Capítulo 10
Me senté en mi módulo con la vista clavada en la esquina inferior de mi monitor. El reloj digital marcaba la una con cincuenta minutos de la tarde.
Miré hacia el pasillo. Faltaban diez minutos para la cita en el archivo muerto. Y me pregunté si Macarena sería lo suficientemente inteligente y valiente para no acudir a la cita.
Así que me puse manos a la obra.
Me froté la cara con ambas manos, sintiendo el sudor frío en las palmas.
Sabía que no era ningún héroe. No había podido defender a mi propia mujer de mi pervertido jefe, aun si todavía no se la había cogido tal cual, sin embargo, la imagen de Maca, rota, llorando en los escalones o convencida de que era basura, me removió algo en el estómago.
Una chispa de orgullo patético. Una necesidad de tener control sobre al menos un maldito detalle en esta empresa podrida.
Me levanté de golpe.
Caminé por el pasillo evitando cruzar miradas con nadie. El archivo muerto estaba muy, pero muy en el fondo del piso, una habitación sin ventanas, llena de estantes metálicos repletos de carpetas fiscales de años pasados. Casi nadie entraba ahí. Era la trampa perfecta.
Me detuve frente a la puerta de madera. Tomé aire y empujé la manija.
La poca luz de las lámparas fluorescentes parpadeaba. Ahí estaba Rodrigo.
Estaba sentado sobre una caja de cartón duro, recargado contra uno de los estantes del fondo.
Tenía el celular en la mano, tecleando con una sonrisa torcida, seguramente mandándole la última amenaza a la chica de nóminas.
Al escuchar la puerta, levantó la vista rápido, esperando ver entrar a su presa asustada.
Su sonrisa se borró de tajo al verme a mí.
—Te equivocaste de puerta, pajero —me soltó de inmediato, guardando su teléfono en el pantalón con evidente fastidio—. Aquí no hay computadoras para que te encierres a ver tus porquerías. Lárgate, estoy esperando a alguien.
—Maca no va a venir, Rodrigo —dije, cerrando la puerta a mis espaldas y dando un paso hacia él. La voz me tembló un poco, pero me esforcé por mantener la barbilla en alto.
Rodrigo soltó una carcajada seca, negando con la cabeza. Se puso de pie, cruzándose de brazos. Su complexión atlética contrastaba con mi postura delgada.
—Ah, cabrón. No me digas. ¿Ahora resulta que nuestra chica de nóminas mandó a su abogado defensor? ¿Qué te dijo? ¿Te mandó a pedirme clemencia?
—Le dije a Evaristo que viniera a revisar unas cajas aquí abajo —mentí, mirándolo fijo a los ojos—. Le dije que Maca me pidió unas pólizas viejas y que él me ayudara a cargarlas. Viene para acá, Rodrigo. Debe estar por abrir esa puerta en cualquier momento.
Rodrigo frunció el ceño. Miró hacia la puerta de madera y luego me clavó una mirada llena de repudio. Sabía que no podía arriesgarse a que el novio lo encontrara ahí encerrado.
—Eres un puto dolor de huevos, Marco. ¿De verdad te crees el guardián de la moral?
—dio un paso hacia mí, acercándose, obligándome a echar los hombros hacia atrás—.
Qué tierno. Pero te aviso una cosa. A las zorras como Maca no las salvas con buenas acciones.
Esa mosquita muerta necesita que se la cojan duro, y ya le gustó.
Lo que tú estás haciendo es prolongar lo inevitable.
—Déjala en paz, Rodrigo, y hazme el puto favor de borrar esa mierda de video, porque además, dice Maca que salgo yo. Si se te ocurre mandárselo a alguien, o hacerlo público, no te la vas andar acabando cabrón.
—¡Asústame, panteón! —se burló, pero estaba encabritado.
—Yo nomás te digo, Rodrigo.
Rodrigo sonrió. Me miró de arriba abajo, deteniéndose unos segundos en mi entrepierna, recordándome la humillación de la fiesta.
—No tienes los huevos para hacerme nada, Marquito.
Mírate. Eres un pajillero mirón. Eres de esos pendejos que se la pasan cuidando el plato para que otros cabrones nos lo comamos.
Me das mucha lástima, güey. Te conformas con mirar y jugar al superhéroe porque en el fondo sabes que no sirves para satisfacer a una hembra.
Mejor cuida tu propio plato, ¿eh?, porque se me hace que ya se lo anda tragando otro.
Tragué saliva, sintiendo que sus palabras me rasgaban la poca dignidad que me quedaba. ¿De qué mierdas hablaba? ¿Acaso Rodrigo sabía algo… respecto a David y mi esposa? No, imposible, nadie la conocía.
—Evaristo ya viene —repetí, sin tener otra defensa.
—Pues que venga el pendejo —Rodrigo me empujó por el hombro con fuerza, haciéndome a un lado para caminar hacia la salida.
—Pues como quieras —me burlé, hasta que Rodrigo ya no pudo defenderse.
—Ganaste hoy, pajero. Pero te aviso que la próxima semana nos toca auditoría en el hotel del centro, y Maca va en mi equipo. No vas a poder estar detrás de ella toda la vida.
—¡Déjala en paz, Rodrigo!
—¡Vete a la mierda, pinche pajillero pusilánime entrometido!
Abrió la puerta y salió del archivo, dejándome solo entre los estantes de metal.
