Capítulo 13 #5
Rodri no perdió el tiempo. Acorraló a Maca contra una de las bocinas gigantes en la orilla de la pista. La agarró de la cintura, obligándola a darle la espalda, y empezó a perrearle con una vulgaridad descarada.
La pobre chica de nóminas cerraba los ojos, mareada, mientras Rodri le restregaba el bulto contra las nalgas.
Él le levantó el vestido rojo fuego con ambas manos, casi hasta la cadera, dejando expuestos los muslos pálidos a la vista de decenas de desconocidos.
Luego bajó la cabeza y empezó a morderle el cuello a Maca frente a todo el bar, tratándola como a una cualquiera, y ella, lejos de abofetearlo, se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el pecho del rubio, rindiéndose por completo.
Pero mis ojos, inyectados en sangre, estaban clavados en la otra pareja.
David no bailaba como un oficinista ridículo ni perreaba de forma callejera como Rodrigo. Se movía con una soltura de depredador nato. Agarró a Regina por la cintura y la jaló hacia él, aplastando sus caderas anchas contra su entrepierna con un movimiento firme pero sorprendentemente elegante.
El satén rojo sangre del vestido de mi esposa brilló bajo los láseres.
Al principio, Regina mantuvo las manos apoyadas en el pecho de David, intentando guardar una mínima distancia, aferrándose a los últimos restos de su decencia. Pero él se inclinó. Le rozó la nariz contra la oreja y le susurró algo que no pude escuchar.
Y entonces, frente a mis ojos atónitos, la contadora inquebrantable desapareció.
Regina echó la cabeza hacia atrás y le sonrió.
Una sonrisa de entrega, de pura y auténtica lujuria.
Deslizó sus manos desde el pecho de David hasta rodearle el cuello por completo.
Y empezó a mover ese culazo inmenso. Lo movía en círculos pesados, flexionando un poco las rodillas, frotando su vientre contra el bulto del pantalón de mi jefe.
El vestido rojo se le empezó a subir peligrosamente con cada movimiento de cadera, dejando al descubierto sus piernas hermosas envueltas en las sensuales medias oscuras semitransparentes.
David deslizó sus manos inmensas hacia abajo, agarrándole las nalgas por encima del satén, estrujándole las carnes a la vista de todo el puto bar, y Regina simplemente cerró los ojos, dejándose amasar, dejándose poseer públicamente.
—Mierda… mierda… mierda —susurraba yo casi colapsando.
El hormigueo en la base de mi pene se volvió un latido doloroso. Tenía el glande tan sensible que el roce con mis propios calzones me hacía jadear, soltando gotas de líquido preseminal que manchaban la tela.
Estaba hirviendo de celos, sentía que la sangre me quemaba la cara, me sentía minúsculo. Pero la excitación de ver a mi mujer perreando con otro hombre, comportándose como la ramera de sus propios videos ocultos, con ese nivel de elegancia y suciedad mezcladas, me estaba volviendo loco de remate.
Me pasé las manos por la cara, sudando frío, sintiendo la boca seca. Tomé un trago largo de cerveza.
Las luces del bar parpadearon violentamente durante el coro de la canción.
Las máquinas soltaron una cortina de humo artificial sobre la pista.
Una marea de gente cruzó frente a mi mesa; un grupo de borrachos festejando a gritos me tapó la visión por unos cinco o diez segundos, empujándose unos a otros.
Me incliné hacia la derecha, estirando el cuello, desesperado, intentando recuperar el ángulo de visión entre las cabezas que saltaban al ritmo del reguetón.
Encontré a Rodrigo y a Maca. Se estaban tragando a besos en una esquina, con Rodri metiéndole la mano descaradamente debajo del vestido para agarrarle la entrepierna.
Pero busqué el satén rojo sangre y el saco sport azul marino en el centro de la pista.
Nada.
El humo se disipó ligeramente bajo una luz azul. Escaneé el lugar.
Nada.
Me puse de pie de un salto. El corazón empezó a latirme contra el pecho como si me fuera a dar un infarto. Recorrí la multitud con la vista en modo de pánico. No los veía por ningún lado. No se venían en la barra pidiendo tragos. No se veían caminando hacia el baño.
Se me habían perdido de vista por completo.
—¡Mierda, mierda, mierda! —murmuré, sintiendo que el aire se me esfumaba de los pulmones y que el sudor frío me empapaba la espalda.
¿A dónde carajos se la había llevado? ¿Se habían ido al after sin avisar para cogérsela en el carro? ¿Le había propuesto ir a los baños VIP?
Agarré el bolso de Regina con fuerza, apretándolo contra mis costillas, y salí corriendo de la zona reservada.
Me metí a empujones entre la multitud sudorosa de la pista de baile.
Recibí insultos, maldiciones y empellones de tipos a los que les derramé la cerveza en mi carrera, pero no me importó.
Buscaba desesperadamente el brillo rojo del vestido de mi esposa.
Caminé hacia el pasillo en penumbras que llevaba a los sanitarios VIP y a las puertas de las salidas de emergencia. El ruido ensordecedor de los bajos de la música retumbaba en mi pecho, pero mi mente solo escuchaba el eco aterrador de mis propios latidos.
Y entonces los vi… al fondo, junto a una ventana que daba al exterior.