Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 10 #2
62%

Capítulo 10 #2

A las seis en punto agarré mi portafolio, salí del edificio y manejé hacia mi casa. El tráfico me pareció insoportable. Repasaba en mi cabeza la excusa que le iba a dar. "Lo encontré en el asiento de atrás, Regi, seguro se te cayó".

Una mentira tan estúpida que solo alguien desesperado se la creería.

Aparqué en la cochera. Entré a la casa.

El ambiente estaba tenso. Pesado. Regina estaba en la sala, caminando de un lado a otro frente al sofá, mordiéndose las uñas de la mano derecha con una violencia que nunca le había visto.

Llevaba puesto un pantalón de mezclilla y una blusa de tirantes negra. Su cabello estaba desordenado. Al escuchar la puerta, se giró hacia mí. Sus ojos grises estaban un tanto secos. No sé cómo explicarlo.

—Un poco tarde —me soltó a quemarropa, sin siquiera decir buenas tardes.

—Y tú un poco temprano, ¿hoy no tuviste juntas nuevas? —quise mostrarme inquino.

—No.

—Por cierto. No hay nada para cenar. Se me olvidó descongelar la carne. Estoy harta, tengo un dolor de cabeza que me está partiendo la cabeza. Pide unas pizzas o algo.

Su hostilidad me seguía desconcertando, pero entendí de dónde venía. David me lo había dicho. La había dejado a medias, frustrada, y encima incomunicada. Ese coraje que estaba descargando sobre mí era la furia de no poder saber de su macho alfa.

—No te preocupes, yo pido la cena —le dije con voz suave—. Voy a cambiarme de ropa al cuarto.

Caminé hacia la recámara. Mi corazón latía a mil por hora.

Sobre la cama estaba su bolso de mano, abierto. Era el momento. Metí la mano al bolsillo de mi pantalón, saqué el iPhone con su funda gris rugosa y lo dejé caer suavemente dentro del bolso de mi esposa, empujándolo un poco hacia el fondo para que no se viera tan a simple vista.

Me quité la corbata, me puse una camisa cómoda y salí de nuevo a la sala.

Regina estaba sentada en el sofá, con la mirada perdida en la televisión apagada. Su pie derecho subía y bajaba frenéticamente.

—Oye, Regi... —dije, finging sorpresa—. Qué raro.

—¿Raro qué? —respondió sin mirarme.

—Ahorita que bajé del carro, al acomodar el asiento para sacar mi portafolio, vi algo tirado en el tapete de atrás. ¿No es tu teléfono del trabajo?

Regina dio un brinco en el sofá. Su cabeza giró hacia mí a una velocidad aterradora.

—¿Qué? ¿Cómo va ser mi teléfono? Si ni me he subido al carro.

—Sí, mira, lo dejé en tu bolso hace un segundo. Ve a revisarlo. A lo mejor el otro día que te subiste se te resbaló del pantalón.

No tuve que decirle dos veces. Regina se levantó como si le hubieran inyectado adrenalina directo al corazón. Corrió hacia la recámara casi tropezando con la alfombra.

Caminé tras ella a paso lento, deteniéndome en el pasillo, observándola desde la penumbra.

La vi meter ambas manos en su bolso, rebuscando con desesperación. Sus dedos se cerraron alrededor de la funda gris. Sacó el aparato.

El cambio físico que presencié en mi esposa me dejó helado.

Sus hombros, que habían estado tensos y rígidos desde que llegué, se desplomaron. Dejó escapar un suspiro largo, tembloroso, cargado de un horror y alivio profundo y genuino. Sus pulgares presionaron la pantalla negra.

Estaba sin batería. Corrió hacia el buró, agarró el cable cargador y lo enchufó a la pared.

Se quedó de pie, sosteniendo el teléfono con ambas manos mientras esperaba que encendiera, sin parpadear. Yo la miraba en silencio. Era mi mujer, pero parecía una completa extraña. Estaba presenciando su secreto.

La manzana de Apple apareció en la pantalla. Segundos después, la luz iluminó su rostro.

Y nos miramos. Ella sabía que yo mentía, porque el teléfono se lo había quitado David. Yo sabía que ella mentía en todo lo demás. ¿Qué me iba a decir al respecto?

Ninguno de los dos decía nada. Era un duelo de mentiras donde ambos conocíamos la verdad del otro, pero estábamos aterrados de cruzar la línea y soltarla.

Regina tragó saliva. Vi cómo su garganta se movía. Bajó la vista hacia la pantalla y bloqueó el teléfono rápidamente, apretándolo contra su pecho.

—Tienes razón —dijo, con una voz que intentaba sonar firme, pero que arrastraba un ligero temblor—. Seguro se me salió de la bolsa... Como andaba a las prisas, ni cuenta me di. Gracias, Marco.

El cinismo de su respuesta me indignó. Me estaba viendo la cara de idiota sin el menor reparo, asumiendo que mi ceguera de marido era total.

—De nada, mi amor —respondí, dándome la vuelta hacia el clóset para fingir que buscaba ropa de estar en casa—. Qué bueno que apareció, ya ves que luego es un problema recuperar los contactos.

A hurtadillas le envié un mensaje a David donde le puse un simple “Entregado” y ratito después escuché una ligera vibración. El teléfono en sus manos acababa de recibir una notificación.

