Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Y de paso, corazón, tráeme un consolador que me compré.

Lo tengo guardado en mi bolso allá en la sala.

Lo encargué en Mercado Libre, me llegó hoy en la mañana al trabajo y aproveché para traérmelo...

Mientras tú te bañas, me masturbo un ratito con él para tener mi orgasmo y poder dormir a gusto. ¿Me haces ese favorcito, mi amor?

Asentí mecánicamente. Estaba destruido en mi orgullo. Relegado de esposo a un simple asistente para acercarle sus juguetes de Mercado Libre porque mi masculinidad no le alcanzaba ni para calentarla bien.

—Sí... ahorita te lo traigo —murmuré.

Me levanté de la cama descalzo. Sentía las piernas flojas, como de trapo. Salí de la recámara y caminé hacia la sala, sintiéndome como un fantasma en mi propia casa.

Las luces del comedor estaban apagadas, solo iluminadas por la farola de la calle que entraba por la ventana.

El bolso negro de cuero de Regina descansaba sobre la silla del comedor, donde lo había dejado al llegar.

Me acerqué. Abrí el cierre de metal.

Metí la mano, esperando encontrar una caja de cartón o algún estuche con el famoso consolador que, según su historia, le había llegado por paquetería para suplir mis enormes deficiencias.

Empecé a rebuscar en la oscuridad entre sus polveras de maquillaje, un cepillo para el cabello, sus llaves y su cartera inmensa.

No encontraba ninguna caja dura.

Pero mis dedos rozaron algo diferente. Una tela muy fina. Demasiado suave. Tiré de ella, sacándola del fondo del bolso, y encendí la luz del techo del comedor con un movimiento rápido de mi otra mano para ver qué era.

Me quedé paralizado.

Era lencería nueva. Un conjunto completo de tiras de cuero rojo y encaje negro. Era exactamente igual al que Regina llevaba puesto en la recámara en este momento, pero este, el que tenía en mis manos, todavía tenía las etiquetas de cartón colgando. Las revisé.

No era de Amazon. No era de ninguna tienda de internet.

La etiqueta era de Bésame Mucho, una boutique europea carísima ubicada en la zona financiera. El precio marcaba casi cuatro mil pesos. Dinero que nosotros, con la soga de la hipoteca al cuello, no podíamos pagar ni ahorrando tres meses seguidos.

Pero no fue el precio lo que me heló la sangre. Fue la lógica.

Si el conjunto nuevo, con etiquetas, estaba en el bolso... ¿de dónde carajos había sacado el que traía puesto?

Tragué saliva, sintiendo que el pánico me subía por la garganta. Volví a meter la mano al bolso, temblando, buscando desesperadamente una explicación.

Al sacar la lencería, un par de papeles que estaban atrapados en el fondo del bolso salieron volando y aterrizaron sobre la superficie de cristal de la mesa del comedor.

Solté el encaje. El corazón me empezó a latir con una fuerza que me lastimaba físicamente el pecho.

Agarré el primer papel. Era un ticket de compra impreso. Un recibo de La Estancia, un restaurante especializado en cortes de carne, el más caro de la zona financiera.

Busqué la fecha con los ojos desorbitados.

El ticket estaba fechado el jueves a las 3:15 de la tarde.

El mismo día que David "no había ido a la oficina" porque supuestamente estaba en la Ciudad de México.

El mismo día que Regina, con su cara de estrés, me había mandado un mensaje diciéndome que estaba "ahogada de trabajo revisando la cartera de clientes VIP" y que si le mandaba mensajes y no le contestaba, que lo entendiera.

La cuenta del ticket era de tres mil ochocientos pesos, y en la parte inferior decía claramente: Pagado con tarjeta terminación 4589. Una tarjeta que no era de ella ni mía. Una American Express Black.

El aire se me esfumó de los pulmones. Me tuve que apoyar en la mesa de cristal para no caerme al piso.

