Capítulo 11 #2
—Ufff.. que si me gusta… es que esa lencería... y ese depilado... tú nunca te habías depilado así —logré decir, sintiendo que la sangre se me agolpaba en la ingle con una violencia que me hizo doler el vientre.
Recordé como un balde de agua fría lo que David me había dicho en el bar: "Me gustaría pedirle que se haga un depilado... para que le luzca más".
—Ah, sí, el depilado.. —Regina se tocó el pubis suavemente, fingiendo timidez—.
Tú sabes lo inhibida y tímida que soy para estas cosas…
pero quise hacermela yo misma. Vi por ahí un tutorial.
Quería darte una sorpresa, que la vieras diferente, bonita para ti.
Y el conjunto lo pedí por Amazon con envío al despacho.
Ya ves que me da muchísima vergüenza ir a pararme a esas sex shops de la calle para que me vean la cara. Quería algo especial.
—Pues caray, mujer, me dejas sorprendido.
Quiero decir, nunca pensé que te comprarías algo así —Obviamente pasándo por alto la lencería que tenía escondida en su caja del vestido de novia—, pero no es queja, ¿eh?
, me encanta que se te esté quitando el pudor poco a poco, no sabes cuánto…
y sobre todo, que compartas conmigo tus fantas…
quiero decir… lo que sea que guardes dentro de mí.
Quiero que tengas confianza en mí, que hagas o me pidas hacerte lo que tú quieras. Nunca te reprocharé nada. Al contrario.
—Sí, gracias por decirlo, mi amor, te juro que lo tomaré en cuenta.
—Eso espero, Regi, de verdad.
Y entonces, hizo algo que me dejó petrificado. Se subió a la cama a gatas. Empezó a gatear sobre el colchón hacia mí, moviendo ese culazo inmenso de un lado a otro con una soltura, una lascivia y un descaro que yo no le conocía. Sus pechos pesados se balanceaban libres.
—Por ejemplo.. —dijo—, de momento quiero que esta noche hagamos cositas ricas, ¿quieres?
—¿Que si quiero, mujer? Si te estás tardando.
Se subió a horcajadas sobre mi cadera. Su panocha húmeda, caliente y expuesta por la abertura del encaje, se frotó directamente contra el centro de mi pijama.
La regla de David cruzó por mi cabeza como un relámpago, quemándome las neuronas: "No quiero que la toques en estos quince días. Nada de sexo. Déjamela hambrienta".
Si la tocaba, perdía los cinco mil dólares de la apuesta.
—Pues acomódate entonces, cariño —me dijo.
Y entonces recordé lo que me había pedido Davir “No hacer el amor con mi mujer durante estos quince días”, ¿pero dónde putas estaba David? ¿A quién le importaba lo que él pudiera decir? ¿Desde cuando un hijo de puta como él manejaba la vida íntima de mi mujer y yo?
¡Al diablo con su pinche regla! Hoy iba a reclamar a mi esposa como mía. Y de paso, disfrutar de ese depilado que le quedaba como nunca.
—Ven aquí, preciosa, quiero tocarte.
La agarré por la cintura carnosa. Me saqué mi pantalón de pijama y los bóxers con desesperación. Regina me ayudó, besándome el cuello, metiendo sus manos por mi ropa. Me acostó de espaldas contra las almohadas y se acomodó sobre mí.
—Mmmm, Marquito, estás muy duro, ¿te he puesto caliente, pervertido?
—Mucho, Regi, no sabes lo caliente que me tienes con este conjuntito que te has puesto.
—Pues disfrútalo, tontito, es para ti.
Agarró mi pene, que estaba duro como una piedra, con su mano suave y lo frotó contra su rajita mojada. Regina estaba escurriendo.
Y entonces, lo que prometía ser la victoria más gloriosa de mi masculinidad, se volvió una mezcla asfixiante de paraíso y humillación psicológica.
Regina se colocó arriba de mí y se dejó caer sobre ella, ensartándose mi pene por completo en un solo movimiento.
Inmediatamente, la recámara se llenó de un escándalo teatral.
—¡Ahhh! ¡Sí, mi amor, métela toda! ¡Ufff! ¡Mmmmh! —empezó a gemir ella, echando la cabeza hacia atrás, apretando los ojos con una exageración que nunca en la vida había usado conmigo.
Empezó a rebotar sobre mis caderas. Sus tetazas saltaban libres fuera del arnés rojo de cuero. Hacía un ruido tremendo: "¡Ahhh! ¡Qué rico, Marco, sí!".
Pero al mirar su rostro, al analizar la tensión de su cuerpo, la realidad me sacó de mi realidad.
Sus músculos no estaban en esa rigidez del placer genuino.
Sus paredes internas, resbaladizas y húmedas, no se aferraban a mí con esa calentura de cuando algo te llena por completo.
Sentí un espacio vacío. Estaba como floja, no sé cómo explicarlo.
—¿Estás bien, Regina?
—Sí, amor, ¿por qué lo preguntas?
Y no sabía cómo decirle la verdad. ¡Estaba fingiendo! Estaba gritando como actriz porno para enmascarar que mi tamaño no le estaba haciendo absolutamente nada.
Mi indignación chocó de frente con mi calentura. El glande lo tenía tan hipersensible, tan a punto de reventar por la fricción de sus jugos, que el simple hecho de saber que mi esposa me estaba usando como un consolador de bajo rendimiento me resultaba asquerosamente excitante.
