Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 13
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Capítulo 13

“Dueño de tu Mujer”.

Leí el título del grupo de WhatsApp una, dos, diez veces. Las letras negras en la pantalla de mi celular se clavaban en mis retinas como agujas calientes.

Me quedé sentado en la orilla de la cama del cuarto de invitados, con el teléfono temblando entre mis manos sudadas. Mi respiración era un jadeo errático. Sentía el estómago revuelto.

El muy cabrón no se había conformado con destrozarme la mente toda la semana. Tenía que exhibir su supuesta victoria. Tenía que ponerle una maldita etiqueta de propiedad para que yo, el esposo pusilánime, lo leyera cada vez que abriera la aplicación.

Releí por enésima vez el mensaje que acababa de mandar.

“Buenos días parejita, me alegra que se haya aclarado todo y que ahora podamos ser amigos de verdad. Los invito esta noche al bar de las Fuentes. A las 10 pm. Para que ahora aclaren ustedes todo lo que hay que aclarar conmigo. Su amigo, David.”

Me froté la cara con ambas manos. Mi cerebro era una lavadora de tuercas. Yo no estaba seguro de nada. El recibo del restaurante carísimo, la tarjeta negra del Motel Andares… todo apuntaba a que se la había cogido a puerta cerrada el jueves por la tarde.

Pero las palabras de Regina seguían haciendo eco en mi mente, martilleándome las sienes:

"Como castigo prefiero dejarte así, sin saber si pasó o no pasó. ¡Lo mereces por cabrón!".

El asunto es que si David ya sabía que habíamos “aclarado todo” significaba que sí o sí, mi esposa había tenido que contactarlo para informale sobre eso.

Pero la duda continuaba, y no me dejaba en paz, ¿y si de verdad todo había sido una farsa?

¿Y si David la llevó al restaurante, le compró las cosas, la acorraló, pero al final no cruzaron la línea y todo era parte de la misma puta venganza para darme una lección?

Yo necesitaba saberlo. Me urgía averiguar la verdad, mirarlos a los dos a la cara y hacer las putas preguntas que un hombre tiene que hacer para saber si su esposa ya se había abierto de piernas y se había ensartado en la verga de otro.

Me puse de pie. Las piernas me flaqueaban.

Salí del cuarto de invitados. El pasillo estaba en penumbras. Caminé hacia la sala.

Regina estaba ahí. Sentada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho y una taza de café en las manos. Llevaba puesta una bata de algodón gris. Su cabello estaba recogido en un chongo desordenado y tenía la mirada fija en la pantalla de su propio celular.

Había visto el mensaje. Estábamos en el mismo grupo.

Me detuve a un par de metros de ella. Su rostro era una máscara de hielo. No se veía asustada. Se veía a la defensiva.

—Regi... —murmuré, con la voz carrasposa.

Ella le dio un sorbo a su café y giró la cabeza hacia mí, con esos ojos grises y calculadores.

—Ya vi el mensajito de tu adorado jefe —dijo ella, con una voz seca, arrastrando las palabras con un desprecio evidente—. Qué tipo tan insistente y pesado.

Tragué saliva, acercándome un paso más.

—No tenemos que ir —le dije directo, buscando su complicidad, o al menos un refugio en su negación—. Yo opino que mejor dejemos ya las cosas por la paz. Ignorémoslo. Lo bloqueamos del teléfono los dos y punto. No le sigamos el puto juego, Regi.

Regina bajó las piernas del sofá y plantó los pies descalzos sobre la alfombra. Me miró como si yo acabara de decir una estupidez gigante.

—¿Bloquearlo? ¿Escondernos como si le debiéramos algo? —soltó una risa irónica y fría—. Por supuesto que no, Marco.

—Regina, por favor, el tipo está enfermo, ¿no ves el título que le puso al grupo? Solo quiere humillarnos, quiere burlarse de nosotros. Yo no quiero ir.

—A mí nadie me humilla —sentenció ella, levantando la barbilla—. Y mucho menos un arrogante de mierda como ese. Yo no me voy a esconder en mi propia casa. Voy a ir a ese bar, me voy a sentar frente a él y le voy a dejar los límites muy claros. Se acabó su jueguito.

—No podemos ir, mujer, entiende.

—Voy a ir, Marco. Contigo o sin ti —me clavó una mirada desafiante—. Si tú quieres quedarte aquí escondido porque le tienes miedo, adelante. Quédate. Si no me acompañas, me voy sola.

Me quedé helado. ¿Irse sola? Si la dejaba ir sola, le estaba entregando la llave de la casa al ladrón. Tenía que estar ahí. Tenía que escuchar las respuestas.

—¿Viste al menos el nombre que le puso al grupo ese cabrón? ¿Ni siquiera eso te hace pensar que sólo nos está usando, para burlárse de nosotros?

—Para burlarse de ti, Marco, y bien merecido que lo tienes.

Antes de que pudiera replicar, mi celular vibró en mi mano. La pantalla del celular de Regina también se iluminó al mismo tiempo.

Un nuevo mensaje en el grupo.

David (10:15 am): El que calla otorga. Tomaré su silencio como un sí. Los espero a las 10 en punto en la zona reservada del fondo. Y por cierto...

Otro mensaje, casi de inmediato.

David (10:16 am): Regi, ponte la lencería nueva que te compré. Quiero ver cómo se te ajusta debajo de la ropa.

