Capítulo 9 #3
—No te va a pedir ningún divorcio, idiota —me interrumpió David, clavándome esa mirada verde—. Acabo de demostrarte los secretos de su galería. Es una sumisa natural. Y tú eres el cornudo que se hace pajas pensando en eso. Son tal para cual. Almas gemelas. Par de pervertidos. Además...
Hizo una pausa, dándole un golpecito al escritorio.
—Yo ya no necesito amenazarte con recursos humanos ni con quitarte tu sueldo. Tu peor miedo ahora es que me la lleve para siempre.
Tragué saliva, sintiendo el peso de su control total.
—Toma el aparato y méteselo en su bolsa —continuó él—.
Y quiero que entiendas que esto es lo que pasará ahora.
Si tu mujercita sigue ganosa, como yo espero que siga, y yo no estoy a su lado, en su desesperación se buscará a otro cabrón en la calle.
Así que es mejor que no hagas nada para bloquearme mi trabajo.
Lo mejor que puedes hacer, es que sea yo quien la termine de pervertir, para que regrese a ti domesticada. Tú decides.
Con las manos temblando violentamente, agarré el teléfono de Regina y me lo metí al bolsillo del pantalón. Mi mente, enferma y adicta al sufrimiento, prefería mil veces que fuera David quien se la cogiera a que ella buscara a un extraño.
—Ahora sí, a trabajar, Marquito —dijo David, abriendo una carpeta y dando por terminada la reunión—. Y límpiate la cara antes de salir, pareces una vieja llorona.
Me levanté tropezando y salí de la oficina de cristal.
Caminé por el pasillo central como un espectro. Todo a mi alrededor parecía irreal. Enterarme de las fantasías que ocultaba mi esposa para sí… me tenía trastornado, muy sorprendido… ¿desde cuándo? ¿y por qué no había confiado en mí?
Me dolía que hubiera tenido que ser ese hijo de puta el que las descubriera, y no yo, el hombre que en verdad debía conocerla de cabo a rabo.
—Ufff… qué más cosas me ocultas, Regi, qué más…
Me senté en mi cubículo, apoyé la frente en mis manos y traté de respirar.
La imagen de mi mujer atada, con babaza escurriéndole de la boca y probando sus propios fluidos, se repetía en mi cerebro como un disco rayado.
Me tuve que pasar esa foto de su celular a mi teléfono antes de salir de la oficina del jefe, necesitaba seguirla analizando después.
Lo peor es que… o bien David o la propia Regina, habían eliminado cualquier chat que hubieran podido tener entre los dos, y no podía analizar a mayor profundidad.
Eran las doce y media del mediodía cuando escuché una voz a mi lado.
—Marco... ¿tienes un minuto?
Levanté la cabeza de golpe. Para mi sorpresa era Maca.
Se veía mil veces peor que en la mañana. Llevaba ese mismo suéter de cuello de tortuga y la mascada atada al cuello, pero su rostro era pálido, cenizo. Detrás de sus lentes redondos, sus ojos estaban enrojecidos, vidriosos, repletos de un terror ciego y suplicante.
—¿Qué pasa, Maca? Te ves muy mal —pregunté, bajando la voz al instante.
—Acompáñame a las escaleras de servicio. Por favor. Necesito hablar contigo... me estoy volviendo loca.
Se mordió el labio inferior para reprimir un sollozo, apretando una carpeta contra su pecho. Miré hacia el fondo del pasillo. Evaristo estaba hablando por teléfono, ignorante de todo.
—Sí. Vamos —dije, levantándome.
Apenas entramos al cubo de las escaleras de cemento, Maca dejó caer la carpeta al piso, se tapó el rostro con ambas manos y rompió a llorar desconsoladamente.
—Tranquila, Maca, tranquila... respira —le dije, acercándome a ella, sintiéndome como un monstruo hipócrita por intentar consolarla.
—¡No puedo, Marco! —sollozó ella, temblando, recargándose contra la pared—. Primero quiero pedirte perdón por lo que pasó el viernes, te juro que yo no soy así… estaba borracha, estaba… Dios mío, Marco, por favor, perdóname… Yo siento que soy la peor basura del mundo. ¡Me siento sucia!
—Escúchame. Lo que pasó el viernes... no pasa nada, yo sé que estabas muy tomada y... fue un error.
—¡No fue un error! —Maca me cortó, agarrándome del brazo con una fuerza desesperada—. ¡Yo le dije que sí! Tú me escuchaste, Marco. Tú me quisiste salvar y yo le dije a Rodrigo que quería que me lo hiciera. Yo le di mi consentimiento... soy una puta, Marco. Pero te juro que estaba fuera de sí.
—Lo sé, y además estabas manipulada, Maca. El alcohol te nubló el juicio. Te metieron ideas.
—¡Ojalá fuera solo eso! —sacó su teléfono celular del bolsillo del vestido—. Ojalá hubiera sido cosa de una noche. Pero mira esto.
Me tendió su teléfono con la mano temblorosa. Lo tomé.
Era el chat de Rodrigo.
Rodri (11:45 am): Qué bonita te ves hoy con tu pañoleta, princesita. Se nota que quieres tapar las marcas que te dejé cuando te rompí el coñito el viernes.
Maca (11:46 am): Por favor, Rodrigo, déjame en paz. Me siento horrible. Quiero que esto ya quede por la paz. Quiero que olvidemos todo.
Rodri (11:48 am): Ah, qué lástima. Pensé que le íbamos a enseñar el video que grabé a Evaristo, para que viera cómo su futura esposa me rogaba a gritos que le metiera toda la verga.
Debajo del mensaje, había una foto de una captura de pantalla del video.