Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 13 #2
80%

Capítulo 13 #2

—Buenas noches. Pasen, siéntense —dijo David, señalando los lugares.

Regina dio un paso al frente y se sentó en la orilla del sillón frente a él, cruzando la pierna con fuerza. Las medias se rozaron entre sí con un siseo suave. Yo me senté a su lado, sintiendo que la piel del asiento me quemaba.

David le dio un sorbo a su whisky. Sus ojos examinaron a mi esposa de arriba abajo. Una mirada lenta, deliberada.

—Te ves sumamente elegante y hermosa, Regina —dijo David, con un tono suave—. El satén rojo te favorece muchísimo. Aunque me intriga saber si tomaste en cuenta mi sugerencia de la mañana.

La referencia a la lencería de cuero rojo me dejó desconcertado, ¿cómo se atrevía a decirle esa falta de respeto delante de mí?

—Tus sugerencias me tienen sin cuidado —respondió ella, con una voz afilada—. Yo me visto para mí, como se me viene la gana. Vine porque dijiste que había cosas que aclarar, y quiero que esta sea la última vez que nos buscas.

David sonrió, una sonrisa genuina, como si la hostilidad de mi esposa le encantara.

—Me gusta tu firmeza, hermosa mujer. Pero primero, pidamos algo.

Levantó la mano y un mesero apareció.

—Para mí otro whisky —dijo David—. Marco, una cerveza oscura. Y para la señora... tráele una ginebra con frutos rojos. Y asegúrate de que...

—De que no tenga hielo, en efecto —interrumpió Regina, de la nada.

El mesero asintió y se retiró. Yo me quedé paralizado, mirando a mi esposa.

“De que no tenga hielo, en efecto”.

La frase me cayó como cuchillada. El tono no había sido hostil. Había sido un resbalón de familiaridad. Yo ni siquiera sabía que a Regina le gustaba la ginebra sin hielo. Ella siempre pedía vino tinto conmigo.

Miré a David. Él me sostuvo la mirada y levantó su vaso hacia mí en un brindis silencioso.

Yo tenía que tomar el control. Yo era el esposo. Tragué saliva, junté el poco valor que me quedaba y me incliné hacia adelante.

—A ver, David, dejémonos de rodeos —empecé a decir, con las manos sudando—. Regina ya me contó todo. Me dijo lo de tu plan en el café, lo de los audios fingidos y las fotos montadas.

David me miró, enarcando una ceja, sin decir una palabra.

—Ah, mira, qué bien, Marquito. Aunque la comunicación en este bonito matrimonio, me parece que llegó un poquito tarde, ¿verdad?

—Pero yo tengo preguntas —continué, alzando un poco la voz, intentando sonar como un hombre que exige respuestas—.

Tengo la tarjeta dorada del Motel Andares.

Y tengo el recibo de La Estancia. Si todo era una broma para darme una lección, ¿qué hacían ustedes en ese motel el jueves por la tarde?

¡Quiero que me digan la puta verdad ahora mismo!

El silencio cayó sobre la mesa. Regina se tensó a mi lado. Apretó los puños sobre su bolso.

David no se inmutó. Giró el vaso de cristal en su mano, haciendo tintinear los hielos.

—¿La verdad? —preguntó David, mirándome con una calma espeluznante—. Marco, a veces las mejores pláticas se dan en privado. Una cafetería pública no es el lugar adecuado para negociar acuerdos importantes. Hacía falta un entorno más... íntimo.

—¡Un motel no es un puto entorno de negocios! —le reclamé.

—Depende del negocio —respondió él, clavando sus ojos verdes en Regina—. ¿Tú qué crees que pasó, Marco? Tu mujer me dijo en el café que no dejaría que la tocara bajo ninguna circunstancia. ¿Verdad, Regina?

Regina tragó saliva. Sus mejillas estaban encendidas.

—Ya le expliqué a Marco que todo fue parte del mismo teatro para darle una lección —dijo ella, pero su voz sonó defensiva, carente de la fuerza arrolladora de otras veces.

—Exacto —David sonrió, mirándola fijamente—.

Una lección. Y vaya que aprendió. Aunque debo admitir que fue una tarde muy intensa.

Platicamos mucho, a puerta cerrada. Llegamos a un nivel de...

entendimiento mutuo bastante profundo. Yo expuse mis puntos, tú expusiste los tuyos.

Sudamos un poco porque no habíamos encendido el aire acondicionado, pero al final, nos entendimos muy bien, ¿no es así, Regina?

Mi pecho se oprimió. Sus palabras estaban repletas de dobles sentidos.

"Nivel de entendimiento", "sudamos un poco", “bastante profundo”, "a puerta cerrada".

No estaba confirmando que se la había cogido, pero tampoco lo estaba negando.

Estaba dejando que la duda me carcomiera el cerebro.

Estaba jugando conmigo, sabiendo que yo no podía probar nada, pero dándome todas las pistas para que mi imaginación de cornudo se volviera loca.

—¡No me hables con acertijos! —le exigí, sintiendo que perdía el control—. ¿Y la lencería qué? ¡Le compraste lencería carísima!

—Un simple obsequio de cortesía —David se encogió de hombros—.

¿A poco también te pareció mal? Como soy un caballero, me pareció que un conjunto rojo y una tanga abierta le harían justicia a las curvas de tu esposa.

A veces las mujeres necesitan un pequeño empujón para liberar su potencial oculto.

Yo solo le di las herramientas. Si ella las usó o no... eso ya es asunto de ella.

