Capítulo 12
—Tranquilo… que todo esto fue para darte una lección.
Las palabras de Regina flotaron en el aire de la habitación, densas, incomprensibles. Me quedé mirándola con la lencería roja apretada en mis puños y la tarjeta negra del Motel Andares temblando entre mis dedos.
Mis rodillas cedieron. Literalmente perdí la fuerza en las piernas y caí de rodillas sobre el piso.
El impacto me dolió, pero no sentí nada comparado con el nudo que me estaba asfixiando la garganta.
Las lágrimas, que había estado conteniendo por mera adrenalina, brotaron de mis ojos como una presa rota.
Empecé a llorar. Un llanto miserable, ruidoso, lleno de mocos y de una desesperación infantil.
—Me engañaste... —sollocé, levantando la vista hacia ella, mostrándole las pruebas que me destrozaban el alma—.
Te fuiste a revolcar con él. ¡Te fuiste al puto motel más caro de la ciudad mientras yo estaba aquí como un imbécil!
¡Todo este tiempo… te lo has estado cogiendo! ¡Todo era verdad, mierda, mierda!
Regina, que estaba sentada en la orilla del colchón, no hizo el menor intento por consolarme.
Su rostro, que minutos antes fingía una calentura maternal y condescendiente, se transformó de un segundo a otro en una máscara de indignación feroz. Sus ojos grises relampaguearon. Se puso de pie de un salto, desnudando toda su hostilidad.
—¡A mí no me hables de engaños, pedazo de cobarde!
—estalló ella, su voz resonando como un látigo en las paredes del cuarto—.
¡Aquí la que debería de estar enfadada soy yo!
¿En verdad crees que soy una pinche ramera?
¿En verdad crees que yo sería capaz de abrirle las piernas a ese imbécil arrogante de tu jefe?
Parpadeé, cegado por mis propias lágrimas, intentando procesar su ataque.
—Aunque… por lo que sé de ti ahora, Marco, es lo que habrías querido, ¿verdad?, que David me la metiera.
—¿De qué hablas?¡Si aquí están las pruebas, Regina! —le grité desde el suelo, sacudiendo la tarjeta dorada—. ¡El recibo de La Estancia! ¡El motel! ¡El jueves que me dijiste que estabas tapada de trabajo! Y lo que pasó antes…
—¡Pruebas que nosotros mismos pusimos en mi bolso para que las encontraras, imbécil!
—me cortó ella, dando un paso hacia mí, mirándome desde arriba con un asco que me encogió el corazón—.
¿Crees que si hubiera sido una adúltera de verdad, habría sido tan estúpida para dejarlo todo a la vista?
entiéndelo, Marco, después de todo, yo soy más lista que tú.
¡Todo fue un montaje! Un teatro asqueroso para que sintieras en carne propia el terror de perder tu matrimonio.
Dejé caer los brazos a los costados. Mi llanto se detuvo en seco, reemplazado por un vacío gélido en el estómago.
—¿Un... un montaje? —balbuceé—, ¿pero de qué carajos me estás hablando, Regina?
—¡¿De verdad no sabes de lo que estoy hablando, cabrón?
! —Regina se cruzó de brazos, y aunque solo llevaba puesto el arnés de cuero rojo y la tanga abierta, su actitud era la de una jueza a punto de dictar sentencia de muerte—.
Y no te atrevas a hacerte la víctima conmigo.
Porque aquí el único adúltero eres tú, Marco.
Tú, que llegas a la casa a las cinco de la mañana oliendo a sexo.
Tú, que ni siquiera me pudiste explicar por qué tenías esa enorme mancha de semen reseco en el pantalón la otra madrugada. ¡Me diste un asco tremendo!
El golpe fue bajo y preciso.
Me recordó mi peor humillación, dejándome sin defensas morales para atacarla.
—Yo no... yo no te he sido infiel... —susurré, bajando la mirada—, así que no intentes cambiar las cosas.
—¡Dices que no has sido infiel, pero querías que yo lo fuera! —rugió ella, señalándome con el dedo índice, temblando de coraje—. ¡Querías que me cogiera a tu jefe! ¿Cómo te atreviste a pedirle a David que me sedujera?
El mundo entero se detuvo. El aire dejó de circular en la habitación.
—¿Qué? —apenas logré articular.
—¡No te hagas pendejo, y ni finjas que no lo sabes!
—Regina empezó a caminar de un lado a otro frente a la cama, frotándose la frente, desahogando una furia que parecía llevar días contenida—.
El miércoles de la semana pasada, cuando salí del despacho, recibí un mensaje de un número desconocido.
Era David. Tu queridísimo licenciado Montenegro.
Me exigió que nos viéramos. Me estuvo insistiendo toda la maldita mañana.
Yo lo iba a bloquear, pero se puso tan intenso que llegué a pensar que te había pasado algo malo en la oficina, o que te habían descubierto un fraude.
Así que fui. Fui por curiosidad y por preocupación por ti.
Tragué saliva. Mi mente empezó a atar cabos a una velocidad aterradora. David se me había adelantado.
—Nos vimos en un café lejos de la zona financiera —continuó Regina, deteniéndose frente a mí, clavándome una mirada llena de repulsión—.
Y ahí, tu jefe, con esa actitud de perdonavidas que tiene, me lo soltó todo.
