Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Hijo de puta... —susurré, horrorizado—. Te grabó… ¿pero en qué momento? Si yo estuve allí todo el tiempo y no vi que… ¿Fue Rubí?

—¡No, fue Rodri mismo. Puso su celular en el buró mientras lo hacíamos! —lloró ella—. ¡Se ve mi cara perfectamente, Marco! Y en algún momento… se cae el teléfono, y se ve la tuya.

—¿La mía? ¡Qué cabrón de mierda!

—¡Se ve cómo me la está metiendo y cómo lo estoy abrazando...! Si Evaristo ve eso, le voy a destruir la vida.

—Vamos a denunciarlo. Ahorita mismo. Esto es sextorsión, Maca. Podemos ir a la policía. Está la ley Olimpia…

—¡No podemos! Lee lo de abajo. No me está pidiendo dinero.

Bajé la mirada hacia la pantalla.

Rodri (12:00 pm): A las dos de la tarde en el archivo muerto, princesita. Te quiero ver ahí. Abierta de piernas, esperándome. Si no estás a esa hora, le reenviaré el video al Nerd antes de las tres.

—Archivo muerto. A las dos —leí en voz alta, sintiendo náuseas—. Evidentemente no vas a ir, ¿verdad? Mándalo a la mierda. Es un chantaje asqueroso, no puedes permitir que te siga usando. Cuéntale a Evaristo antes de que Rodrigo le mande nada.

Maca cerró los ojos y se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentada en los escalones fríos. Abrazó sus propias rodillas, temblando como una hoja.

—No puedo, Marco... no puedo decirle a Evaristo nada, no tengo el valor —sollozó, negando con la cabeza—. Si él ve ese video, se va a morir. Se va a dar cuenta de que no soy la mujer digna que él cree.

—Pero fue una trampa, estabas ahogada en alcohol...

—¡Pero en el video se ve cómo me entrego, Marco! —me interrumpió, clavándome una mirada llena de asco hacia sí misma—. Evaristo me trata como a una reina, con una delicadeza que no merezco. Y yo... yo dejé que ese animal me tratara como a una ramera. Y peor aún, en el video... parezco una…

Se tapó la cara con las manos, llorando con un dolor sordo, desgarrador.

—Me siento sucia, Marco. Me siento vacía. Siento que Rodrigo me rompió algo por dentro. Tiene razón... —balbuceó, con la voz ahogada por las lágrimas—. Soy una cualquiera. Ya no merezco a Evaristo. Siento que ahora solo sirvo para esto... para que un cabrón como él me use a escondidas.

Me quedé de piedra. Lo que vi en sus ojos detrás de esos lentes redondos ya no era solo terror.

Era una rendición total. Rodrigo no solo la había violado psicológicamente y chantajeado; le había destrozado la autoestima de un solo golpe, convenciéndola de que ahora era basura y, por lo tanto, le pertenecía a él.

Miré a la dulce chica de nóminas destrozada en las escaleras. Estaba rota. Corrompida hasta la médula por los depredadores de la oficina. Y yo no era un salvador. Yo era igual que ella.

Me agaché a su altura y la miré a los ojos.

—Lo mejor que puedes hacer, Maca, es alejarte sí o sí de Rodri y Rubí —le dije, con un tono frío, letal—.

Si vas a ese cuarto hoy porque te crees que no vales nada más, le estarás entregando tu voluntad.

Hoy será el archivo, mañana el estacionamiento, y la próxima semana estarás chupándosela mientras Evaristo te espera arriba con las invitaciones de la boda.

Ella sollozó, negando con la cabeza, pero sin poder refutar mi sentencia, aplastada por su propia vergüenza.

—Y lo peor de todo... es que de tanto dejarte humillar, vas a terminar creyendo que lo necesitas.

Esperé a que se tranquilizara en silencio. Sus lágrimas caían pesadas contra el piso de cemento.

Y para nuestra mala fortuna, justo en ese momento, el crujido de la pesada puerta cortafuegos nos hizo dar un respingo a ambos.

Era Claudia.

Se detuvo en seco en el descanso de las escaleras, sosteniendo un termo de café en la mano. Su mirada barrió la escena: Maca hecha un ovillo en el piso, con el rostro enrojecido y manchado de lágrimas, y yo, agachado junto a ella en una actitud demasiado íntima y cómplice.

La expresión amable de Claudia desapareció al instante, reemplazada por una mueca de extrañeza y franca sospecha. Su vista iba de los ojos llorosos de Maca a mi postura tensa.

—¿Todo bien, Maca, Marco? —preguntó Claudia, entrecerrando los ojos, con un tono que dejaba clarísimo que no creía que nada estuviera bien.

Un sudor frío me recorrió la nuca. Lo último que necesitaba en este infierno era que la chismosa número uno del departamento pensara que entre la prometida de Evaristo y yo había algo raro o que la estaba acosando.

—Nada, nada… —me puse de pie de un salto, aclarándome la garganta—. Es que… Maca se sigue sintiendo muy mal del estómago por lo de la fiesta. Le dio un mareo fuerte.

Claudia no compró la mentira. Arqueó una ceja, mirando fijamente la carpeta tirada en el suelo y el teléfono apretado en las manos temblorosas de la chica.

—Está bien —dijo Claudia con una frialdad cortante, dando un paso hacia nosotros—. Yo me quedo con ella. Ve a tu lugar, Marco.

No tuve margen para discutir. Asentí rápidamente, bajando la mirada para evitar sus ojos escrutadores.

—¡Mierda! ¡Espero que no haya un malentendido, que lo último que necesito son nuevos putos problemas!

Salí de las escaleras. El peso del teléfono de mi esposa en mi bolsillo parecía quemarme a través de la tela.