El estómago se me subió a la garganta. El cabrón lo estaba diciendo en el grupo, frente a mí, confirmándome que él se la había comprado.

Miré a Regina. Sus mejillas se encendieron en un rojo fuego. Agarró su celular con un movimiento brusco, tecleó furiosamente y le dio a enviar.

El mensaje apareció en mi pantalla.

Regina (10:17 am): Vete a la mierda con toda y tu puta lencería. Nos vemos a las diez, para que te quede claro que conmigo no vas a jugar.

Regina bloqueó su teléfono, se levantó pesadamente y se encerró en la recámara.

El resto del sábado fue una tortura silenciosa. Ella hizo el aseo de la cocina, la sala de estar y los baños, y yo me dediqué a limpiar la cochera, el patio interior, y la habitación. Hasta eso que siempre nos organizábamos bien para el aseo semanal profundo de la casa.

Sin embargo, no cruzamos palabra. A las ocho y media de la noche, la puerta de la recámara se abrió.

Me giré desde el comedor y me quedé sin aliento.

A pesar de que me había dicho que iba a ir a reclamarle, no se vistió con pantalones holgados ni blusas de cuello alto.

Llevaba un vestido de satén color rojo sangre, sensual pero sumamente elegante.

No era escotado; tenía un cuello redondo que le cubría la clavícula.

Pero el corte le llegaba a medio muslo, mucho más corto de lo que ella solía usar, adhiriéndose las caderas y el culazo con una caída sedosa que resaltaba cada curva de manera muy sensual.

El satén brillante se tensaba peligrosamente sobre sus pechos. Y debajo de la falda corta, sus piernas gruesas estaban enfundadas en unas medias de nylon negro semitransparentes, terminando en unos tacones de aguja altísimos.

Estaba maquillada, con los labios pintados exactamente del mismo tono rojo sangre de su vestido.

El hormigueo doloroso en la base del pene me invadió al instante, carcomiéndome la duda: ella le había escrito "vete a la mierda con tu puta lencería".

Pero al verla arreglada con tanto esmero, la paranoia me devoraba.

¿Acaso mi esposa se había puesto el arnés de cuero rojo y la tanga abierta en la entrepierna debajo de ese vestido sedoso, tal como el macho alfa le ordenó?

—¿Nos vamos? —dijo ella, agarrando su bolso.

—Te ves... muy arreglada —logré balbucear.

—Voy a un bar de lujo, Marco. No voy a ir vestida como una sirvienta para darle el gusto a ese imbécil. Vámonos.

El trayecto en el carro hasta el Bar de las Fuentes fue en completo silencio. El aroma a hembra me entraba por los poros de mi piel. Los sábados el trayecto hasta el área de los bares y discotecas era brutal.

Llegamos a las diez menos cuarto. Afuera había valet parking y carros de lujo.

El nuestro, desde luego, contrastó terriblemente con los carros que sí eran de lujo.

Caminamos hacia la entrada. El ruido de la música lounge nos recibió de inmediato.

La hostess nos sonrió y, al mencionar el nombre de David Montenegro, nos guio casi con reverencia hacia la zona del fondo.

Varios hombres en las mesas giraron la cabeza para mirar a mi esposa, evaluando su figura carnosa enfundada en ese satén rojo con descaro. Normalmente, eso me habría llenado de orgullo, pero hoy solo me recordaba que la estaba escoltando directamente a las fauces del león.

Llegamos a una sección ligeramente elevada, con sillones de piel amplios.

Y antes de siquiera fijar la vista en la mesa de mi jefe, mis ojos captaron un movimiento en la otra esquina del nivel elevado, a unos quince metros de distancia.

Me detuve en seco. Sentí que el piso se me movía.

Ahí estaba Maca. Macarena la de la oficina.

La tierna chica de nóminas. La prometida de Evaristo.

El problema es que no estaba con Evaristo.

Además, otro problema es que Maca ya no parecía ella.

De hecho llevaba puesto un vestido rojo encendido, increíblemente corto, que le dejaba los muslos pálidos al descubierto.

Su cabello estaba suelto, alborotado, y se reía a carcajadas sosteniendo una copa.

Ya no me parecía la chica asustadiza y llorosa que me había dicho que Rodri la estaba acosando.

Y es que a su lado, sentado tan cerca que sus muslos se tocaban, estaba Rodrigo.

Llevaba una camisa negra desabotonada en el pecho. Le estaba hablando al oído, pasándole un brazo por la cintura, deslizándolo peligrosamente hacia abajo. Maca no lo apartaba. Lejos de asustarse, se inclinaba hacia él, dejándose envolver, sonriendo con una malicia que yo jamás le había visto.

Evaristo no estaba. Su futura esposa estaba ahí, exhibiéndose en brazos del cabrón de sistemas.

—¿Pasa algo, Marco? —me preguntó Regina, mirándome con el ceño fruncido.

—No... nada. Vamos —susurré.

Volteé hacia nuestra mesa. Y ahí estaba él. Y sentí que la panza se me apretujaba.

David estaba sentado en el centro de un enorme sofá de piel en forma de herradura. Llevaba un saco sport azul marino sobre una camisa negra entallada, sin corbata, luciendo relajado e inalcanzable.

No actuaba como un villano de película. No había sonrisas macabras. Actuaba como un caballero que recibe a sus invitados, y esa normalidad me aterrorizaba aún más.