvo bueno. Dime que vienes para acá. ¡Contéstame!

Marco (10:36 pm): ¡Regina, no me hagas esto! ¡No te quedes ahí, regresa a la casa!

Solo una palomita gris. Tenía el teléfono apagado. Seguramente David se lo había quitado otra vez, o peor, ella misma lo había apagado para que yo no los interrumpiera.

Me salí del chat y busqué a David. Le marqué directamente, me valía madres que fuera el responsable de la empresa donde trabajaba. Sonó una sola vez y la llamada se cortó de tajo. Me había mandado a buzón. Lo intenté de nuevo. Rechazado otra vez.

Entré a su conversación, tecleando a lo loco, equivocándome en las letras por el temblor de mis dedos.

Marco (10:38 pm): ¡Dile que me conteste, cabrón! ¡Ya ganaste, ya déjala en paz! ¡Regrésame a mi esposa!

Marco (10:39 pm): ¡David, no mames, ya estuvo!

Las dos palomitas azules aparecieron al instante.

El hijo de puta me estaba leyendo en tiempo real, pero no se dignaba a teclear ni una sola letra de respuesta.

Me estaba ignorando a propósito. Me imaginé a David tirado en su cama king size, con el celular en una mano leyendo mi miseria, mientras con la otra mano le agarraba las tetazas a mi esposa, que seguramente estaba empinada a su lado.

O quizá lo estaba montando arriba de él. O la tendría a cuatro patas, como perra, mientras David le azotaba el culo.

Me agarré la cabeza, jalándome el pelo con fuerza. El aire me faltaba. Los celos me quemaban las entrañas como ácido. Mi terror más grande, el miedo enfermizo que me había perseguido desde que este juego empezó, se estaba haciendo realidad.

Mi matrimonio estaba completamente roto.

No iba a regresar. Mi mujer había preferido quedarse una noche más encadenada a la verga de su amante que regresar a su propia casa. El rechazo era definitivo. La apuesta estaba cerrada y yo lo había perdido todo de un plumazo.

Me fui a acostar al cuarto de invitados arrastrando los pies. No dormí. Miré el techo blanco durante ocho horas seguidas, escuchando el eco de la voz de Regina en el video, esperando que amaneciera.

El lunes por la mañana, llegué a la oficina como un cadáver caminando.

Tenía ojeras profundas, la cara pálida y el estómago vacío. Entré al piso de los cubículos y me dirigí a mi módulo. El ambiente de la oficina era el mismo de siempre, un contraste brutal con el fin del mundo que yo estaba experimentando.

Vi a Evaristo a lo lejos, sentado en su lugar. Se veía cansado, probablemente de haber pasado el domingo entero escuchando las mentiras de la prometida que Rodrigo le destrozó.

Pasé junto a Rubí. La pelirroja me lanzó una mirada de arriba abajo y soltó una sonrisita cargada de malicia, relamiéndose los labios. Ella sabía lo de la casa de Rodrigo. Ella fue la que me agarró la erección. Aparté la vista, humillado, y me senté frente a mi monitor.

Eran las ocho y media de la mañana.

Los nervios me comían vivo. Me levanté de mi silla y caminé hacia la zona de descanso, donde había unos ventanales gigantes que daban directamente a la avenida principal y a la bahía de descenso del edificio.