Miré a Regina. Ella miraba fijamente su vaso vacío en la mesa. No me defendió. No le gritó a David que era un mentiroso. Se quedó callada, con las piernas cruzadas y el pecho subiendo y bajando de forma agitada.

Estaba a punto de volver a reclamarle a mi jefe, cuando una voz estridente y sumamente familiar nos interrumpió desde un costado.

—¡Hola, David! Qué sorpresa. No pensé encontrarte aquí.

Me giré de golpe.

Era Rodrigo.

El patán rubio de sistemas estaba parado junto a nuestra mesa. Llevaba su camisa negra desabotonada y una sonrisa socarrona en el rostro. Pero no venía solo.

Maca estaba a un paso detrás de él. El vestido rojo le marcaba las curvas de una forma vulgar.

Sus ojos detrás de los lentes redondos se abrieron de par en par al verme ahí sentado.

Se encogió de hombros, intentando dar un paso hacia atrás, aterrorizada por mi presencia, pero Rodrigo le agarró la mano con firmeza, obligándola a quedarse a su lado.

—Y tan bien acompañado —continuó Rodrigo, mirando a Regina con descaro, y luego bajó la vista hacia mí, torciendo la boca en una mueca de desprecio total—. Y no me refiero a la compañía de este... compañero mío.

La humillación me pegó en la cara. Rodrigo me estaba tratando como a un cero a la izquierda, frente a mi propia esposa y frente a mi jefe.

David ni siquiera se molestó por la interrupción. Al contrario, pareció disfrutarla inmensamente. Se recargó en el sofá de piel y soltó una respuesta que me dejó sin sangre en las venas.

—Pues ya ves, Rodri —dijo David, alzando su vaso en un saludo relajado—. Vine con esta preciosa amiga a tomar algo, y justo cuando entramos, nos encontramos con Marco, que andaba por aquí.

El mundo se detuvo.

¿De qué mierda estaba hablando este hijo de puta? También noté que mi mujer lo miraba con un gesto de sorpresa, pero se contuvo y no dijo nada.

David acababa de decir, en voz alta y frente a otras personas de la oficina, que Regina era su acompañante. Que él la había traído. Y que yo solo era un puto pendejo que se habían topado por casualidad en el bar. Como si en verdad fuera un tipo de bares.

Miré a Regina, esperando que saltara de su asiento. Esperando que dijera indignada: "¡Yo soy su esposa, imbécil!". Esperando que me diera mi lugar como su marido legítimo.

Pero Regina no hizo eso.

Rodrigo le extendió la mano a mi mujer, con una sonrisa galante.

—¿De verdad? Pues un placer, señorita. Me llamo Rodrigo Mendoza. Trabajo en sistemas con David y con... el colega este aquí presente.

Regina miró la mano de Rodrigo. Luego miró a David, quien le sostenía la mirada con un reto silencioso.

Y entonces, mi esposa, la contadora estricta de valores inquebrantables, levantó su mano y estrechó la de Rodrigo.

—Yo me llamo Regina. Gracias —dijo ella, con una media sonrisa cortés.

Nada más. Solo "Regina". No dijo "soy la señora de la Torre". No dijo "soy la esposa de Marco". Ocultó nuestro matrimonio. Le siguió el maldito juego a David, validando su mentira, dejándome a mí como un puto arrimado en mi propia relación.

El dolor en mi pecho fue tan agudo que me faltó el oxígeno. Mi propia esposa me acababa de negar frente a un patán de mi oficina, solo para no contradecir el juego de poder del hombre que la había acorralado en un motel.

—Un nombre hermoso —dijo Rodrigo, sin soltarle la mano de inmediato—. Yo vine con esta amiga también. Nos encontramos casualmente por aquí.

Rodrigo tiró de la mano de Maca, poniéndola frente a nosotros.

—Maca, saluda a David. Y a Regina —dijo Rodrigo.

Nadie hizo mención de Evaristo. Nadie dijo que Maca estaba a semanas de casarse. Estaban actuando como dos solteros en cacería.

Maca estaba roja de vergüenza. Me miró de reojo, aterrada de que yo abriera la boca y la delatara, pero yo estaba tan destruido y emasculado como ella.

—Hola... buenas noches —murmuró Maca, frotándose el brazo—, soy Macarena Fuentes.

—Un placer, Macarena —dijo mi esposa.

—Puedes llamarme Maca.

—Con gusto.

Entonces, David dijo de pronto, con una naturalidad asquerosa, haciéndose el dueño de la noche:

—Pero Rodri y compañía, ¿por qué están tan al fondo, como apestados? Vénganse a nuestra mesa. Hay mucho espacio. Claro, si no les molesta a Marco y a... ti, Regina.

—La única opinión que interesa es la de tu amiga Regina —dijo un sonriente Rodrigo.

Mi esposa lo miró, y se encogió de hombros, actuando su papel de acompañante.

—Por mí no hay problema —dijo ella, dándole un sorbo a su ginebra.

Yo no tuve voz para negarme. Rodrigo soltó una carcajada y empujó a Maca hacia el sofá de piel en forma de herradura, obligándola a sentarse a la fuerza en el lado derecho.

La dinámica que se formó en esa mesa en los siguientes diez minutos fue la peor tortura mental que he experimentado en mi vida.

El sillón en forma de "U" era inmenso. David se quedó sentado en el medio, como el rey del lugar. A su lado izquierdo, pegadísima a él, se quedó Regina.