Capítulo 12 #4
Regina retrocedió, chocando la parte posterior de sus rodillas contra el colchón. Sus ojos grises se abrieron de par en par. La respiración se le aceleró, y sus inmensos pechos, empujados por el arnés rojo, subían y bajaban con violencia.
—Tú... estás loco, Marco. Estás viendo cosas donde no las hay.
—Pero es que…
—¡Basta, Marco! Aquí el único puto enfermo de mierda, eres tú.
Mi mente hizo la última conexión, la más devastadora de todas.
David le había mentido a Regina. Nunca le habló de la apuesta de los cinco mil dólares.
Usó mi fantasía cuckold para convencer a mi esposa de que yo la estaba ofreciendo, causándole una indignación tan grande que ella aceptó "vengarse" siguiéndole la corriente.
David le tendió una trampa maestra a ella también. La invitó a actuar la farsa, a verse a escondidas para "grabar audios" y "planear las pistas", sabiendo que, en esas reuniones clandestinas, envueltas en el morbo y el resentimiento, la tensión sexual iba a explotar.
La "lección" que Regina creía estar dándome fue solo el boleto de entrada de David. Y una vez que la tuvo a solas, fingiendo una infidelidad para castigarme, el cabrón de mi jefe convirtió la farsa en realidad.
La llevó a comer cortes caros. Le compró lencería vulgar de cuatro mil pesos. Y se la llevó al Motel Andares a desbaratarle las entrañas, a puerta cerrada… aunque ella decía que no.
La farsa de la venganza era solo el escudo psicológico de mi mujer para no sentirse culpable de haberse dejado coger por él.
—Dime la verdad, Regina —le exigí, agarrándola por los hombros desnudos—. Todo lo del castigo y el plan con David es cierto, no lo dudo. Pero en medio de esa pequeña actuación tuya... ayer jueves por la tarde... cuando fueron a La Estancia y de ahí al motel... él te la metió, ¿verdad?
Regina intentó zafarse de mi agarre, pero yo la apreté más fuerte.
—¡Suéltame!
—¡Mírame a los ojos y júrame que no te tocó en esa habitación! ¡Júrame que esa tarjeta está limpia! —le grité, sacudiéndola—. ¡Dime que el audio chupándosela fue una paleta de hielo y no su puta verga!
Regina dejó de forcejear. Se quedó quieta entre mis manos.
Levantó la vista. Sus ojos estaban llorosos, pero ya no había furia. Había terror. El terror de una mujer a la que le acaban de demoler su última mentira piadosa, dejándola completamente desnuda y expuesta ante su propia depravación.
Sus labios pintados de rojo temblaron.
—¿No crees, Marco… que después de tanta mierda que hiciste, yo tendría derecho de dejarte con la duda?
—susurró ella, con la voz rota, confesándolo todo sin decir una sola palabra explícita—.
Pues eso, querido… piensa lo que quieras, el caso es que tú eres el responsable de todo.
Yo puedo decirte que no he hecho nada con ese hijo de puta, ingual de enfermo que tú, pero también puedo decirte, que si lo hubiera hecho, también te lo merecías…
¿y sabes qué? Como castigo prefiero dejarte así, sin saber si pasó o no pasó. ¡Lo mereces por cabrón!
—¡Pero Regina!
—Pero nada, Marco, después de todo, ¿no era eso lo que querías? ¿Que tú fueras un cornudo y yo una puta?
Retrocedí.
Mi esposa, mi intachable contadora, se dejó caer sentada en la cama, cubriéndose el rostro con ambas manos.
Sus sollozos empezaron a oírse en la recámara.
Tal vez lloraba de odio, de frustración, tal vez de vergüenza, de culpa, dándose cuenta de que, en caso de que se hubiera dejado coger por David Montenegro, él la había usado como a una ramera, justificándolo todo bajo el disfraz de una venganza marital.
El silencio que siguió a su llanto fue ensordecedor.
Había descubierto la verdad definitiva. El castillo de naipes, las excusas, todo se había reducido a cenizas.
Si ese hijo de las mil putas la había fornicado, sólo podría significar que el macho alfa había ganado.
Se la había cogido, me había exhibido como un auténtico cornudo, a ella como a una puta, y nos había destruido a los dos.
Y yo, de pie frente a mi esposa que seguía vestida con correas de cuero y con el pubis depilado por órdenes de mi jefe, sentí cómo el hormigueo eléctrico en la base de mi pene regresaba con una fuerza brutal, implacable, dominándome por completo en medio de mi propia ruina.
Y me salí de la habitación, y como lo hice la semana pasada, esa noche dormí en el cuarto de invitados, el mismo cuarto que, de acuerdo con nuestros planes, alguna vez habitaría nuestro hijo o nuestra hija.
Y así pasó. Dormí, y desperté el sábado como a las 10 de la mañana, justo, cuando escuché el sonido de un mensaje de whatsapp.
Me levanté de golpe. Pensé que se trataba de un mensaje de la propia Regina, que quería hablar conmigo por lo menos por teléfono. Hasta que me di cuenta de que había sido agregado a un grupo titulado “Dueño de tu Mujer
”, cuyo administrador era David.
Al poco rato, un mensaje llegó:
David 10:05 am. Buenos días parejita, me alegra que se haya aclarado todo y que ahora podamos ser amigos de verdad. Los invito esta noche al bar de las Fuentes, para que ahora aclaren ustedes todo lo que hay que aclarar conmigo. Su amigo, David.