Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Habían jugado conmigo como si fuera un puto títere de feria. Me habían dado el fetiche que tanto busqué en internet y me habían obligado a atragantarme con él hasta volverme loco.

—Soy un idiota... —susurré, deslizándome por la pared hasta quedar sentado en el piso, escondiendo la cara entre las rodillas—. Fui un completo idiota.

Regina me miró desde arriba. Ya no gritaba, pero su voz seguía siendo dura, implacable.

—Sí, lo fuiste. Nos hiciste pasar por un infierno a los dos.

Me expusiste a las burlas de tu jefe, y te expusiste a ti mismo como un pervertido cobarde.

Yo solo accedí a seguirle el juego a David para demostrarte que no puedes jugar con la moral de las personas.

Quería que sufrieras. Y veo que funcionó.

Levanté la vista hacia ella. Llevaba puesto ese arnés rojo, vulgar, y su pubis estaba depilado con una raya vertical. La imagen chocaba violentamente con la historia de la mujer ofendida.

—Si todo fue una mentira... —empecé a decir, sintiendo una chispa de escepticismo asomándose entre las cenizas de mi cordura—. Si todo fue una lección... ¿Por qué el depilado, Regi? David me dijo que le gustaría pedirte que te depilaras. Y hoy lo hiciste.

Regina rodó los ojos y bufó con fastidio.

—¡Por Dios, Marco! —respondió, tocándose la cadera con impaciencia—.

David me dijo que te había hecho ese comentario para mortificarte.

Así que me pidió que me lo hiciera para cerrar la actuación de esta noche con broche de oro.

Para que al verme así, con la tanga abierta y el depilado que él "exigió", tu cerebro enfermo confirmara que yo ya le pertenecía a él.

Fue el toque final de nuestra obra de teatro.

Me quedé callado. Todo tenía una maldita respuesta.

—¿Pero tanto… tanto se contaban… tanto planeaban juntos?

—Juntos, no, que para eso existen los teléfonos.

—Pero es que…

—Pero es que nada, Marco, basta.

Pero entonces, mientras analizaba la perfección de su coartada, algo hizo clic en el rincón más oscuro y desconfiado de mi cerebro. Un detalle minúsculo. Una discrepancia letal que Regina, en su afán por justificarse, acababa de ignorar.

Agarré los papeles que había dejado caer al piso al principio de la pelea.

Me puse de pie lentamente, alisando el recibo de restaurante y la pequeña tarjeta negra con letras doradas.

—Tienes razón, Regina —le dije, con un tono peligrosamente bajo y calmado, mirándola fijamente—.

Tu historia es perfecta. David me engañó, tú me engañaste.

Fueron a tomar café el miércoles, grabaron audios falsos en su oficina, me mandaron fotos en su camioneta, él compró lencería para asustarme y mandó a hacer deepfakes con los de sistemas.

Todo cuadra. Todo es una broma pesada para darme una lección.

Ella alzó la barbilla, asintiendo, creyendo que por fin había ganado la discusión.

—Así es. Espero que te haya quedado claro.

—Solo hay un pequeñísimo problema con tu teatrito que no cuadra, mi amor.

Levanté el recibo del restaurante La Estancia y se lo puse a escasos centímetros de la cara.

—Tú dices que se vieron el miércoles en un café lejos de la zona financiera para acordar el plan. Y dices que el viernes en la tarde se vieron en su oficina para grabar el audio falso de la paleta de hielo.

Regina parpadeó. Un levísimo, casi imperceptible temblor cruzó su mandíbula.

—Sí. Así fue.

—Entonces explícame esto —continué, marcando cada palabra—.

Este recibo de La Estancia, el restaurante más caro de la zona financiera, tiene fecha de ayer jueves a las 3:15 de la tarde.

Un día en el que, según tú, estabas ahogada de trabajo y no nos vimos ni nos hablamos.

Un día en el que, según tu historia, no te tocaba ver a David para su "actuación", y donde supuestamente él estaba en CDMX.

El color de las mejillas de Regina descendió un tono. Tragó saliva, pero mantuvo la postura rígida.

—¿Es que no te das cuenta que todo es parte de lo mismo? Ya te dije que yo quería que encontraras todo en mi bolso, por eso lo dejé allí. Todo es parte de utilerías.

Sonreí. Una sonrisa triste, rota y enferma.

—¿Utilerías? —Levanté la tarjeta negra del Motel Andares y se la mostré—. ¿Esta tarjeta del motel más caro y blindado de la ciudad también es utilería?

—¡Sí! ¡Por supuesto que sí!

—Falso —sentencié, bajando el brazo—. Porque resulta, Regina, que ayer jueves, David no fue a trabajar.

Dijo que tenía una junta en la Ciudad de México.

Pero ahora sé que mintió. Él estuvo aquí en la ciudad.

Y si no te vio a ti ese día, ¿por qué habría de gastar tres mil ochocientos pesos en un restaurante de cortes finos pagando con una tarjeta Black, para luego guardar el recibo y sembrarlo en tu bolso al día siguiente?

—Porque es un enfermo igual que tú, ¡él planeó todo a la perfección! —gritó ella, pero su voz había subido una octava. La seguridad aplastante que tenía hace cinco minutos estaba empezando a resquebrajarse.

Me acerqué a ella, acorralándola contra la cama. La ira y el dolor me devolvieron la fuerza que había perdido.

—Te equivocaste, Regi —le susurré, a escasos centímetros de su rostro—.

Tu coartada de la venganza es muy buena, pero te fallaron los tiempos.

Si de verdad estuvieran actuando para darme una lección, no habrían necesitado ir a esconderse a un puto motel de súper lujo en horas hábiles.

Un motel no da recibos de comprobación. Nadie va al Motel Andares a tomarse un café para planear una broma pesada.