Regina bajó la mirada hacia el aparato. Sus pulgares tocaron la pantalla para leer la pantalla. Esperé ver cómo se derretía, cómo caía de rodillas ante la llamada de su amo, pero lo que presencié fue algo muy distinto.

La mandíbula de mi esposa se tensó hasta que los músculos se le marcaron bajo la piel.

Un destello de indignación y coraje genuino le cruzó los ojos grises.

La frustración del fin de semana, la humillación de haber sido amarrada, vendada y dejada a medias en ese penthouse, todavía le ardía en el orgullo.

Regina era una mujer estricta y altiva; no iba a mover la cola tan rápido solo porque el hombre que la había usado decidiera mandarle un mensajito.

Presionó el botón lateral con fuerza. La pantalla se fue a negro.

No le contestó.

—Pide la pizza, Marco —me ordenó de pronto, arrojando el iPhone sobre el colchón con un gesto de evidente fastidio, como si el aparato le quemara las manos—.

De peperoni, por favor. Voy a aprovechar para meter ropa a la lavadora.

Mañana no tengo blusas presentables para el despacho y no quiero andar a las prisas.

—Sí, claro, mi amor. Ahorita la pido —respondí, fingiendo estar muy concentrado acomodando mis camisas.

Regina salió de la recámara caminando con pasos pesados. Segundos después, escuché el ruido del agua llenando la tina de la lavadora al fondo del pasillo.

Estaba a solas.

Saqué mi propio celular y pedí la pizza rápidamente a través de la aplicación para no perder tiempo hablando con una operadora. Tenía veinte, tal vez veinticinco minutos antes de que el repartidor tocara el timbre, y la sangre me hervía de curiosidad.

La mente me daba vueltas a una velocidad enfermiza.

Había visto las fotos. Había visto el video.

Sabía que Regina se había grabado en nuestra propia casa usando un arnés de cuero, un collar de perro y un consolador inmenso.

Y si ella se grababa aquí, en nuestra intimidad, esas cosas tenían que estar escondidas en alguna parte.

No las podía tirar a la basura. Tenía que guardarlas.

Me froté las manos, sintiendo que la respiración me faltaba. Empecé a buscar.

Primero abrí sus cajones de ropa interior. Rebusqué frenéticamente debajo de sus sostenes de media copa, entre sus calzoncitos de algodón y las medias de nylon y de seda. Nada.

—Mierda…

Me arrodillé y metí las manos debajo de la cama, palpando la oscuridad. Nada. Fui a su tocador, abrí los compartimentos donde guardaba el maquillaje y las cremas caras. Solo encontré cosméticos.

¿Dónde carajos escondería una contadora estricta sus juguetes de perversión en una casa tan pequeña como la nuestra? Tenía que ser un lugar que yo jamás revisara. Un lugar sagrado. Aburrido. Intocable.

Levanté la vista hacia la parte más alta del clóset.

Ahí, cubierta por una fina capa de polvo, descansaba una caja rectangular y grande de cartón blanco con letras plateadas cursivas: Boutique Nupcial.

Era la caja donde Regina guardaba su vestido de novia.

Ese vestido de encaje blanco que me costó carísimo, que mandó a la tintorería especial después de nuestra boda para "preservarlo para toda la vida" como el mayor símbolo de nuestro matrimonio y nuestra fidelidad. En cinco años, yo jamás había tocado esa caja. Para mí era un objeto de reverencia.

Acerqué una silla del rincón, me subí en ella y agarré la caja. Pesaba un poco más de lo que recordaba. La bajé con cuidado y la puse sobre nuestra cama, justo al lado del celular que David acababa de hacer vibrar.

Mis manos temblaban. Levanté la tapa de cartón.

El olor a tela guardada me llegó a la nariz. El vestido estaba envuelto en papel de seda color marfil. Aparté el papel con cuidado, viendo los bordados de pedrería y el corsé blanco que alguna vez estuvo en su cuerpo el día que juró serme fiel.

Metí las manos debajo de la falda de tul, buscando en el fondo de la caja. Mis dedos rozaron algo que no era tela. Era algo frío. Metálico. Y cuero grueso.

Sentí que el estómago se me encogía.

Tiré de los objetos, sacándolos de su escondite y poniéndolos sobre el blanco inmaculado del vestido de novia.

El contraste fue la cosa más morbosa y devastadora que he visto en mi vida.

Ahí estaba. Un arnés de correas de cuero negro, pesado y lleno de argollas de metal. Junto al arnés, descansaba un collar de perro, también de cuero negro, con una hebilla ancha y un pequeño aro diseñado para enganchar una correa.

Y debajo de todo eso, envuelto en una bolsa de plástico transparente, estaba el consolador morado. El mismo juguete grueso y venoso con el que la había visto masturbarse como loca en la alfombra de la sala.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Y luego me quedé sin aire. Me llevé una mano a la boca, ahogando un gemido de impacto y excitación.

La metáfora era brutal. Mi esposa, una mujer seria y calculadora, había escondido sus fantasías más sucias y degradantes, sus herramientas de sumisión, literalmente debajo del vestido de nuestra boda.

Su matrimonio conmigo era solo la capa superficial que usaba para tapar a la puta que llevaba por dentro.

—No me lo puedo creer…