Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Regina soltó la rebanada de pizza sobre su plato. Su postura se volvió rígida al instante, intentando recuperar esa careta de mujer inquebrantable.

—A mí el dinero de un prepotente no me impresiona, Marco. Te lo dije esa misma noche. Y lo has sabido siempre. Tu jefe es un arrogante que se cree el dueño del mundo. No tiene educación.

—Igual y casi no hablaron… no creo que te hayas formado una opinión… tan rápido —le traté de dar una emboscada.

Ella apenas si reaccionó, pero dijo:

—No se necesita hablar mucho con alguien para formarte una opinión. Con el simple hecho de que llegara y se sentara sin pedirnos permiso… y decir esas cosas, y mirarme como lo hizo, ufff, es suficiente para uno darse cuenta de que es un pesado.

—Sí, es un pesado —le seguí el juego, sintiendo que la sangre me hervía de excitación al escucharla mentir frente a su propia comida—.

Pero impone, ¿no? Digo, como dices, la forma en que llegó a la mesa, cómo se te quedó viendo al escote...

hasta yo me sentí intimidado. Sentí que en cualquier momento te iba a faltar al respeto.

Regina tensó la mandíbula. Me miró con los ojos grises relampagueando de indignación.

—No me faltó al respeto porque yo no me dejo de nadie, Marco. Además me doy a respetar. A ese tipo de hombres hay que ponerles un alto rápido. Si se le ocurre pasarse de listo conmigo, le volteo la cara de una cachetada.

Me mordí el interior de la mejilla. Cuanto cinismo puede haber en una mujer. Quise decirle: "Ya se pasó de listo, Regi. Ya te besó de lengua, ya te ató a su puta cama, ya hasta te metió los dedos en la vagina… ¿de qué respeto hablas?", pero al final no fui capaz de encararla.

Aun no era momento.

—Me alegra escuchar eso, mi amor —dije, dándole un sorbo a mi vaso—. Es que te vi tan callada cuando él hablaba, que pensé que a lo mejor te había puesto nerviosa. Ya ves que intimida mucho con su presencia. Es el típico macho alfa.

Regina empujó su plato hacia el centro de la mesa, perdiendo el apetito por completo. Se levantó de la silla con brusquedad.

—No me puso nerviosa, me puso incómoda —escupió ella, agarrando su plato para llevarlo al fregadero.

—Pero está guapo, ¿no?

—Se me hace que al que le gusta es a ti, ¿qué tanta preguntadera, Marco?

—Sólo era para hablar de algo, no te engrifes, mi amor.

—Pues me molesta que me hables de él, Marco. Deja de mencionarlo. No me interesa tu jefe, ni su dinero, ni su “guapura”. Ya cenamos gracias a su vale y punto. Fin de la historia.

—Está bien, está bien. Tranquila —levanté las manos en señal de paz, disfrutando cómo se le aceleraba la respiración—. Solo era un comentario. Ya no hablemos de él.

—Mejor apúrate a cenar para que recojas la mesa —sentenció, dándome la espalda y abriendo la llave del agua con violencia, evadiendo el tema con una brusquedad que delataba el caos que llevaba por dentro.

Me quedé ahí, sentado en la cocina, con el corazón martillándome contra las costillas. Estaba muerta de miedo. Muerta de miedo de que yo sospechara, y muerta de miedo de la atracción salvaje que David Montenegro había despertado en su cuerpo de esposa fiel.

El martes y el miércoles transcurrieron en una calma que me resultaba asfixiante.

No tuve novedades de Maca ni de Rodri (en el sentido de que el cabrón la hubiera seguido acosando), ni de David, y mucho menos de mi esposa con él.

Mi jefe, de alguna manera retorcida, había vuelto a la normalidad.

Volvía a ser el líder intocable de nuestra área.

No me llamó a su oficina de cristal ni una sola vez, y yo, por puro instinto de supervivencia, me mantuve agachado en mi módulo para no picarle el orgullo.

El jueves respiré todavía más aliviado. David ni siquiera se paró por el edificio; tenía sus reuniones mensuales en la oficina central de la Ciudad de México.

Por su parte, Regina tampoco dio indicios de nada raro.

Llegó puntual a casa todos esos días, sin las llegadas tarde ni las excusas de la semana anterior.

Mi mente, desesperada por encontrar un salvavidas, empezó a tejer su propia mentira.

Me convencí de que, tal y como iban las cosas, David había chocado contra la pared.

Seguro había constatado por su cuenta que lo que yo le advertí sobre la dignidad de mi esposa era cierto.

Regina era orgullosa, y después de que él la ofendió dejándola a medias en ese penthouse, difícilmente se lo iba a perdonar.

Me llené de una alegría al pensar que David ya se había resignado a las negativas de mi mujer.

Si las reglas se respetaban, con suerte, el martes de la próxima semana se cumplirían los quince días de la apuesta. Me tendría que dar los cinco mil dólares que me prometió.

Y muy en el fondo de mi consciencia enferma, me dije que yo me merecía ese puto dinero.

Me lo había ganado a base de tragarme mi dignidad.

Después de todo, David ya se había beneficiado bastante de ella; ya la había desnudado, le había chupado esas tetazas, la había besado y le había atascado los dedos en su panochita empapada. El dinero era mi premio de consolación.