Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 11
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Capítulo 11

El jueves llegó con una calma que me pareció casi irreal, una tranquilidad que me tenía tenso y relajado a la vez.

Llegué a la oficina como siempre, con el estómago encogido, esperando ver a David paseándose por los pasillos como el dueño del mundo. Esperaba que me mandara a llamar, que me lanzara sobre el escritorio de caoba alguna otra prueba asquerosa de su dominio sobre mi mujer.

Pero las horas pasaron, y la oficina de cristal se mantuvo vacía, con las luces apagadas.

A las doce del mediodía, me levanté para ir por un café. Al pasar cerca del escritorio de Claudia, la escuché platicando con la recepcionista.

—No, el licenciado Montenegro no viene hoy en todo el día —decía Claudia, revisando su agenda en la pantalla—. Me avisó anoche que tenía que tomar un vuelo a la matriz en la Ciudad de México para unas juntas de planeación anual.

Me quedé congelado a medio pasillo, con el vaso de cartón en la mano.

¿No venía? ¿Estaba en la Ciudad de México?

Un alivio inmenso, cálido y engañoso, me recorrió el pecho. Regresé a mi módulo y me dejé caer en la silla, soltando un suspiro que llevaba atorado en la garganta desde el lunes.

Habían pasado días desde el infierno en la casa de Rodrigo, y la tormenta parecía haberse disipado por completo. Maca no me había vuelto hablar sobre problemas con Rodri, y yo esperaba que eso significara que el cabrón había aprendido la lección.

Por su parte, en la oficina, desde los días anteriores, David se había mantenido como un fantasma.

Estuvo encerrado en sus juntas martes y miércoles, no me mandó a llamar ni me escribió un solo mensaje.

Y como decía, ese jueves, ni siquiera se paró por el edificio argumentando esa misma junta foránea.

El viernes sí se presentí a trabajar, pero él estaba metido en su mundo. La única que a veces entraba y salía de su oficina era su putita personal, la zorra de Rubí.

Mi mente de marido entró en una etapa de negación, desesperada por encontrar una tabla de salvación, empezó a tejer su propia historia de victoria.

Empecé a sacar conclusiones. David me había dicho que se la iba a quedar el fin de semana pasado, pero Regina había aparecido en casa. Y desde entonces, todos los días que yo llevaba de la oficina, ella estaba allí, ya sin salidas raras ni ataques de ira.

David no me había vuelto a mandar audios, ni fotos, ni tangas usadas. Su silencio repentino y su viaje a la capital solo podían significar una cosa.

¡Había fracasado!

Seguramente mi jefe intentó seguir presionándola en esos "acuerdos" de los que me habló, intentó llevársela a la cama, y mi esposa, con sus valores inquebrantables, se había asustado, le había puesto un alto y lo había mandado al diablo definitivamente.

Regina era mucha mujer para dejarse dominar tan rápido.

Miré el calendario en la esquina de mi monitor.

El martes se cumplirían los famosos quince días. El plazo límite.

Me tendría que pagar los cinco mil dólares.

Y yo, en el fondo de mi cobardía, me decía que me los merecía.

Me merecía ese dinero por haber tenido que aguantar toda esta tortura mental, por el estrés de las fotos, por los celos.

Era mi premio por confiar en que la decencia de mi esposa iba a resistir el embate de un depredador.

Con esos cinco mil dólares, liquidaríamos la hipoteca atrasada, yo la llevaría de viaje un fin de semana para que se desestresara, y olvidaríamos para siempre este asqueroso capítulo.

A las seis de la tarde, salí de la oficina sintiéndome ligero, casi eufórico. El tráfico de la ciudad era un caos por ser viernes, pero no me importó. Puse música en el radio del carro, canturreando, visualizando ya el dinero en mi cuenta bancaria.

Cuando llegué a la casa, a las siete y media de la noche, el olor a carne asada, pimientos y cebollitas llenaba la cochera.

Fruncí el ceño, sorprendido. Apagué el motor y entré a la casa. Dejé mis llaves en la mesita de la entrada y caminé hacia la cocina.

Ahí estaba ella.

Regina llevaba unos leggings deportivos ajustados que le remarcaban las caderas inmensas, y una blusa de tirantes blanca.

Tenía el cabello oscuro recogido en un chongo desordenado.

Estaba volteando unos cortes de carne en la plancha de la estufa, tarareando una canción que sonaba en su celular, moviendo los hombros con una soltura y una felicidad que no le había visto en meses.

—Hola, mi amor —dijo ella, dándose la vuelta al escuchar mis pasos.

—Hola, Regi, ¿qué celebramos hoy?

—A nosotros, mi amor, a nosotros.

Se secó las manos con un trapo, se acercó a mí y, sin que yo se lo pidiera, me pasó los brazos por el cuello. Se pegó a mi cuerpo, aplastando sus tetazas contra mi pecho, y me dio un beso de verdad. Un beso húmedo, largo, abriendo la boca lo suficiente para que nuestras lenguas se rozaran.

Me quedé descolocado, pero le devolví el beso, aferrándome a su cintura carnosa. Atrás habían quedado sus enojos, los portazos y la irritabilidad salvaje de principios de semana. Estaba radiante. Sus ojos grises brillaban con una paz envidiable.