Me quedé un par de minutos a oscuras, asimilando lo que había pasado.
Rodrigo tenía razón en todo. Esto era solo un parche temporal, y sus insultos me habían dejado expuesto como el cobarde que en realidad era.
Yo era un pusilánime jugando a ser el salvador de una mujer que ni siquiera era la mía, mientras a mi propia esposa me la estaban arrebatando.
Solté el aire de golpe, apoyando las manos en mis rodillas para recuperar el aliento. Me tragué la bilis, me enderecé y empujé la pesada puerta de madera.
Al salir al pasillo mal iluminado, casi choco con ella.
Maca estaba pegada a la pared, temblando como una hoja, con las uñas clavadas en una carpeta que llevaba apretada contra el pecho. Al verme salir ileso y solo, abrió mucho los ojos detrás de sus lentes redondos. Su rostro era una máscara de terror y angustia contenida.
—Marco... —susurró, con un hilo de voz que apenas y se escuchaba—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está él?
Me acerqué a ella, mirando por encima de su hombro para asegurarme de que nadie más anduviera merodeando por el pasillo ciego.
—Ya se fue —le dije, en voz baja, obligándome a usar un tono mucho más frío y cortante del que planeaba—. Lo frené. Le dije que Evaristo venía para acá a revisar unas cajas conmigo y se asustó. Ya la libraste por hoy, Maca.
Ella dejó escapar un sollozo ahogado. Las rodillas parecieron cederle por un segundo y se tapó la boca con ambas manos, gimoteando de alivio.
—Gracias, Marco... Dios mío, te lo juro que gracias…
—Escúchame bien —la interrumpí, agarrándola del codo con firmeza para que reaccionara.
No quería su gratitud; la cercanía de sus problemas me estaba asfixiando por completo—.
Saca tu teléfono ahorita mismo y bloquea su número.
Bórralo, ignóralo, haz lo que tengas que hacer, pero no le vuelvas a contestar ni leas nada de lo que te mande.
Maca asintió frenéticamente, sacando el aparato con manos torpes de la bolsa de su suéter y tecleando en la pantalla mojada por sus lágrimas.
—Pero te aviso una cosa, Maca —continué, dando un paso hacia atrás, marcando mi distancia de forma definitiva—.
Lo que pase a partir de mañana ya es exclusivamente tu responsabilidad.
Ya te di el beneficio del tiempo para que corrijas tu desastre, pero yo no puedo andar pisándote los talones, y no quiero meterme en más problemas.
Tengo mi propia vida y mis propias broncas, broncas muy graves.
Si dejas que ese cabrón te vuelva a acorralar o a chantajear, será porque tú quieres.
Yo me lavo las manos. Hasta aquí llegué.
La expresión de inmenso alivio en el rostro de la chica se congeló de inmediato, siendo reemplazada por un entendimiento doloroso y solitario. Sabía que la estaba abandonando a su suerte.
Antes de que pudiera responderme o suplicarme que no la dejara sola, el sonido fuerte y rítmico de unos tacones resonó al inicio del pasillo. Ambas cabezas giraron de golpe.
Era Claudia.
Esta vez no iba solo de paso hacia los baños.
Venía caminando directamente hacia la zona del archivo muerto con una pila de fólders en los brazos.
Al vernos ahí parados, a escasos metros de la puerta del cuarto oscuro que nadie usaba, levantó una ceja.
Su mirada afilada escaneó primero el rostro enrojecido y lloroso de Maca, y luego se clavó en mí con una desconfianza brutal.
—¿Y ahora? —preguntó Claudia, deteniéndose en seco frente a nosotros. Su tono ya no era el de la compañera que pregunta con falsa preocupación, sino de franca y abierta sospecha—. ¿Qué tanto hacen ustedes dos escondidos aquí en el fondo del archivo muerto?
—Nada —me adelanté rápido, sintiendo que el corazón me volvía a martillar contra las costillas—. Maca me estaba ayudando a buscar unas pólizas del año pasado, pero adentro hay demasiado polvo encerrado. Le dio alergia fuerte.
Claudia entrecerró los ojos. Miró la puerta cerrada del archivo, luego la carpeta que Maca abrazaba, y finalmente nos escudriñó de arriba abajo con una sonrisita de superioridad.
—Pues para ser simple alergia de polvo se ve muy asustada la niña —comentó Claudia, en un tono mordaz—.
Tengan mucho cuidado, parejita. Saben que a David no le gustan las "pláticas privadas" en horas de oficina, y menos en los pasillos ciegos como este.
Si alguien más los ve salir del cuartito oscuro juntos y así de nerviosos, van a empezar a decir que ustedes dos traen algo raro a espaldas de Evaristo.
El insinuar un amorío de oficina entre nosotros fue la gota que derramó el vaso de mi cordura. Lo último que necesitaba en la vida era que el maldito chisme del departamento me vinculara románticamente con la novia de Evaristo, atrayendo más miradas hacia mí.
—Son simples pendejadas lo que imaginas, Claudia. Ya nos íbamos —gruñí, pasando por su lado sin darle margen a más explicaciones y empujando su hombro levemente al cruzar el pasillo.
Dejé a Maca ahí, congelada y aterrorizada bajo el escrutinio de la contadora senior, y caminé rápido de regreso a la luz de los módulos principales.
El resto de la tarde me la pasé con ansiedad.