Capítulo 13 #3
Rodrigo se sentó del lado derecho de David, y sentó a Maca a su lado, tan cerca que sus muslos estaban pegados.
Y a mí... a mí me dejaron en la orilla extrema izquierda del sillón. Alejado. Relegado al borde de la mesa, casi cayéndome del puto asiento, observando la escena desde afuera como un simple espectador en un teatro del horror.
El mesero regresó, atraído por el ademán arrogante de Rodrigo.
—Yo invito la nueva ronda, ¿qué van a tomar? —preguntó Rodri, echando la cabeza hacia atrás, sintiéndose en la cima del mundo—. Pidan, pidan.
—No te preocupes, Rodri. Esta noche invito yo —intervino David, sacando una gruesa cartera de piel—. Tráenos una botella de Maestro Tequilero, la reserva especial. Y unos mezcladores. Y asegúrate de que la mesa no se quede seca.
—¡A huevo, así se habla, jefe! —celebró Rodrigo, pasándole el brazo por los hombros a Maca, acariciándole el cuello desnudo frente a todos. Maca cerró los ojos, agachando la cabeza, pero no lo apartó. Se dejó tocar, sumisa, aceptando su papel de novia robada.
David asintió, y luego se giró hacia mi esposa.
Y lo hizo con una naturalidad que me rompió en mil pedazos. No le preguntó a ella. Simplemente le hizo una seña al mesero.
—Y tráele a Regina otra ginebra con frutos rojos. Sin hielo —ordenó David.
Era una exhibición de poder rotundo. David pedía por ella. David de alguna manera decía lo que ella tenía que beber.
—Yo un tequila reposado —dije, sólo para no quedar como idiota.
Miré a Regina. Sus mejillas estaban muy rojas.
Estaba nerviosa, sí, pero sus ojos grises brillaban con una adrenalina enfermiza.
Le gustaba. En el fondo, a su naturaleza estricta le estaba fascinando que un hombre como David tomara el control completo de sus acciones en una mesa, tratándola como a su hembra, mientras su marido legítimo estaba arrumbado en la esquina, callado, bebiendo una cerveza oscura a medio terminar.
La música del bar sonaba fuerte. Era un reguetón pesado, con bajos que hacían vibrar los vasos en la mesa, pero las conversaciones me llegaban con claridad.
—¿Y tú a qué te dedicas, Regina? —preguntó Rodrigo, inclinándose hacia el frente para verla bien, ignorándome por completo—.
Porque la verdad, no tienes cara de trabajar en la aburrida empresa donde estamos nosotros.
Por el contrario, te ves muy... interesante.
O sea, con todo respeto, te cargas una percha que no se ve en los cubículos.
Regina sonrió. Una sonrisa coqueta, juguetona, de esas que yo casi no le veía en la casa cuando estaba amargada. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Soy contadora —respondió ella—. Trabajo en un despacho en la zona financiera. Manejo la cartera de algunos clientes importantes.
—Ufff, contadora —Rodrigo silbó, mirando a David con complicidad de machos—.
Las contadoras son peligrosas, mi estimado.
Muy cuadradas, en cierto modo, y muy formales, pero dicen que cuando salen del despacho y se aflojan el botón, son las más salvajes.
¿O no, David? Las mujeres formales son las más cabronas en... lo demás.
David se rio por lo bajo. Giró su cuerpo levemente hacia la izquierda, quedando completamente de frente a Regina. Su brazo descansaba en el respaldo del sofá, justo detrás de los hombros de mi esposa.
—Te doy toda la razón, Rodri —dijo David, mirando fijamente el escote que el satén apenas lograba contener, sin ningún disimulo—.
Regina es una mujer que sabe mantener el orden.
Es muy estricta, permítemelo decirte. Pero he descubierto que debajo de toda esa seriedad, tiene un talento muy especial para...
fluir. Es como un coche, un modelo clásico, pero con un motor que ruge si lo sabes arrancar.
El doble sentido me apuñaló el cerebro. "Ruge si lo sabes arrancar". Recordé el audio del bar, donde ella se ahogaba con él y la nalgada que la hizo gemir.
Regina tragó saliva. Sus dedos, con las uñas pintadas, acariciaban el borde de su vaso. Lejos de indignarse, entró al juego.
—No nos subestimes, Rodrigo —dijo ella, levantando la barbilla, con esa falsa arrogancia—. Las contadoras sabemos marcar la pauta. Yo decido con quién “arranco” y hasta dónde.
—Hasta que llega alguien que les quita la rienda, preciosa —le rebatió David al instante, acercando su rostro al de ella—. A veces solo hace falta la presión adecuada para que las reglas se vayan a la mierda.
El mesero llegó con la botella de tequila. Rodrigo sirvió cuatro caballitos a tope.
—¡Fondo, cabrones, para calentar motores! —gritó Rodrigo, pasándole un vaso a Maca.
—No, Rodri, de verdad, yo ya no... —intentó negarse Maca, mirando su vaso con terror.
—Dije fondo, princesita. Ándale, no me dejes abajo —insistió él, empujándole el vaso hacia los labios. Maca me miró a mí de reojo, suplicando ayuda en silencio, pero yo estaba igual de emasculado que ella. Bajó la mirada y se tomó el tequila de un trago, haciendo una mueca de asco.
Yo agarré mi caballito y me lo tomé. Me quemó la garganta, pero el ardor no se comparaba con el fuego que sentía en el estómago.
