Capítulo 12 #2
Regina soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza, mirándome como si yo fuera la persona más patética del mundo.
—¿El audio? —se burló—. ¡Fingido, Marco!
Todo fue una puta actuación. El viernes en la tarde nos vimos en su oficina.
Nos encerramos. David me dijo qué decir.
Yo estaba chupando una paleta de hielo que mandó comprar con su asistente, haciendo ruidos con la boca mientras me daba manotazos en mi propia pierna para simular los golpes.
Y tú te lo tragaste completito. Seguro te fuiste a llorar al rincón creyendo que era verdad.
—¿Y la tanga negra? —le solté, rápido, desesperado por encontrar la verdad—. El jueves en la mañana, él me enseñó una tanga en su oficina. Me dijo que te la había quitado en la camioneta. ¡Olía a ti, Regina! ¡Olía a ti y a su loción!
Regina no se inmutó. Su respuesta fue tan rápida y natural que me asustó.
—¡Yo se la di! —gritó ella, alzando las manos al aire—.
El miércoles que nos vimos en el café, le llevé ropa interior sucia en una bolsa ziploc, junto con unas gotas de una de sus botellas de loción.
Le dije: "Toma esto y aviéntaselo en la cara a mi esposo.
Hazle creer que me metiste mano". Quería que sufrieras lo que yo sufrí al saber lo que me hiciste a mis espaldas.
Mi respiración era rápida, errática. Las explicaciones encajaban. Maldita sea, encajaban demasiado bien. Era una farsa brillante.
—¿Y el teléfono? ¿Por qué se quedó con tu celular? Me dijo que se te había olvidado entre las sábanas de su penthouse el sábado en la madrugada.
—Para que te volvieras loco buscándome todo el fin de semana —respondió ella, sin titubear—.
Para que sintieras la incertidumbre. El viernes, después de grabar el famoso audio, le dejé mi teléfono de trabajo.
Le dije que te torturara con el silencio.
Por eso llegué a la casa y te armé el pleito.
Por eso te dije que se me había perdido.
Todo era parte del guion para castigarte.
Me agarré la cabeza con ambas manos. Todo mi infierno, todas mis lágrimas, mis pajas mentales y mis ataques de pánico en el baño de la oficina... ¿habían sido una mentira diseñada para educarme?
Un alivio inmenso, gigantesco, empezó a florecer en mi pecho. ¡Mi mujer no me había engañado! ¡Seguía siendo mía! ¡No se la habían cogido!
Pero mi cerebro, dañado y desesperado, se negaba a rendirse tan fácil. Necesitaba quemar todos mis cartuchos.
—A ver, espérate —dije, sacudiendo la cabeza y levantando la mirada hacia ella—.
Tú dices que se vieron el miércoles en ese café para acordar todo esto.
Pero el miércoles en la noche, David me mandó una foto de tus piernas en su camioneta.
Y me detalló, palabra por palabra, cómo te bajó la falda y te metió los dedos hasta el fondo.
Me dijo que te hizo escurrir en sus propios asientos. ¿Eso también fue un guion?
Regina no titubeó. Su mirada se mantuvo firme, casi aburrida de mis patéticos intentos.
—¡Esa foto fue de la misma tarde del miércoles!
Nos metimos en su camioneta, con los vidrios polarizados, para hablar sin que nadie del despacho nos viera.
Me hizo subir el vestido, sí, sacó su teléfono, me tomó la foto de las piernas rápido y me dijo: "Se la voy a mandar a Marco para que se vaya infartando".
Y luego me soltó el rollo de tu perversión.
¡Nadie me metió los dedos, imbécil! Él solo te escribió esas porquerías porque sabía que tu cabecita de cornudo se iba a excitar imaginándolo.
Todo fue texto para alimentarte el morbo.
—Ah, ¿sí? —repliqué, sintiendo que la sangre me hervía al recordar esa noche—.
¿Y si no te tocó, por qué esa misma madrugada te encontré en la sala de nuestra casa metiéndote el consolador morado como una loca?
¡Estabas empapada, Regina! Si todo era una actuación, si nadie te había tocado en esa camioneta, ¿por qué gemías así cuando estabas completamente sola a las tres de la mañana?
Por primera vez, un levísimo rubor cruzó sus mejillas, pero lo enmascaró rápidamente con más rabia.
—¡Porque estaba histérica, Marco! ¡Estaba colapsando!
—gritó, manoteando el aire—. Acababa de enterarme por boca de tu jefe que mi propio marido me quería regalar como un trozo de carne.
Tenía tanto coraje, tanta adrenalina, estrés y frustración acumulada que sentía que me iba a explotar la cabeza.
Necesitaba sacarlo de alguna forma. Me masturbé de total rabia, imaginando cómo te iba a destruir cuando llegara el momento de la verdad.
¿Acaso crees que las mujeres solo nos tocamos cuando estamos felices o seducidas? ¡Fue catarsis, Marco!
Tragué saliva. Tenía sentido. Un sentido retorcido y doloroso, pero lógico.
—¿Y el martes? —insistí, aferrándome a mis últimas dudas antes del colapso—. En el restaurante italiano. David me mandó un mensaje diciendo que te acorraló en el estacionamiento y te besó. ¡Llegaste a la casa oliendo a él!
