Capítulo 14 #2
Había perdido. Había perdido por todos los frentes. Mi intento patético de desafiar al macho alfa había terminado conmigo convertido en el guardia de los abrigos.
Le di un trago largo a la cerveza, intentando tragar el nudo que me ahogaba.
De pronto, la pantalla de mi celular, que descansaba sobre la mesa, se iluminó con una notificación de WhatsApp.
El nombre del grupo brilló en la oscuridad del bar: Dueño de tu Mujer.
Tragué saliva, sintiendo un escalofrío helado recorriéndome la espalda. Mis dedos, torpes y sudorosos, agarraron el aparato. Desbloqueé la pantalla.
Había una fotografía.
Tardó dos segundos en cargar por la señal del antro, dos segundos que se sintieron como horas. Cuando la imagen apareció nítida en la pantalla, el estómago se me revolvió con una violencia que me dio ganas de vomitar bilis ahí mismo.
Era una selfie tomada desde el asiento del conductor de un auto deportivo. La iluminación del tablero azul revelaba los interiores de piel clara del Audi de David. Él salía en primer plano, mirando a la cámara con una sonrisa arrogante, torcida, el saco azul marino impecable.
Y a su lado, en el asiento del copiloto, estaba Regina.
La foto la había agarrado desprevenida, o tal vez le valió madres posar.
Estaba recargada contra la puerta, con las piernas abiertas.
El vestido de satén rojo estaba arremangado hasta la cintura, dejando al descubierto por completo el conjunto de lencería de cuero y encaje, junto con las ligas de sus medias oscuras.
Su rostro estaba girado hacia David; tenía los ojos entrecerrados, los labios rojos entreabiertos y la mano derecha extendida, perdiéndose en el encuadre justo donde estaba la entrepierna del pantalón de mi jefe.
Debajo de la imagen, un mensaje de texto.
David (11:42 pm): Llévate su bolsita a tu casa, Marquito. Cierra bien la puerta y espérame despierto. Yo me llevo a tu mujer a mi departamento. Te aviso cuando terminemos el servicio, si es que la dejo volver hoy.
Un gemido ahogado se me escapó de la garganta. La humillación era tan directa, tan gráfica, que me sentí asfixiado. "Llévate su bolsita a tu casa". Me estaba tratando como al pinche mozo.
Leí el mensaje de nuevo. Miré la mano de mi esposa descansando sobre el regazo del depredador.
El morbo me taladró el cerebro. Sentí que el miembro se me endurecía aún más, doliéndome contra la tela.
Yo quería odiarla, quería salir corriendo al estacionamiento y reventarle el cristal del carro a pedradas.
Pero no me moví.
Guardé el teléfono en mi bolsillo. Agarré el bolso de cuero de Regina con ambas manos, abrazándolo contra mi pecho. Me puse de pie y caminé hacia la salida del bar.
Crucé las puertas de cristal y el aire frío de la madrugada me golpeó el rostro. El contraste con el calor asfixiante del antro me hizo temblar. Caminé hacia la caseta del valet parking. Entregué mi boleto.
El muchacho de chaleco rojo me miró de reojo. Seguro le parecía patético ver a un hombre de traje gris solo, abrazando un bolso de mujer a medianoche.
Tardaron cinco minutos en traer mi modesto sedán. Me subí al carro, aventé el bolso de mi esposa al asiento del copiloto y arranqué.
El trayecto hacia la casa fue un viaje por el infierno.
Las calles vacías de la ciudad se sucedían una tras otra, iluminadas por las farolas amarillas. El silencio dentro del vehículo era aplastante. Cada vez que frenaba en un semáforo rojo, mis ojos viajaban instintivamente hacia el bolso de cuero que descansaba en el asiento de al lado.
Ahí estaba la cartera de la mujer que amaba. Sus llaves. Su maquillaje. Cosas cotidianas, aburridas, de una vida marital que acababa de morir en el pasillo de un bar.
¿Qué estarán haciendo ahorita?, me preguntaba mi mente enferma. ¿Ya llegaron al edificio? ¿Ya subieron al elevador? ¿David la tendrá arrinconada contra el espejo del ascensor besándole el cuello, metiéndole la mano por debajo de la tanga abierta?
Apreté el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Llegué a nuestra casa. La fachada se veía oscura, triste. Metí el carro a la cochera. Apagué el motor y me quedé en silencio durante varios minutos, escuchando el tictac del metal enfriándose.
No quería entrar. Entrar significaba aceptar que estaba solo. Que mi mujer estaba en la cama de otro.
Respiré profundo, agarré el bolso y abrí la puerta principal.
Encendí la luz de la sala. El sillón donde nos sentábamos a ver películas estaba vacío. Caminé hacia la cocina. El fregadero estaba limpio, la estufa apagada. Todo estaba en orden. Todo estaba muerto.
Fui al comedor y dejé el bolso de Regina sobre la mesa de cristal.
Me quedé mirándolo. Instintivamente, pensé que el teléfono de mi esposa estaba ahí dentro.
Las mujeres nunca sueltan su celular, y en mi estupidez, quise creer que al menos la había dejado incomunicada con el mundo exterior.
Metí la mano, rebuscando entre sus cosas.