Y luego, para rematar, bajó la cabeza, me miró a los ojos y borró esa exageración de su rostro para dar paso a una sonrisa llena de una dulzura asquerosa.
—Si quieres no me muevo tanto para que no se me salga tu pollita, mi amor —me susurró, acariciándome el pecho con cariño maternal, moviendo las caderas en círculos muy cortos, casi cuidadosos.
Sentí un balazo directo en el puto ego.
¿Tu pollita?
Regina nunca me había hablado así. Nunca en nuestros cinco años de matrimonio había hecho alusión al tamaño de mi verga, que tampoco es que fuera tan corta, sino más bien norma.
Mucho menos jamás la había llamado en diminutivo, usándolo con tanta naturalidad como si fuera un defecto tierno con el que tenía que lidiar.
—Estoy bien, no te preocupes… no pasa nada…
—Sólo lo decía, Marco, porque siento que si me muevo de más, se me saldrá.
El comentario fue castrador. Me sentí minúsculo, humillado a más no poder, pero la fricción de su coño depilado contra mi vientre me estaba volviendo loco. El hormigueo en la base de mi pene amenazaba con hacerme estallar.
—No, no se saldrá —dije, tratando de sonar sereno.
Y entonces empecé a empujar las caderas hacia arriba desde abajo, intentando penetrarla con más fuerza, buscando demostrarle que yo era un hombre de verdad, buscando tocarle el fondo para borrarle esa condescendencia de la cara.
Ella volvió a fingir, elevando el volumen.
—¡Ufff! ¡Mmmh! ¡Ay, mi vida... ! —gimió ella de pronto.
Pero de pronto detuvo sus movimientos en seco. Se apoyó con ambas manos en mi pecho, levantando el torso, y me miró hacia abajo con una expresión de genuina y tierna confusión.
—¿Ya me la metiste, verdad corazón?
Me quedé helado. Congelado. Mi verga estaba completamente adentro de ella. Estaba enterrada hasta la base. No había ni un solo centímetro más que yo pudiera darle.
—Sí, Regi... la tengo toda adentro —logré decir, apretando los dientes, sintiendo que la cara me ardía de una vergüenza tan grande que me daban ganas de llorar—, ¿a caso no la sientes dentro?
—Ah, sí, sí, solo decía… ufff, qué rico, mi amor.
Es que, como sentí flojito, pensé que te habías salido sin querer.
Dale, síguele, chiquito —me animó ella, dándome un besito en la punta de la nariz como si fuera un niño pequeño aprendiendo a andar en bicicleta—.
Si te cansas de moverte, me dices y te monto yo un rato, mi amor. No quiero que te fatigues.
Me estaba destruyendo moralmente. Me estaba asesinando psicológicamente. Me estaba tratando como a un incapacitado sexual, como a una herramienta defectuosa a la que le tienes paciencia por mera lástima marital. La connotación de pusilánime era abrumadora.
Pero mi mente de cornudo estaba en éxtasis total.
Ver a mi esposa estricta usar ropa de ramera con una franja de vello ridículamente obscena, escucharla decir palabras como "flojito" o "pollita" con ese tono maternal de quien ya probó algo inmensamente superior...
Saber que su cuerpo dilatado y hambriento me estaba comparando inconscientemente con la inmensidad de la verga de David que se supone que ni siquiera se la había logrado follar apenas unos días atrás, me llevó al límite de mis capacidades físicas.
Mi cuerpo no aguantó la presión de la humillación ni la fricción. Los testículos se me apretaron violentamente contra el cuerpo. El hormigueo eléctrico se convirtió en una explosión inminente.
—Regi... me voy a venir... ya no aguanto... —jadeé, cerrando los ojos con fuerza, sabiendo que apenas llevábamos cinco minutos desde que habíamos empezado.
Ella dejó de moverse por completo y me echó sus enormes tetas en la cara.
No hubo sorpresa ni decepción en su rostro, solo una sonrisa comprensiva y suave que me hizo sentir aún más minúsculo, más inútil.
—Mi vida, si te quieres venir, me los echas afuera, ¿sí? No me vayas a manchar la ropa ahorita —me acarició el cabello, levantando sus caderas pesadas para sacar mi verga de su coño con un sonido húmedo.
Me vine al instante. Solté unos chorros tristes, abundantes pero patéticos, escurriendo sobre mi propio estómago, mientras ella me miraba desde arriba, arrodillada, completamente insatisfecha, ni siquiera cerca de un orgasmo, pero fingiendo con maestría que todo estaba perfecto.
Me quedé jadeando sobre las sábanas, tapándome la cara con el antebrazo. Me odiaba por haber durado tan poco, me odiaba por no ser capaz de llenarla como ella merecía, y me odiaba porque la imagen de David satisfaciéndola me había hecho correrme más rápido que nunca.
Regina se bajó de encima de mí con agilidad. Se acomodó las correas del arnés rojo que se le habían movido de los hombros y me dio una palmada cariñosa y condescendiente en el muslo.
—No te preocupes, mi amor. Seguro es todo el estrés del trabajo que traes cargando —dijo ella, con esa voz dulce, afilada e hiriente—. Si quieres ve a bañarte para que te limpies y descanses.
Hizo una pausa, caminó hacia el tocador, enseñandome tremendo culo, con sus enormes tetazas rebotandole a cada paso, y se miró en el espejo, acomodándose el cabello.