Me dijo: "Regina, te cité aquí para pedirte una disculpa de antemano.
Tu marido me confesó que tiene una fantasía muy particular.
Me rogó, casi de rodillas, que yo te buscara, te sedujera y me acostara contigo para que él pudiera cumplir su fetiche de verte con otro hombre".
El terror me heló la sangre.
¡Hijo de la gran puta!
—¡Eso es mentira…!
—¿En verdad es mentira, Marco? ¿Te atreverás a negarlo?
—¡Quiero decir…! ¡Hay alguna verdad, pero eso de que me arrodillé para rogarle que…!
—¡¿Se lo dijiste o no, Marco Antonio?!
—¡Déjame explicarte cómo pasaron las cosas, Regina, por favor!
—¡¿Explicarme qué, Marco, explicarme qué?! ¡Todo lo tengo clarísimo!
Sí, es verdad que había hablado con David… pero las cosas no habían sido como él las había planteado. Todo había sido por culpa de esa puta página que saltó en mi computadora y que la zorra de Rubí descubrió.
Además, por lo que entendía, David no le había mencionado la apuesta de los cinco mil dólares. No le había dicho que fue un chantaje para no correrme por ver páginas prohibidas en la computadora de la oficina.
De alguna manera… ¡Había volteado la narrativa por completo! Le había hecho creer a mi esposa que todo este infierno era una simple petición mía, un ruego de un cornudo enfermo que quería regalarle a su mujer. Me había pintado como el único instigador.
—Regi, no, escúchame... no fue así... —intenté levantarme, pero ella me puso una mano en el hombro y me empujó de nuevo al piso, desde donde podía oler su sexo húmedo, desde donde podía ver su depilado brasileño, y más arriba, sus enormes tetas colgando sobre mí.
—¡Cállate y escúchame, porque ahora me toca hablar a mí!
—me gritó en la cara—. ¿Tienes idea de lo que sentí en ese momento?
Si supieras la vergüenza terrible que pasé, maldito enfermo.
Estaba sentada frente a un hombre que apenas conocía, escuchando cómo mi propio esposo me había ofrecido como un puto trozo de carne.
David hasta se hizo el sorprendido. Me dijo: "Veo en tu cara que no sabías nada de esto, perdóname por incomodarte.
Yo creí que era un juego de pareja que ustedes dos tenían acordado".
¡Me hizo sentir como una idiota! ¡Como una enferma sexual de mierda!
—¡David es un manipulador! ¡Te está mintiendo! —lloriqueé, arrastrándome hacia ella, intentando agarrarle las manos, pero ella se apartó con violencia—. ¡Yo nunca le pedí eso! Él vio mi computadora... él...
—¡Me valen madres tus excusas! —me cortó Regina—.
El hecho es que le diste mi número. El hecho es que le mostraste mis fotos.
¿Cómo pudiste exponerme así, de esta manera?
Es que no tienes respeto por mí, Marco. No tienes respeto por nuestro matrimonio.
Pensaste que yo era tan fácil que iba a caer en tu jueguito sucio.
—Por supuesto que no... yo no quería que esto pasara.
—¿Le pasaste o no mi número, Marco, por lo menos en eso puedes ser sincero?
—¡Bueno… sí, pero no pensé que fuera escalar a tanto!
—¿Y por qué carajos le pasaste mi número a un mujeriego como él? ¿Crees que necesito más explicaciones? ¡Me expusiste a él como una vil puta!
—¡No, no, Regina, por favor!
—Por eso estaba así, encabronada contigo, puto enfermo de mierda —continuó ella, respirando con dificultad, las lágrimas de rabia asomándose por fin a sus ojos—.
Por eso te traté con la punta del pie toda la semana.
¡Casi hasta pensé en irme de la casa unos días!
Quería agarrar mis maletas y dejarte aquí solo con tus asquerosidades.
Te juro por Dios, Marco, del coraje que traía, casi hasta pensé revolcarme con el cabrón de tu jefe de verdad, enfermo degenerado, nomás para darte en la madre y destrozarte el puto ego.
Me encogí en el suelo. Sus palabras eran un ácido que me carcomía las entrañas. Me estaba confirmando que estuvo a punto de cruzar la línea por venganza.
—Pero no soy una cualquiera —sentenció Regina, alzando la barbilla—.
Así que David y yo llegamos a un acuerdo en ese café.
Él me dijo que la única forma de curarte esa perversión, de quitarte esas ideas estúpidas de la cabeza, era darte a probar una cucharada de tu propia medicina.
Me propuso fingir que su seducción estaba funcionando.
Hacerte creer que yo estaba cediendo, para que sintieras el verdadero terror de los celos y se te quitaran las ganas de andar compartiendo a tu mujer.
Y yo estuve de acuerdo, ¿lo oyes? Estuve muy de acuerdo.
La revelación me dejó aturdido. Mi cerebro, paranoico y dañado, intentaba buscar lógica en sus palabras. ¿De verdad todo había sido una lección orquestada?
—¿Y... y entonces todo lo que pasó? —le pregunté, con la voz temblorosa, levantándome del suelo poco a poco hasta sentarme en la orilla de la cama, a un metro de ella—.
Regi, yo escuché un audio. El viernes en la noche.
Tú estabas... estabas chupándosela. Te escuché decirle que la tenía muy grande. Escuché cómo te daba una nalgada.