Pero no estaba. Se lo había llevado con ella, asegurándose de tener línea directa para recibir y atender las órdenes de mi jefe.
Lentamente, movido por un fetiche que no podía controlar, seguí escarbando en la bolsa. Saqué su cosmetiquera. Saqué su labial, el mismo labial rojo sangre con el que se había pintado la boca antes de salir. Le quité la tapa. El olor a cera y fragancia de mujer me invadió las fosas nasales.
Recordé cómo, apenas unos días atrás, se había parado frente al espejo de nuestro baño, delineándose esos labios gruesos con cuidado antes de irnos a cenar, regañándome por apurarla. Esa boca era mía. Una boca exclusiva de nuestro matrimonio.
Y ahora, ese mismo labial seguramente, en este mismo instante, estaba manchando la verga de David Montenegro.
Sentí una punzada de dolor físico en los testículos. Caminé hacia nuestra recámara matrimonial.
La cama estaba perfectamente tendida. El cuarto olía a su perfume. Me dejé caer boca arriba sobre la colcha, con la ropa puesta y los zapatos sucios. Miré el techo blanco.
Mi celular vibró en el bolsillo del pantalón.
Di un salto en la cama, sacando el aparato con desesperación.
Dueño de tu Mujer (12:35 am)
Un mensaje de voz. Nueve segundos.
Mis dedos temblaban tanto que casi no logro presionar el botón de reproducir. Me llevé la bocina a la oreja.
El audio tenía eco, como si estuvieran en un lugar inmenso y vacío.
—Dile a tu maridito dónde estás, Regina. —La voz de David era autoritaria, rasposa, imperiosa.
Se escuchó una respiración agitada, pesada. El sonido de tela rozando.
—Estoy... estoy en el penthouse, Marco —La voz de mi esposa sonaba completamente distinta.
No había altivez. No había arrogancia. Sonaba sumisa, embriagada de lujuria, arrastrando las vocales con un jadeo rasposo y húmedo, casi ronco.
Era un tono sucio y suplicante que la estricta contadora jamás se permitiría usar ni siquiera en la intimidad de nuestra propia recámara—. Estoy en la sala de David.
—¿Y a qué veniste a mi casa, perra? —exigió él.
—A que... a que me enseñes a ser una mujer de verdad.
El audio se cortó.
Tiré el teléfono a un lado de mi cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Las lágrimas me escurrieron por las sienes hasta perderse en el cabello. Me froté la cara con ambas manos, ahogando un sollozo miserable.
"A que me enseñes a ser una mujer de verdad".
La había destrozado. Le había roto la voluntad de una forma tan magistral que ella misma escupía sobre nuestro matrimonio con tal de complacerlo. Yo no era un hombre de verdad para ella. Yo era el cajero automático fallido, el perdedor de la oficina que no servía para hacerla gemir.
El teléfono vibró de nuevo.
Agarré el aparato. El morbo me tenía secuestrado. Era un adicto inyectándose su propia desgracia en las venas.
David (12:38 am): El departamento tiene una vista increíble de la ciudad, Marco. Le serví una copa de vino. Está parada frente al ventanal de la sala. Le dije que no se moviera.
David (12:39 am): Pero me aburre ese pinche vestido de seda que trae puesto. Dile tú que se lo quite.
Fruncí el ceño, leyendo el mensaje con el corazón latiéndome a mil por hora.
Marco (12:40 am): ¿Qué? ¿Por qué yo?
David (12:40 am): Porque tú eres mi cómplice, Marquito. Tú me la entregaste. Y quiero que ella sepa que tú estás de acuerdo con esto. Que eres un cornudo mansito. Escríbelo en este grupo. Ordénale a tu esposa que se encuere para mí.
El terror me paralizó los dedos. Si escribía eso, estaba cruzando una frontera sin retorno.
Estaba participando activamente en la prostitución de mi propio matrimonio.
Si Regina leía ese mensaje, sabría con total certeza que yo no estaba sufriendo en silencio; sabría que yo era el enfermo que permitía todo.
David (12:42 am): Escríbelo, o te juro que le quito el vestido, me la cojo y no te mando ni una sola puta foto en toda la noche. Te dejo imaginándote todo hasta el lunes.
El pánico a la ceguera visual, el terror de quedarme a oscuras sin saber qué le hacían a su cuerpo, superó cualquier rastro de dignidad que me quedara. El morbo era un monstruo insaciable que me devoraba desde adentro.
Tragué saliva, sintiendo el ácido en la garganta. Tecleé lentamente.
Marco (12:44 am): Regi... quítate el vestido. Haz lo que él te dice. Desnúdate para David.
Envié el mensaje.
Las dos palomitas azules aparecieron al instante. Ambos lo habían leído.
Esperé, aguantando la respiración. La recámara de mi casa parecía encogerse a mi alrededor.
Tres minutos después, llegó una fotografía.
La abrí.
La imagen me golpeó con la fuerza de un bate de béisbol.
El encuadre mostraba la inmensa sala del penthouse. Pisos de mármol brillante, ventanales de piso a techo mostrando la ciudad iluminada a sus pies.
Y en el centro de la imagen, de espaldas a la cámara, estaba mi esposa.