Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 15
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Capítulo 15

Desperté pasado el mediodía del domingo. La luz del sol se filtraba por las persianas a medio cerrar de mi recámara, clavándoseme en los ojos como agujas.

Traté de moverme, pero la tela de mi pantalón de pijama y de mis bóxers estaba tiesa, adherida a mi piel.

El olor a mi propio semen reseco, mezclado con el sudor del terror de la madrugada anterior, me llegó a la nariz de inmediato.

Era el aroma de la derrota total. El tufo de un hombre que había tocado el fondo de su propia dignidad.

Me senté en el borde del colchón. La cabeza me daba vueltas. La resaca del poco alcohol que había consumido en el bar, combinada con la brutalidad del impacto psicológico de los audios que escuché escondido en el baño, me tenía destruido.

Miré el lado izquierdo de la cama. Las sábanas estaban lisas, frías.

Regina no estaba ahí. Mi esposa, la mujer estricta que juzgaba a todos por su falta de moralidad, se había despertado en un penthouse de lujo, probablemente adolorida, empapada y rellenada por el semen del macho alfa que me la arrebató en mi cara.

Me pasé las manos temblorosas por la cara.

La realidad me aplastó como un bloque de cemento.

Todo lo que viví la noche del sábado en el pasillo del antro no fue una pesadilla.

Yo le había acomodado el vestido. Yo le había contestado en el grupo de WhatsApp.

Yo le había dado el paso libre a David para que se la llevara a coger mientras me quedaba sentado como un pendejo cuidando su bolso.

Agarré mi celular del buró. Las manos me temblaban tanto que casi lo dejo caer al piso. Desbloqueé la pantalla, esperando encontrar algún mensaje, alguna foto gráfica, alguna prueba más de mi miseria en el grupo Dueño de tu Mujer.

Nada. Cero mensajes nuevos.

Abrí el chat de mi jefe. Su última conexión marcaba las 4:15 am. Abrí el chat de Regina. Su última conexión marcaba las 4:18 am.

Me mordí el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre.

Se habían desconectado casi al mismo tiempo.

Mi mente enferma empezó a maquinar de inmediato.

Me los imaginé en la madrugada, agotados después de horas de fornicar como animales, cayendo rendidos en esa inmensa cama king size, con los cuerpos sudados y pegados, revisando el celular por última vez antes de dormirse abrazados.

Eran una pareja. Yo solo era el estorbo legal.

Tiré el teléfono a un lado y me levanté torpemente. Me quité la ropa sucia, sintiendo un asco inmenso por mí mismo, y la aventé al cesto de la basura. Fui al baño y abrí la regadera. El agua helada me golpeó la espalda, pero no me quitó la sensación de suciedad que llevaba incrustada en el alma.

Al salir, me puse un pantalón de chándal y una camiseta vieja. Caminé hacia la sala. La casa estaba envuelta en un silencio sepulcral, casi doloroso. Fui al comedor. Sobre la mesa de cristal seguía el bolso negro de Regina, exactamente donde lo había dejado al llegar en la madrugada.

Me acerqué al bolso. Lo abrí. Ahí seguía su cartera, sus llaves de la casa y el labial rojo sangre.

Ella no tenía cómo entrar a nuestro hogar.

Dependía completamente de David para todo.

Había cruzado la puerta del bar dejando atrás su vida de mujer casada para entregarse a su rol de ramera exclusiva.

De pronto, mi celular vibró en la mesa del comedor.

Di un respingo, sintiendo que el corazón se me salía del pecho. Corrí a agarrarlo, esperando la estocada final de David.

Pero no era él. Era un mensaje de Evaristo.

El nombre del "Nerd" brilló en la pantalla. Tragué saliva, recordando la masacre a la que lo había condenado con mi silencio el viernes pasado en la casa de Rodrigo. Abrí el chat.

Evaristo (1:30 pm): Marco, ¿estás ocupado? Necesito hablar contigo, hermano.

El estómago se me encogió. ¿Se habría enterado? ¿Rodrigo le habría mandado el video?

Marco (1:32 pm): ¿Qué pasó, Eva? Estoy libre. ¿Quieres que nos veamos en un bar para platicar?

La respuesta tardó un minuto, pero cuando llegó, me dejó claro que Evaristo seguía en la ignorancia, aunque el daño ya estaba hecho.

Evaristo (1:35 pm): No, colega. La neta ni siquiera tengo ánimos para salir. Estoy destrozado.

Marco (1:36 pm): ¿Qué tienes? ¿Pasó algo con Maca?

Evaristo (1:38 pm): Sí, hermano. Anda rarísima conmigo desde la fiesta del viernes en la casa de Rodri.

Está súper distante, no me quiere ni tocar, se enoja por cualquier estupidez que hago.

Y anoche... anoche me armó un pleito de la nada, me gritó que la tenía harta y se fue del departamento.

No llegó a dormir en toda la noche, Marco. Le llamo y me manda a buzón.

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo unas náuseas espantosas.

Sabía exactamente lo que Maca había hecho. Le había aplicado la técnica más sucia del manual de las infieles: inventar una pelea para hacerse la ofendida, salir dando un portazo y tener la excusa perfecta para largarse a coger con el amante.

