Capítulo 14 #3
El vestido de satén rojo sangre yacía en un charco de seda a sus pies, junto a los tacones negros.
Regina estaba de pie, mirando hacia la ciudad.
Llevaba puesto el arnés de cuero rojo, las tiras ajustadas clavándosele en la espalda y en la cintura.
La tanga de encaje negro se adherían a sus caderas inmensas, y las medias oscuras cubrían sus piernas.
La imagen era de una vulgaridad exquisita. Era una obra de arte retorcida. La contadora intachable exhibida como un trozo de carne en el departamento de lujo de mi jefe.
Y lo más humillante de la foto: la mano derecha de David, enorme, venosa, entraba en el encuadre por el lado izquierdo, descansando abierta y posesiva sobre el lado desnudo del glúteo de mi mujer, marcando su territorio con cinco dedos que se hundían en su carne lechosa.
David (12:48 am): Mucho mejor. Tiene unas carnes preciosas tu señora. Y una piel calientita. Ya está sudando de los nervios.
Me llevé la mano libre a la entrepierna, desabrochándome el pantalón gris con movimientos torpes. Saqué mi verga, que estaba tan dura que dolía, y empecé a masajearme lentamente, mirando fijamente la mano de mi jefe sobre el culo de mi esposa.
Marco (12:50 am): Dime qué le estás haciendo. Por favor.
La humillación de rogarle detalles a mi propio verdugo me excitó hasta el límite.
David (12:51 am): La tengo de pie frente al ventanal. Le dije que apoyara las manos en el cristal. Está temblando. Le pasé las uñas por la espalda y soltó un quejido. Le fascina que la traten rudo, Marco.
David (12:52 am): Mándale otro audio. Dile que es una perra. Dile lo que piensas de ella al verla así.
Me estaba obligando a degradarla. A usar mi propia voz para terminar de quebrar la imagen de esposa perfecta.
Apreté el ícono del micrófono en la pantalla. Me acerqué el teléfono a los labios. Mi respiración era un jadeo pesado, pervertido.
—Yo… Regina... yo… no creí… que fueras… capaz… de esto… —susurré en el audio, con la voz carrasposa—. Te ves como una puta barata. Te ves como la zorra que siempre quisiste ser. Si tienes un poco de respeto por mí… vuelve a casa…
Envié el audio.
Me sentí como la escoria más grande de la tierra, pero la excitación me corría por las venas como lumbre. Me estaba masturbando en la cama que compartía con ella, viendo fotos de su culo en el departamento de otro hombre, insultándola por mandato de él.
Un minuto después, David me respondió con otro audio.
Era la reacción de Regina.
*—Escucha a tu maridito, preciosa —*decía la voz de David en la grabación. Se escuchaba el audio que yo acababa de mandar reproduciéndose de fondo.
—Mi propio esposo... mi esposo me dice eso... —La voz de Regina sonaba quebrada, pero no de llanto triste, sino de un quiebre psicológico. Sonaba asfixiada por el morbo.
—¿Y no es verdad? —exigió David, y se escuchó el sonido seco de una nalgada resonando en el mármol del penthouse.
—¡Ah! Sí... —jadeó mi mujer—. Sí lo soy... soy una perra.
El audio terminó.
Gritó en silencio, apretando los dientes, frotándome el pene con furia animal. Mi esposa lo acababa de admitir. Acababa de asumir su identidad de ramera frente al hombre que le pagaba el sueldo a su marido.
David (1:00 am): ¿Escuchaste eso? Ya se rindió. Ya no hay marcha atrás, Marco. Tu esposa de valores murió hoy en la noche. Acaba de nacer mi perra...
David (1:01 am): Ahora viene la mejor parte.
Y ante un silencio de mensajes nuevos… tuve que preguntar.
Marco (1:07 am): ¿Te la vas a coger? ¿Se la vas a meter ahí en el ventanal?
Mi desesperación por saber los detalles gráficos me estaba carcomiendo. Necesitaba saber la logística de mis cuernos.
El teléfono tardó cinco minutos eternos en sonar.
Cinco minutos donde imaginé la verga inmensa de David frotándose contra la abertura de la lencería de mi mujer, las manos de ella aferrándose al cristal frío, la ciudad a sus pies mientras él le desbarataba el coño a la vista de los edificios lejanos.
La pantalla se iluminó. Una foto.
La abrí con el corazón en la garganta.
No estaban en el ventanal. Estaban en un sillón largo de cuero blanco.
Regina estaba arrodillada en el piso, de perfil a la cámara. El arnés rojo resaltaba contra la piel blanca de su espalda encorvada. Su rostro estaba fuera de foco, movido por la acción, pero lo que estaba haciendo era inconfundible.
David estaba sentado en el sillón, con las piernas abiertas. Llevaba la camisa negra, pero el pantalón de vestir lo tenía a la altura de los tobillos.
Mi esposa tenía las manos apoyadas en los muslos musculosos de mi jefe, y tenía la cara enterrada en su entrepierna. Le estaba chupando la verga con una devoción abyecta.
La imagen era cruda, asquerosa, perfecta. Regina de la Torre, la contadora pública, arrodillada como una perra, mamándosela al macho alfa, ahogándose con él.
David (1:15 am): Tu mujer es una experta con la boca. Mama verga como si llevara días sin comer carne. Y eso que apenas estoy calentando. Te dejo, Marquito. Tengo que concentrarme en enseñarle a esta perrita quién manda de verdad.
David (1:20 am): Pasa buena noche en tu camita vacía.
El texto finalizó la sesión. Me habían cortado la transmisión.
—¡No! ¡Mándame más! —le grité a la pantalla vacía, pero nadie me respondió.
Me quedé a oscuras en mi recámara, con la foto de mi mujer chupándosela a David congelada en la retina.
La masturbación se volvió frenética, dolorosa.
Las lágrimas de humillación se mezclaron con el sudor.
Me imaginé siendo él. Me imaginé sintiendo los labios rojos de Regina envueltos en mi miembro, pero la realidad era que mi miembro estaba en mi propia mano, triste y solitario, mientras ella atendía al verdadero dueño.
Me vine.
Un orgasmo violento, vacío, lleno de asco hacia mí mismo. Los fluidos calientes salpicaron mi camisa y las sábanas donde ella solía dormir.
Me quedé acostado, jadeando en la oscuridad de la casa, oliendo a mis propios fluidos.
Pasé la mano temblorosa por el lado izquierdo del colchón.
Estaba frío. Helado y liso. El dolor me desgarró el alma al asimilar el contraste: mientras yo tocaba unas sábanas vacías, hundido en mi propia miseria, el cuerpo desnudo de Regina estaba hirviendo, bañado en sudor y aplastado brutalmente contra los cobertores de seda de David Montenegro.
Él había ganado.
Me había destruido la vida y yo le había dado las gracias, aplaudiendo desde el suelo. Mi matrimonio era una reliquia inservible.
Cerré los ojos, sabiendo que el fin de semana apenas comenzaba, y que mañana por la mañana me despertaría con el estómago vacío, sabiendo que ella abriría los ojos en el penthouse de lujo, cansada, adolorida y rellenada por el semen del hombre que nos había vencido a los dos.