Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 14
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Capítulo 14

La ventana del fondo mostraba las luces de la ciudad, un mosaico de farolas amarillas y anuncios luminosos que perfilaban la silueta inmensa de David. El macho alfa tenía a mi esposa acorralada contra el cristal grueso.

Regina tenía la espalda apoyada en el ventanal.

El satén rojo de su vestido brillaba con cada destello de luz que alcanzaba a colarse.

David mantenía ambas manos apoyadas en el vidrio, a los lados de la cabeza de mi mujer, enjaulándola por completo.

Su cuerpo musculoso bloqueaba cualquier ruta de escape, obligándola a mirarlo hacia arriba, sometida a su altura.

La respiración me fallaba. El corazón me golpeaba el pecho con una cadencia violenta, dolorosa.

La verga se me hinchó dentro del pantalón de vestir, convirtiéndose en una piedra latiendo de sangre y adrenalina.

Me acomodé los lentes sobre el puente de la nariz con un dedo tembloroso, afinando la vista en la oscuridad.

Estaba a salvo en las sombras. Invisible.

Los bajos del reguetón que provenían de la pista de baile repercutían contra las paredes de cemento del pasillo, creando una barrera de sonido impenetrable. Apenas estaba a unos diez o doce metros de distancia, pero me resultaba imposible escuchar una sola sílaba de lo que hablaban.

Quería ver cómo actuaban cuando creían que no tenían público. Necesitaba comprobar si toda esa farsa de la venganza era real o si, al estar a solas, las máscaras caían.

Regina tenía el ceño fruncido. Desde mi posición agazapada, podía ver la tensión en sus hombros.

Cruzó los brazos sobre su pecho, empujando sus enormes tetazas hacia arriba, adoptando su clásica postura de contadora estricta y ofendida.

Empezó a mover los labios rápidamente, negando con la cabeza.

Levantó una mano y le apuntó a David en el pecho con el dedo índice, dictando sentencia.

Eso es, mi amor, pensé, sintiendo una chispa de esperanza miserable. Mándalo al diablo. Ponlo en su lugar. Demuéstrale que contigo no se juega.

David no se inmutó. No retrocedió ni un milímetro ante el regaño de mi esposa.

Al contrario, se inclinó un poco más hacia adelante.

Su rostro quedó a escasos centímetros del de ella.

Vi cómo su mandíbula se movía. Le estaba hablando con esa tranquilidad letal, con esa seguridad aplastante de hombre que sabe que tiene el control.

De pronto, la expresión de Regina sufrió un cortocircuito.

La dureza de sus ojos se esfumó. Su dedo índice bajó lentamente. Sus labios pintados de rojo se separaron y, para mi terror total, una sonrisa se dibujó en su rostro.

No era una sonrisa sarcástica. Era una sonrisa coqueta. Vulnerable. La sonrisa de una mujer que acaba de escuchar un piropo tan sucio, tan certero, que no pudo evitar sentirse halagada.

Un hoyo helado se abrió en mi estómago.

¿Qué carajos le acababa de decir? Mi mente empezó a maquinar a una velocidad enfermiza. ¿Le estaba recordando lo que hicieron en el motel? ¿Le estaba describiendo lo bien que se le veía el culo en ese vestido rojo?

Regina se dio cuenta de que estaba cediendo y rápidamente borró la sonrisa, regresando a su careta de mujer indignada.

Le dio un empujón a David en el pecho con ambas manos.

Pero fue un empujón débil. Carente de fuerza.

Un rechazo inútil, un “no seas descarado” de esos que las mujeres usan para invitar al hombre a que siga insistiendo.

David bajó una de sus manos del cristal y le agarró la muñeca. No con violencia, sino con una firmeza posesiva. Le susurró algo más.

¿Qué mierdas se estaban diciendo?

El morbo me estaba devorando por dentro.

Llevé mi mano libre a la entrepierna, frotándome el bulto endurecido a través de la tela del pantalón.

Estaba hirviendo de celos, sentía que la cara me quemaba de la indignación, pero la excitación de ver a mi esposa jugando a la presa difícil con otro macho me tenía al borde del colapso.

Parecían una pareja real. Encajaban a la perfección.

La elegancia imponente de él, la abundancia carnosa de ella.

Se veían tan malditamente bien juntos que yo me sentí como una basura. Un error en la ecuación.

Regina volvió a fruncir el ceño, sacudiendo la cabeza con vehemencia. Pude leer sus labios esta vez. Pronunció un “estás loco” bastante claro. Miró hacia los lados, hacia la puerta de la pista de baile, interpretando el papel de la esposa nerviosa que teme ser descubierta.

Pero no hizo el menor intento por caminar hacia acá. No huyó. Se quedó ahí, pegada al cristal, atrapada voluntariamente en la jaula de los brazos de mi jefe.

David deslizó su mano desde la muñeca de mi mujer hasta su cintura. Agarró la tela de satén rojo sangre.

Dejé de respirar.

La mano inmensa de David se veía brutalmente masculina contrastando con el rojo brillante del vestido de Regina. Empezó a acariciarle la cadera, bajando lentamente hacia su muslo.

