Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

David se acercó más a Regina. Se inclinó para susurrarle algo al oído. Yo me esforcé por leerle los labios. La música estaba demasiado fuerte, pero alcancé a captar el final de la frase: "...te está volviendo loca."

Regina le respondió en un murmullo apenas audible.

—No seas descarado, David.

Él se rio. Y, a la vista de todos, deslizó su mano desde el hombro de Regina hasta su cintura, jalándola descaradamente hacia él.

Regina resistió por una fracción de segundo, su cuerpo rígido por la costumbre del recato, pero luego...

cedió. Sus hombros se relajaron y dejó que su cuerpo se apoyara contra el costado musculoso de David.

Rodrigo, al ver la escena, soltó un silbido.

—Ah, cabrón, andan con todo —celebró Rodrigo, sirviéndose otro trago—. Se ven muy bien juntitos. ¿Cuánto llevan saliendo? Porque yo al jefe hace mucho que no le conocía una mujer formal.

—No es formal —me apresuré a responder yo—, ¿no oíste que es su amiga?

Regina se congeló. Su respiración se detuvo. Me miró de reojo, aterrada de la respuesta.

David no titubeó. Su mentira fluyó con una naturalidad que me destrozó el alma.

—Somos amigos, Rodri, apenas, tenemos muy poco, ¿qué será?

, ¿casi dos semanas? Creo que sí. Como te digo, nos estamos conociendo apenas —dijo David, acariciando la cintura de mi esposa—.

Lo que te puedo decir que nuestra conexión fue...

instantánea desde la primera vez que nos vimos.

Hay cosas que no necesitan tiempo, solo necesitan que sepas cómo encender el motor.

—David es muy persuasivo —añadió Regina de pronto, para mis sorpresa, validando la mentira de su amante, enterrando cinco años de matrimonio en una frase de tres putas palabras.

—Pues ya les digo que se ven muy bien juntos —aplaudió Rodrigo—. Una parejita preciosa, los dos guapos, como tiene que ser.

Yo bajé la mirada hacia mi cerveza oscura.

¿A qué hora me iban a traer mi puto tequila?

El dolor en mi pecho era inmenso. La humillación era total.

Estaba sentado en la esquina de una mesa, viendo cómo el patán de sistemas manoseaba a la prometida de mi amigo, mientras mi propio jefe presumía a mi esposa como su nueva adquisición, y ella, la mujer que me juró fidelidad en un altar, jugaba el papel de novia-amiga de otro hombre frente a mí.

Éramos los putos bufones del castillo.

Después de media hora de tortura, donde Rodrigo no dejó de manosear a Maca y David no soltó la cintura de Regina, el jefe miró su reloj brillante.

Dio el último trago a su whisky y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Bueno, ya estuvo bueno de tanta plática —anunció David, frotándose las manos y mirando hacia la pista de baile, donde los bajos del reguetón hacían vibrar el piso—. La noche es joven, y la música está muy buena como para quedarnos sentados amargándonos. ¿Bailamos, Regina?

Regina se tensó. Miró hacia la pista, llena de gente sudando y perreando, y luego me miró a mí de reojo.

—Yo no soy mucho de bailar... —intentó excusarse.

—Tonterías. Un ratito nada más. Vamos a calentar motores, y saliendo de aquí, ¿qué les parece si nos vamos todos a mi casa a seguirla? Tengo una terraza muy buena para el after —David se puso de pie, imponente, musculoso, y le ofreció la mano.

—¡A huevo! ¡Jalo al after en la casa del jefe! —celebró Rodrigo, levantándose de un salto y jalando a Maca del brazo—. Pero antes, princesita, vamos a mover ese cuerpecito.

Maca no tuvo fuerzas para negarse. Se levantó torpemente, agarrándose de la camisa de Rodri para no caerse de los tacones.

Yo hice el amago de levantarme también. Si mi mujer iba a ir a la pista, yo tenía que ir con ella. Tenía que marcar mi territorio o al menos aparentar dignidad.

Pero David me detuvo con un gesto de la mano, mirándome con una sonrisa cargada de burla.

—Marco, pues no es nada personal, pero ya vez que tú no tienes pareja esta noche, pero haznos un favor.

—¿Qu-é? —dije casi tartamudeando.

—Quédate aquí a echarnos ojo con las cosas. No vaya a ser que nos roben los abrigos o las bolsas de las chicas, mientras estamos en la pista.

Me quedé congelado a medio levantar.

—Yo... yo puedo ir a bailar con...

—No te preocupes, Marco, yo te la cuido —lo interrumpió David, con un doble sentido que me partió la madre—. Tú relájate y tómate otra cerveza.

Miré a Regina, esperando que dijera "no, yo bailo con mi acompañante". Pero ella simplemente suspiró, agarró su bolso negro, y me lo puso en el pecho.

—Cuídame la bolsa, Marco. Ahorita venimos —dijo, sin mirarme a los ojos.

Me volví a sentar, aplastado por el peso de la humillación. Me habían reducido a un pinche perchero. A un cuidador de bolsos de las mujeres que otros hombres se iban a follar.

Los cuatro caminaron hacia la pista. La iluminación del bar cambió a luces de colores que viajaban entre el humo artificial. Desde mi lugar en la orilla del enorme sillón en forma de "U", apretando el bolso de mi esposa contra mi estómago, me dediqué a mirar.

Sentí un hoyo, un puto cráter en el estómago al verlos caminar juntos.

A la distancia, bajo las luces tenues antes de entrar al mar de gente, me di cuenta de una verdad que me dolió más que cualquier insulto. Mi esposa y mi jefe se veían jodidamente perfectos juntos.

Él, con su estatura imponente, sus hombros anchos y ese traje sport azul marino que exhibía su estatus, caminaba abriéndole paso entre la multitud con una mano protectora pero dominante en la parte baja de su espalda. Y ella... mi Regina.

Con ese vestido de satén rojo sangre, rebosando elegancia, moviendo sus caderas inmensas con una cadencia hipnótica. Parecían sacados de una revista de sociedad. Una pareja de verdad. Un macho alfa y su hembra sexy.

Y yo... yo parecía el puto chofer que les estaba cuidando las cosas mientras los patrones se divertían. El contraste era humillante. Mi mediocridad brillaba ante el porte de David, y Regina encajaba perfectamente en ese mundo superior.

La canción que sonaba era asquerosa, pesada, de esas que exigen que los cuerpos se peguen y se rocen sin pudor.