La plática en la mesa se volvió una maraña de cinismo.
—Y a todo esto... —soltó Rodrigo, limpiándose la boca con el dorso de la mano— ¿ustedes cómo se conocieron? Porque el jefe no es de andar paseando por la zona financiera buscando despachos.
Regina se quedó congelada por una fracción de segundo. Sus ojos grises se cruzaron con los míos. Era el momento. Tenía que decir: "Es el jefe de mi marido". Tenía que romper la farsa.
—Conocemos personas en común —respondió Regina, devolviendo su mirada a Rodrigo con una calma helada—. Y David necesitaba una revisión de sus números, y mi firma se encargó de eso.
—Regina es muy buena como contadora, por cierto —añadió David, deslizando su mano desde el respaldo del sofá hasta posarla abiertamente en el hombro descubierto de mi esposa—. Ella me revisó hasta el fondo. Dejamos las cosas muy claras a puerta cerrada.
Yo estaba sentado en la orilla, apretando mi tarro de cerveza hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Quería gritar. Quería aventar el vaso, agarrar a mi esposa del brazo y sacarla de ese puto lugar.
Pero si lo hacía, entonces iba a quedar expuesto. Y como un pelele, más de lo que ya era.
—Oye, Maca —dije de pronto, alzando la voz para intentar romper la maldita tensión, usando a la chica como escudo—. ¿Evaristo no te mandó mensaje? Le dije que andábamos por acá...
Fue un error garrafal. El silencio cayó en la mesa como un bloque de plomo.
Maca abrió los ojos desorbitados, aterrada de que yo hubiera mencionado el nombre de su prometido frente a Rodrigo. Sus manos temblaron sobre sus piernas descubiertas.
Rodrigo soltó una carcajada burlona y me fulminó con una mirada llena de asco.
—¿Le dijiste que estoy aquí? —quiso saber ella, horrorizada.
—No… —respondí cuando vi que había palidecido.
—A la verga con Evaristo, Marco . ¿Por qué chingados andas de entrometido, cabrón?
El hecho de que tú vengas solo y no se te acerquen ni las moscas, no significa que tengas que andar de castroso arruinándole la noche a los demás, es más, no sé ni por qué carajos estás aquí si tú no pintas nada con nosotros —escupió Rodrigo.
—Lo invité yo, Rodrigo —dijo David—, así que tampoco andes tú de castroso.
—Tranquilo Rodri —dije yo, sonriendo maquiavélicamente, tras haber logrado alterarlo un poco, aunque sea—, solo era una pregunta inocente para Maca.
—Pues deja a la niña en paz. A la princesita le gusta portarse mal los sábados y olvidarse de los compromisos. ¿Verdad, mi amor?
Rodrigo agarró a Maca de la nuca y, frente a nosotros, le plantó un beso húmedo y agresivo en el cuello. Maca cerró los ojos, completamente sumisa, dejándose humillar en público. Su mano, que antes temblaba, ahora descansaba sobre la rodilla de Rodrigo.
Era un espejo asqueroso. Éramos dos relaciones destruidas en la misma mesa.
David notó mi incomodidad. Le encantaba. Giró la cabeza hacia mí, atrayendo la atención de toda la mesa, arrastrándome al centro de la masacre.
—Mejor dejemos a Maca en paz y continuemos con lo que estábamos, por ejemplo, ¿tú qué opinas, Marco? —me preguntó de pronto, con una sonrisa sádica.
—¿Qué opino de qué?
—Pues sí. Tú que eres un tipo tan... analítico. ¿Crees que las mujeres estrictas y serias, como Regina, esconden un lado salvaje que solo necesita al hombre adecuado para salir a la luz?
—¿Qué va saber este pendejo de hembras, si ni mujer tiene? —se carcajeó Rodrigo.
—Claro que tiene —dijo David.
Y yo tragué saliva. Tenía cuatro pares de ojos clavados en mí.
Los de Rodrigo, burlones. Los de Maca, llenos de culpa.
Los de David, desafiantes. Y los de Regina...
mi esposa me miraba con una advertencia letal en los ojos, rogándome que no abriera la boca, que no rompiera la farsa y la expusiera frente a los demás.
—Sí, sí tengo esposa —dije, pero a estas alturas iba a quedar como un imbécil ante Rodrigo y Maca si decía abiertamente que mi mujer estaba al lado de David justo en este momento—.
Pero voy hablar de ella. Sólo que yo opino que nadie conoce realmente a las personas.
A veces crees que conoces a tu mujer, y resulta que hace cosas a tus espaldas que nunca te hubieras imaginado. Cosas que le darían asco a cualquiera.
El comentario fue un dardo tembloroso, pero acertó de lleno.
Maca agachó la cabeza casi escondiéndola en el pecho de Rodrigo, como pensando que la hablada era para ella. Regina tensó la mandíbula y me lanzó una mirada de odio genuino. Debajo de la mesa, vi cómo mi esposa cruzaba las piernas con fuerza, irritada por mi indirecta.
Pero David simplemente soltó una carcajada profunda, llenando el bar con su risa de macho seguro de sí mismo.
—Bien dicho, Marco. Muy bien dicho. Las mujeres son un misterio maravilloso. Y descubrir sus secretos... ufff, forzarlas a que te entreguen lo que le niegan a los pusilánimes, es el mejor puto deporte que existe.