Regina abrió la boca, tomando una bocanada de aire. Su mano derecha voló hacia la muñeca de David, como si quisiera detenerlo.

Detenlo, Regi, rogué en mi mente, temblando en la oscuridad. Quítale la mano. Dale una bofetada. Termina con esto.

Pero sus dedos solo descansaron sobre el brazo de David. No apretó. No lo apartó.

La mano de David subió por el muslo pálido de mi esposa, arrastrando el vestido de satén hacia arriba.

El contraste de las medias de nylon negro asomó bajo la luz amarilla de las farolas de la calle.

Yo sabía exactamente lo que había debajo de ese vestido.

Yo sabía que la entrepierna de esa lencería estaba abierta, dejando el coño depilado y húmedo de mi mujer completamente expuesto.

Y David también lo sabía.

¿En serio Regina se había puesto la lencería que el hijo de puta le había comprado? ¿Por qué? ¿No me acababa de decir esa misma mañana que no quería tener más relación con él? ¿Entonces por qué cucarlo? ¿Por qué provocarlo? ¿Qué de lo que decía mi esposa y él era verdad?

Vi cómo Regina echaba la cabeza hacia atrás, recargando la nuca en el cristal empañado. Cerró los ojos. Sus labios rojos se separaron en un jadeo mudo que la música me impidió escuchar, pero que me resonó en lo más hondo de las entrañas.

La mujer estricta y controladora desapareció ante mis ojos.

Fue borrada de un plumazo. La hembra que estaba contra ese ventanal era una extraña para mí.

Era una mujer sumisa, hambrienta, entregándose al manoseo descarado de su amante en el pasillo de un bar, a escasos metros de donde su marido legítimo supuestamente estaba cuidando su bolso.

El dolor y la excitación me sacaron lágrimas de los ojos.

David metió la mano debajo del vestido. Regina arqueó la espalda, levantando la pelvis hacia él. Un movimiento instintivo, animal. Le estaba pidiendo más.

Él le habló al oído. Su rostro rozaba la mejilla de mi esposa. Regina, con los ojos cerrados y el rostro bañado por el sudor de la calentura, asintió.

Asintió lentamente, tal vez rindiendo su voluntad.

David sacó la mano de debajo del vestido.

Le acomodó la falda de satén hacia abajo con un par de palmadas en los muslos, como si estuviera alisando el pelaje de un animal doméstico que acababa de premiar.

Se arregló las solapas del saco azul marino y le hizo una seña con la cabeza hacia la salida de emergencia que daba al estacionamiento.

Regina ni siquiera miró hacia atrás. No se giró para buscarme en la multitud de la pista de baile.

Caminó detrás de David. Sumisa. Derrotada y ganada a la vez. Sus tacones resonaron brevemente antes de que ambos cruzaran la pesada puerta de metal y desaparecieran en la escalera que llevaba a los autos.

¿A dónde iban? ¿A dónde carajos iban sin mí… sin su bolsa?

El pasillo se quedó vacío.

Yo seguía ahí, agachado detrás de las sillas metálicas, apretando el bolso negro de mi esposa contra el pecho, sintiéndome la escoria más grande que haya pisado la tierra.

Había visto suficiente. La farsa de la "venganza para darme una lección" estaba muerta.

Nadie finge esa clase de calentura en un pasillo oscuro, sin testigos.

Nadie se rinde así para dar un simple escarmiento.

Mi esposa era suya. David se la acababa de llevar a su departamento para terminar el trabajo, y ella había aceptado la invitación con las piernas abiertas.

Me levanté despacio. Las rodillas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared para no caer. Me limpié las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano y me acomodé el saco, intentando disimular el bulto endurecido en mi entrepierna.

Caminé de regreso hacia el bar.

El humo artificial y las luces láser me golpearon la cara. Atravesé la pista de baile como un zombi. La gente saltaba, gritaba y bailaba a mi alrededor, ajenos a la tragedia que me consumía por dentro.

Llegué a la mesa reservada en forma de herradura.

El lugar estaba desierto. Los vasos a medio terminar descansaban sobre la madera. Busqué con la mirada entre los sillones cercanos. Rodrigo y Maca ya no estaban.

¿Y la invitación al penthouse? ¿El famoso after-party en la terraza de David?

Me pasé una mano por la cabeza rapada. Todo había sido una puta cortina de humo. Una maniobra de distracción orquestada en mis narices.

El rubio patán de sistemas no iba a perder su tiempo manejando detrás de nosotros hasta la casa del jefe; había aprovechado la borrachera y la vulnerabilidad de la chica ahí mismo.

Seguramente ya se había llevado a la dulce prometida de Evaristo a su propio departamento para arruinarle la vida a solas.

Y David... David solo había lanzado la idea grupal al aire para tener la excusa perfecta y arrancar a mi esposa de la mesa, sabiendo que yo me quedaría como un idiota cuidando las cosas, esperando a un grupo que nunca iba a regresar a buscarme.

Me habían jugado el dedo en la boca a la vista de todo el mundo.

Estaba solo.

Me senté en el rincón más alejado del sillón de piel. Dejé el bolso de mi esposa sobre la mesa, a un lado de mi tarro de cerveza tibia.