Capítulo 10 #3
Agarré el collar de perro. El cuero estaba desgastado en los bordes, señal de que se lo ponía a escondidas con frecuencia.
Agarré el consolador morado por la base de plástico.
Lo acerqué a mi rostro, cerrando los ojos.
Todavía conservaba ese leve y penetrante aroma a látex mezclado con los fluidos resecos de mi mujer.
Mi verga se puso dura como una piedra contra la tela del pantalón. La humillación de saber que ella prefería meterse este pedazo de silicona inmenso a tocarme a mí, me estaba volviendo loco.
Agarré mi propio celular. No me pude contener. La adrenalina de la perversión me dominaba por completo.
Abrí la cámara, enfoqué el arnés negro, el collar y el juguete morado descansando sobre el encaje blanco del vestido de novia, y tomé una foto.
Abrí el chat de David y se la envié directamente, seguida de un mensaje corto.
Marco: Encontré las cosas que usa en los videos. Las tenía escondidas debajo de su vestido de novia.
Ni siquiera sé por qué mierdas hice copartícipe al hijo de puta de David de tal descubrimiento… si quería alejarlo de mi esposa, lo correcto era hacer lo mismo que ella y cortar de tajo con él. Sin embargo… he aquí mandándole esa foto.
Esperé, mirando la pantalla. Segundos después, las dos palomitas azules aparecieron. David estaba del otro lado, mirando la foto de los juguetes de mi esposa sobre el símbolo de mi matrimonio.
David: Qué imagen tan poética, Marquito. Tu mujercita es una obra de arte retorcida. Mira que guardar sus cositas de puta debajo de su sagrado vestido de novia…
Pero ya no contesté nada.
Y entonces, él dijo algo que me dejó horrorizado:
David: Por cierto, ¿te imaginas lo putota que se verá tu mujercita, el día que yo decida cogérmela como perra con su vestidito de novia puesto?
Me quedé frío y sentí que mi corazón se me salía del pecho.
¡No podía ser tan enfermo para siquiera pensar que mi esposa aceptaría profanar algo tan sagrado como esto!
Bloqueé el celular y empecé a meter las cosas de regreso bajo el tul blanco, con las manos sudando a mares.
Escuché el clic de la puerta de la lavadora y unos pasos acercándose por el pasillo. Regina venía de regreso.
Subí la caja de cartón al estante superior en una fracción de segundo, la empujé hacia el fondo tapándola de nuevo con el polvo simulado y me bajé de la silla de un salto, fingiendo acomodar unos ganchos en el tubo del clóset.
Regina entró a la recámara frotándose la nuca. Llevaba el rostro cansado, marcado por esa tensión asfixiante que no la dejaba en paz desde el fin de semana. Al verme ahí, moviendo las camisas sin sentido, soltó un suspiro pesado y se sentó en la orilla del colchón.
Me giré hacia ella. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Acababa de ver sus juguetes de sumisión. Acababa de leer la amenaza de David sobre el vestido. La culpa, mezclada con una excitación enfermiza, me revolvió el estómago. Sentí la necesidad de acercarme.
—Regi... —empecé, dando un paso hacia la cama, con la voz un poco rasposa—. Quiero pedirte perdón.
Ella levantó la vista. Sus ojos grises, usualmente tan afilados y estrictos, ahora se veían un tanto acuosos, vulnerables.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja.
—Por todo —me senté a su lado, sin atreverme a tocarla, respetando la regla de David, pero acortando la distancia—.
Por la discusión de la mañana, por haberte insistido en pendejadas.
Sé que tenemos problemas encima, las deudas, la hipoteca...
y yo no estoy ayudando. Solo quiero que estemos bien, mi amor. Odio que estemos peleados.
Regina bajó la mirada hacia sus propias manos, que descansaban sobre sus muslos. Se mordió el labio inferior. Verla así, sabiendo la doble vida que escondía arriba en el clóset, me provocaba un nudo en la garganta.
—Yo también te pido disculpas, Marco —dijo de pronto, sorprendiéndome.
Su voz tembló un poco—. He andado insoportable, lo sé.
Estoy muy estresada últimamente, el cierre de mes en el despacho me tiene los nervios destrozados, y siento que me desquito contigo.
Te trato mal cuando tú solo intentas ayudar.
Se inclinó hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro. El olor a su champú floral me inundó la nariz.
—Perdóname tú a mí, corazón —susurró, cerrando los ojos—. Y por favor, pase lo que pase, con todo este estrés y nuestras broncas... nunca olvides que te amo. Eres mi todo.
Sus palabras me llegaron como un dardo directo a mi conciencia. ¿Me amaba? Tal vez sí, a su manera estructurada y tradicional. Pero su cuerpo le pedía a gritos la brutalidad de otro macho. Tragué saliva, sintiendo que me ahogaba en mi propia hipocresía.
—Yo también te amo, Regi —respondí, acariciándole el brazo por encima de la blusa.
Nos quedamos en silencio unos segundos. La tensión en la habitación parecía haberse disipado, reemplazada por una calma frágil, casi triste.
Justo entonces, el timbre de la casa cortó el silencio, sobresaltándonos un poco.
—Debe ser la pizza —dije, poniéndome de pie—. Yo voy.
Caminé hacia la entrada, le pagué al repartidor y llevé la caja de cartón a la cocina.
Saqué un par de platos, serví refresco y llamé a Regina.
Ella apareció minutos después, con el rostro lavado y el cabello recogido en un chongo desordenado.
Se sentó frente a mí en la mesa pequeña del desayunador.
Empezamos a comer. Tenía mucha hambre. Le daba mordidas grandes a su rebanada de pepperoni, masticando rápido.
Yo la miraba fijamente. Observaba sus labios moverse, tragando la comida, y mi mente enferma no podía evitar recordar las palabras de David sobre esa misma boca chupándole los huevos.
El morbo me carcomía por dentro, exigiéndome tirar de la cuerda para ver cómo reaccionaba.
Limpié mis dedos con una servilleta de papel, fingiendo una curiosidad casual.
—Por cierto, Regi... —dije, mirándola a los ojos a través de la mesa—. Con todo el relajo de estos últimos días, no me dijiste qué tal te pareció David, mi jefe. Digo, ya viéndolo en persona en el restaurante.
Regina dejó de masticar. Fue una pausa mínima, una fracción de segundo donde sus mandíbulas se congelaron, pero yo lo noté perfectamente. Pasó el bocado con dificultad y agarró su vaso de refresco, evitando mirarme.
—Pues... normal —respondió, encogiéndose de hombros, aunque su voz sonó un poco más rasposa—. Un tipo más de negocios.
—¿Normal? —solté una risita nerviosa, recargándome en la silla—.
A todas las mujeres de la oficina las trae babeando.
Como es un tipo que mide casi dos metros, tiene muchísima pasta y trata a todos con esa autoridad de cabrón...
pensé que a lo mejor a ti te iba a impresionar, o que te iba a caer de la patada.