—Huele riquísimo, Regi —le dije, sintiendo que una oleada de alivio genuino me recorría el cuerpo entero—. No me esperaba esto, querida, en verdad.

—Te preparé tu cena favorita para celebrar que ya es viernes y que por fin logramos sacar la puta semana —sonrió ella, pellizcándome la mejilla con un cariño casi maternal—.

Ha sido una semana muy pesada, corazón. Pero ya estamos juntos.

Vete a dar un baño rápido, ponte ropa cómoda y te sirvo la carne, ¿sí?

—Sí, claro. Ahorita vengo.

Caminé hacia el baño sintiéndome el tipo más afortunado y estúpido del mundo.

Mientras el agua caliente me caía por la espalda, mi teoría se reforzaba sola.

Esa calma de Regina, esa actitud tan dulce y complaciente, era la prueba definitiva de que a ella este matrimonio le importaba más que cualquier insinuación del maldito de mi jefe.

Había superado la crisis. Su aventura emocional (si es que alguna vez existió más allá de un par de toqueteos forzados) había terminado.

Salí de la regadera, me puse un pantalón de pijama y fui al comedor.

Cenamos platicando de cosas sin importancia, riéndonos un poco de los vecinos, comentando sobre programas de televisión. Se sentía como una fase de luna de miel que no teníamos desde hace años. Ella me servía más agua, me pasaba las tortillas calientes, me miraba con una dulzura que me derretía.

Al terminar, ella se levantó y empezó a recoger los platos.

—Deja eso ahí, Regi, yo los lavo mañana temprano —le ofrecí.

—No te preocupes, mi amor, yo recojo aquí. Tú vete a la recámara a acostarte un rato, enciende la tele y descansa —me respondió, dándome un beso en la frente.

Le hice caso. Fui a nuestro cuarto, encendí la televisión a bajo volumen y me recosté sobre las almohadas, cruzando las manos detrás de la cabeza, sintiendo que la vida volvía a tener sentido.

Unos quince minutos después, el ruido del agua en el fregadero se detuvo. Escuché los pasos descalzos de Regina por el pasillo. La puerta de la recámara se abrió despacio.

—Oye, corazón... —dijo Regina.

Estaba apoyada en el marco de la puerta. Las luces del pasillo estaban apagadas, y solo la luz de la televisión la iluminaba a medias. Tenía una mirada traviesa, juguetona, con una sonrisa de lado que me aceleró el pulso.

—¿Qué pasa, mi amor?

—Me compré un regalito hoy en la tarde al salir del despacho. Me metí a internet rápido... quería ver si te gustaba.

—¿En serio? —me sorprendí—. A ver, enséñamelo —le pedí acomodándome en el colchón, pensando que tal vez se había comprado una blusa o unos zapatos nuevos.

Regina dio un paso hacia el interior del cuarto, cerrando la puerta detrás de ella. Llevaba puesta una bata de seda negra que le llegaba por encima de las rodillas. Lenta y deliberadamente, se desató el nudo de la cintura, abrió la tela y dejó caer la bata al piso de cemento pulido.

—¡Ohhhh! —exclamé al verla.

Me quedé sin respiración.

Regina, mi esposa abnegada y severa, llevaba puesto un conjunto de lencería que parecía sacado directamente de una película porno.

Era un arnés de cuero rojo brillante, combinado con tiras de encaje negro.

Las correas delgadas se le clavaban en sus gordos muslos, enmarcando sus inmensas caderas y creando un contraste salvaje con su piel blanca.

El sostén, si es que se le podía llamar así, apenas si le cubría la mitad inferior de los senos; le empujaba las tetazas hacia arriba de una forma tan vulgar y agresiva que los pezones rosados quedaban completamente al aire, amenazando con salirse de la poca tela que los sostenía.

—¡Carajo! —no me lo podía creer.

Llevaba un collar de encaje negro apretándole el cuello. Pero lo que me destrozó la cordura fue la parte de abajo.

Los calzoncitos no tenían tela en la entrepierna. Estaba completamente abierta. Y el paisaje que enmarcaba esa abertura me dejó helado.

Su coño, que normalmente mantenía vello al natural o apenas recortado, estaba ahora depilado con un estilo brasileño impecable.

Toda la piel estaba lisa, regordeta y blanca, dejando únicamente una delgada raya vertical de vello oscuro que apuntaba directamente hacia la entrada rosada de su vagina.

Bajo la luz de la lámpara de buró, podía ver cómo ya empezaba a brillar con una humedad abundante.

—¿Qué... qué es esto, Regi? —balbuceé.

Sentí un hormigueo eléctrico que me subió desde la base del pene hasta la punta. Una calentura instantánea me secó la garganta.

—Algo para salir de la rutina, mi amor. Te he tenido muy abandonado últimamente por tanto trabajo y hoy quiero consentirte —respondió ella, pasándose las manos por la cintura, exhibiendo su obra—, claro, si es que no estás tan cansando como la semana pasada.

—¡Por Dios, mujer, así como estás ahora, levantas hasta un muerto!

—¿De verdad te gusta, Marco Antonio?