Yo había visto a Maca anoche. Había estado en nuestra mesa, en el bar de lujo, con ese vestido rojo y corto, riéndose a carcajadas mientras Rodrigo le agarraba el muslo y le mordía el cuello frente a todos.

La dulce chica de nóminas se la había pasado fornicando toda la noche con el cabrón de sistemas mientras Evaristo se quedaba en su departamento, angustiado, esperando a su princesa…

Así como yo.

Evaristo (1:40 pm): No sé qué hice mal, Marco. Te juro que la amo con toda mi alma. Estoy aquí sentado en la sala esperando a que regrese para pedirle perdón, aunque ni siquiera sé por qué se enojó.

"Pidiendo perdón", pensé, apretando los dientes. Evaristo era un mártir ciego. Igual que yo.

Marco (1:42 pm): Dale tiempo, hermano. Y por fa, trata de estar tranquilo. Las mujeres así son. La mayor parte del tiempo ellas se enojan y uno nunca sabe por qué. Seguro es el estrés de la boda. Se le va a pasar. Tú tranquilo. Y en serio, si necesitas que hablemos en algún lugar, dime.

Envié el mensaje sintiéndome la escoria más grande de la tierra. Le estaba alimentando la mentira. Lo estaba ayudando a cavar su propia tumba marital. Bloqueé la pantalla, incapaz de seguir leyendo sus lamentos, y tiré el teléfono al sillón.

¿De verdad me correspondía a mí decirle quién era su prometida? ¿Decírselo en qué me convertía? ¿Ocultárselo en qué me convertía?

El silencio del domingo me aplastaba. Me dediqué a caminar por la casa como un fantasma, sintiendo que las horas se pasaban lentamente, desgastándome los nervios, imaginándome a mi propia mujer y a Maca compartiendo la misma dualidad de mentiras.

A las cuatro y media de la tarde, la pantalla del celular volvió a encenderse. Esta vez era Iker, mi amigo militar.

Agarré el teléfono. Había olvidado por completo que le había contado la historia de Maca.

Iker (4:30 pm): Qué onda, cabrón. Apenas agarré señal en la base. ¿Cómo van las cosas? ¿Ya hablaste con el chavo este, Evaristo?

Mi pecho se oprimió. Iker representaba todo el valor y la confrontación directa de la que yo carecía.

Marco (4:32 pm): No pude, Iker. Soy un cobarde de mierda. De hecho, acabo de hablar con él por mensaje hace rato.

Iker (4:34 pm): No me chingues, Marco. ¿No le dijiste nada?

Marco (4:36 pm): No. Y la cosa está peor.

Me acaba de contar que anoche ella le armó un pleito falso y se largó del departamento.

No durmió en su casa. Y yo sé exactamente dónde estaba, Iker, porque la vi anoche en un bar.

Andaba de puta con el mismo cabrón del viernes.

Se la pasó cogiendo toda la noche con ese hijo de puta mientras Evaristo la esperaba llorando en su sala.

Las dos palomitas azules aparecieron de inmediato. Iker estaba leyendo. El chat se quedó en "escribiendo..." por casi un minuto entero.

Iker (4:39 pm): Ármate de valor y dile la verdad, Marco. No seas cabrón. Ese güey no merece vivir engañado con una mujer así. Si de verdad eres su amigo, quítale la venda de los ojos y rompe esa burbuja ya. Ningún hombre tiene por qué aguantar que se la hagan pendejo en su cara.

Leí el mensaje y se me formó un nudo en la garganta.

Iker tenía toda la razón del mundo. Pero lo que él no sabía es que yo era exactamente igual que Evaristo.

La única diferencia era que a mí sí me constaba que me hacían pendejo en mi cara, y lejos de romper la burbuja, yo mismo le había pagado el boleto de entrada al depredador de mi esposa.

Dejé el celular en la mesa sin contestarle. No tenía cara para darle explicaciones a un hombre de verdad.

Movido por un instinto retorcido y subconsciente que no pude frenar, me puse a limpiar la casa.

Agarré la escoba, la jerga y el cloro. Lavé los pisos, sacudí los muebles, tallé los baños. Fui a la recámara matrimonial, quité las sábanas donde alguna vez habíamos dormido juntos y puse unas nuevas, limpias y planchadas. Acomodé sus zapatos en el clóset.

Estaba preparando el nido. Estaba arreglando la casa para recibir a la reina que venía de ser mancillada.

Mi mentalidad de cornudo me había convertido literalmente en su sirviente, acondicionando la habitación para que mi esposa, exhausta de que le abrieran las piernas todo el fin de semana, llegara a descansar en un entorno limpio.

Era asqueroso. Era denigrante. Pero no podía parar.

A las seis y cuarto de la tarde, mi teléfono volvió a vibrar.

El tono de notificación fue distinto. Era el grupo Dueño de tu Mujer.

Agarré el celular con las manos sudadas. Mi respiración se volvió pesada, ruidosa en la soledad de la casa. Abrí la aplicación.

No era un texto. Era un archivo de video. Duraba apenas quince segundos.

Mi dedo tembló sobre el botón de reproducir. La miniatura estaba borrosa. Cerré los ojos, preparándome para ver a mi esposa a cuatro patas, llorando o gimiendo con el miembro de mi jefe en la boca. Tomé aire y le di play.

La imagen se aclaró.