Mis dedos, fríos y torpes, agarraron el segundo papel que había caído. No era un recibo. Era una pequeña tarjeta negra, rectangular, gruesa y elegante, con letras doradas impresas en relieve.

La acerqué a la luz, y sentí que el piso desaparecía bajo mis pies, lanzándome en caída libre al abismo.

Motel Andares - Residencial y Suites para Parejas. Habitación 402 - Master Suite con Jacuzzi.

—¡Pero…! ¿Qué mierdas?

El motel más caro, lujoso y exclusivo de toda la ciudad y sus alrededores.

Un lugar blindado para infidelidades de alto nivel, donde una simple visita, decían que costaba lo mismo que la mensualidad entera de la hipoteca de nuestra casa.

Un lugar al que mi esposa, mi estricta y recta Regina, la misma mujer que hace unos minutos me había frotado su coño recién rasurado y empapado preguntándome si "ya se la había metido", había ido con otro hombre.

Me tapé la boca con ambas manos, cerrando los ojos con fuerza, ahogando un grito de terror, de dolor profundo y de una humillación tan colosal que me partió el alma en mil pedazos.

Mi falsa victoria, ese castillo de naipes donde yo era el ganador de los cinco mil dólares y David el jefe rechazado, se desmoronó hasta convertirse en polvo.

Y por supuesto que el puto dinero me valía una mierda, ¡me valía una puta mierda! Lo que me dolía era esto… ¿Se habían acostado? ¿Me estaban poniendo los cuernos a mis espaldas? ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo era posible semejante descaro?

David no había fracasado. David no había viajado a ninguna parte.

David nunca había dejado las cosas en paz.

El jueves, mientras yo me sentía aliviado y tranquilo en mi asqueroso escritorio, él la había interceptado a la hora de la comida.

La había llevado a comer a un lugar de superlujo, le había comprado lencería de puta de cuatro mil pesos (comprando dos juegos iguales para que ella tuviera una excusa de "me lo compré hoy") y se la había llevado a un puto motel carísimo a desbaratarle las entrañas con su verga enorme y a puerta cerrada.

Esa calma asombrosa de mi mujer cuando llegué a la casa... esa actitud relajada, cantando en la cocina, haciendo carne asada... esa felicidad desbordante y esa dulzura extrema... no era porque nuestro matrimonio estuviera fuerte ni porque hubiera rechazado la tentación.

Era la actitud relajada de una hembra que acaba de tener la mejor y más salvaje cogida de su vida y ahora quería redimirse.

Era la tranquilidad de una mujer que ya tenía a su macho alfa asegurado, un semental que le destrozaba el coño en camas de lujo y que la mandaba a depilarse para su gusto personal, y que ahora llegaba a su casa a tratar a su marido legítimo como a un juguete inofensivo, como a un niño pusilánime y patético al que se le da caricias en la cabeza por mera lástima.

Yo no había roto la regla de David al acostarme con ella hoy.

David me había dejado coger de sus sobras.

Y entonces, agarré las cosas, volví al cuarto, y la vi, abierta de piernas, con los ojos entrecerrados, ella tocándose por los labios exteriores, con su clítoris brotados, y al sentir que entraba, sin mirarme solo me preguntó:

—¿Encontraste mi vibrador, mi amor? Es uno de color negro.

—No, Regina, no encontré el vibrador, pero sí encontré esto.

Y entonces ella levantó la vista, y miró la lencería que yo tenía en mis puños. Y, sobre todo… miró la tarjeta del motel. Y entonces me dijo un:

—Marco…

Y yo un:

—¿Me puedes decir quién te compró todo esto…? ¿Me puedes decir de quién es esta tarjeta?

Y entonces Regina se sentó por completo, se pasó la mano por la frente, y me dijo tras un nuevo suspiro.

—Lo siento, Marcos… pero la idea de todo fue de David, tu jefe, y yo estuve de acuerdo…

—¿Qué?

—Tranquilo… que todo esto fue para darte una lección.