—¡Y le di una bofetada! —estalló ella, acercándose un paso más a mí—.
Él se acercó a la fuerza para provocarme.
Sí, me dejó su maldito olor impregnado, pero en ese momento yo todavía no sabía de su plan maestro.
Por eso llegué fúrica contigo. Por eso te rechacé en la cama esa noche.
Todo fue escalando hasta que él me citó al día siguiente para explicarme 'la verdad' de que tú eras el autor intelectual de todo este asco.
Retrocedí un poco en el colchón. La lógica de su coartada era abrumadora.
Pero entonces, como un balde de agua helada, otra imagen cruzó por mi mente. Una prueba visual que ninguna actuación ni excusa de adrenalina podía explicar tan fácilmente.
Me puse de pie. La miré fijamente a los ojos grises.
—Regina... —le dije, con la voz grave, llena de escepticismo—. Si todo esto fue una farsa... si David y tú solo platicaban en cafés y en su oficina para armar el plan... ¿Qué me dices de las fotos?
—¿Cuáles fotos? —preguntó ella, frunciendo ligeramente el ceño.
—¡Las fotos ocultas! —grité, sintiendo que la sangre me hervía de nuevo—.
El martes, en la oficina, David me enseñó tu galería secreta.
¡Te vi, Regina! Vi una foto tuya en nuestro baño, abriéndote las nalgas frente al espejo.
Vi una foto tuya metiéndote un frasco en el baño de tu despacho.
¡Y vi un puto video tuyo en nuestra sala, con un collar de perro, con un cartel que decía que eras una perra sumisa!
Esperé que se pusiera roja. Esperé que se derrumbara y aceptara que al menos esas fantasías sí eran reales.
Pero Regina soltó una carcajada aún más fuerte que la anterior. Se llevó una mano al estómago, mirándome con una mezcla de lástima e incredulidad.
—Ay, Marco... eres más estúpido de lo que pensé —dijo ella, negando con la cabeza—. ¿Fotos mías abriéndome las nalgas? ¿Un cartel de sumisa? ¡Por Dios! David me contó que te enseñó eso. Me dijo: "A tu marido le mostré unas imágenes y se las creyó todas".
—¡Yo las vi con mis propios ojos! ¡Era tu cuerpo, Regina! ¡Eran tus piernas!
—¡Es Inteligencia Artificial, idiota! —me escupió ella en la cara—.
¡IA! David tiene dinero de sobra, y tiene a todo el departamento de sistemas a su disposición.
¿No me digas que el experto analista no conoce los deepfakes?
Agarraron fotos mías de mis redes sociales, de las fotos que tenemos públicas, y en dos horas sobrepusieron mi rostro y mis marcas en el cuerpo de unas zorras de internet.
Modificaron los fondos para que pareciera nuestra casa y mi baño.
—¿Y ellos cómo diablos sacaron fotos de nuestro baño… y de tu oficina?
—No tengo por qué darte más explicaciones, Marco. No las mereces. Consuélate con saber que todo fue creado por computadora para alimentar tu enfermiza cabeza y convencerte de que tu esposa escondía una doble vida.
Me quedé mudo. Parpadeé, aturdido.
¿Deepfakes? ¿En serio? ¿La tecnología había llegado a ese nivel de realismo o yo estaba tan ciego de morbo que quise creer que esa mujer en la pantalla era mi esposa?
Recordé que en la mayoría de las fotos de la galería de David, el rostro de Regina estaba parcialmente cortado o cubierto.
La del cuarto oscuro tenía los ojos vendados.
El video del collar tenía el cartel tapando casi todo...
Era posible. Mierda, era muy posible.
—Y claro —continuó Regina, sin dejarme procesar la información, acercándose a mí con paso firme—. Como sabía que ibas a llegar a la casa a buscar pruebas físicas de esas fotos falsas... me preparó para ello.
—¿A qué te refieres? —murmuré.
—A los juguetitos.
Sentí que me sacaban el aire a golpes.
—Me refiero al arnés de cuero, Marco. Y al collar de perro. Y al consolador morado que escondí en la caja de mi vestido de novia.
El estómago se me subió a la garganta. Esa era la última pieza del rompecabezas. La más sagrada.
—Tú... ¿tú sabías que yo los encontré?
—¡Por supuesto que lo sabía! —gritó ella, alzando las manos con exasperación—.
¿Hasta eso estuviste buscando, loco degenerado?
¿Revisaste mi vestido de novia? ¡Tú me rompiste la privacidad en mi propia casa!
David compró esas basuras. Las mandó pedir por Amazon o qué sé yo de dónde, y me las entregó en una bolsa negra.
Me dijo: "Tu maridito es tan curioso que va a buscar evidencia en tu casa.
Escóndelas en el lugar más sagrado que tengas para que el golpe psicológico sea mayor".
¡Fui yo quien las acomodó debajo del vestido para que cayeras redondito en la trampa!
Retrocedí un paso, tropezando con mis propios pies hasta chocar contra la pared del cuarto.
Mi mente colapsó. La narrativa de Regina era una fortaleza impenetrable. Cada duda, cada sospecha, cada lágrima derramada en los baños de la oficina, había sido anticipada y contrarrestada por ella y por David.