Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Lo que escuchas. Tiene un coñito precioso, cabrón —David se humedeció los labios, clavándome esa mirada verde que me desnudaba el alma—. Peludita, justo como a mí me gustan. Un vello oscuro que hace contraste con lo rosita y carnoso que tiene los labios.

—No tienes por qué darme esos detalles, David, yo mismo lo sé.

—Ah, claro que tengo que dártelos. Porque la estoy evaluando.

De hecho, estaba pensando que, cuando se le pase el enojo y regrese arrastrándose a mí, me gustaría pedirle que se haga un depilado láser.

Completito. Para que le luzca más, para que cuando se me abra de piernas yo pueda verle cada pliegue rosita sin que nada me estorbe.

¿Tú qué opinas, como su marido? ¿Crees que me haga caso?

—No. No te hará caso. Y menos porque tú estás enfermo... —tragué saliva. Me sentía como un pelele, y aun así, la sangre me hervía en la ingle imaginando a mi mujer depilándose toda solo para complacerlo a él.

—El enfermo eres tú, que me pides que te cuente —se burló él—.

Tu mujer estaba ahí temblando. Escuchaba cómo su respiración se agitaba, cómo tragaba saliva.

Le pasé la yema de los dedos por los muslos y pegó un brinco.

Estaba hipersensible. Cada vez que la rozaba, se le erizaba la piel.

Ver la piel de gallina en una mujer tan dura y orgullosa es un puto manjar.

—Ella no es así... ella no se deja someter tan fácil. Seguramente se te resistió.

—Claro que se me resistió —sonrió David, encantado con su propia perversión—. Ese es el mejor juego. Se hacía la digna. 'Suéltame, no hagas esto, David, me tengo que ir a mi casa', balbuceaba. Pero mientras me decía que parara, más abría las piernas, Marco, más se encharcaba.

—Eso no tiene sentido...

—Tiene todo el sentido del mundo. Estaba renuente a continuar, luchando contra su moral de mierda, pero a la vez lo deseaba y lo pedía. Su cuerpo la delataba.

David hizo una pausa, acercándose más al borde del escritorio, invadiendo mi espacio personal.

—Le bajé la tanga de encaje hasta los tobillos, dejándosela atorada en los tacones de oficina —continuó David, saboreando mi tortura con una lentitud deliberada—.

Me subí a la cama, de rodillas, hasta quedar frente a ella, me bajé el pantalón, la ropa interior, y le pasé la verga por sus labios vaginales, apenas rozando esa carnosidad que ya estaba escurriendo por mis dedos.

Sabía que estaba desesperada por sentirla adentro.

Y para que viera a lo que se enfrentaba, le levanté la venda de los ojos un segundo.

Solo para que mirara el pedazo de verga que se iba a comer.

Abrí los ojos. El terror y la excitación peleaban en mis entrañas.

—Abrió esos ojotes grises de par en par —David hizo una pausa para clavar sus ojos verdes en los míos, con una sonrisa sádica, clavándome el puñal justo en el orgullo—.

Fascinada y aterrada al mismo tiempo. Al ver mi verga, le tembló la quijada, Marco.

Me confesó ahí mismo, temblando en la cama, que en toda su vida nunca había visto algo de ese tamaño.

Que no sabía si le iba a caber de lo inmensamente gruesa que estaba.

Me encogí en la silla, sintiendo que un balde de agua helada me caía encima. El aire se me atoró en la garganta y las uñas se me clavaron en las palmas.

—Pobre mujer, Marquito... —remató David, arrastrando las palabras, destruyendo mi masculinidad por completo—.

Vivir tantos años casada con un pusilánime que, a juzgar por lo que noté, la tiene a dieta estricta.

Ver esa inmensidad tan cerca de su boca tuvo que ser un shock brutal.

Se dio cuenta de todo lo que se había estado perdiendo contigo.

Volví a ponerle la venda y ahí perdió toda su compostura.

—¿Qué... qué hizo? —pregunté, odiándome por suplicarle los detalles, pero incapaz de detener mi morbo.

—Me suplicó, apretando los muslos blancos. Me dijo: "Métemela ya, David, por favor, métemela hasta el fondo, hazme lo que quieras, pero dámela ya".

—¿Qué? No. Ella no usa esas palabras.

—Qué poco la conoces, entonces.

El corazón me martillaba en los oídos. La humillación era tan directa que me dieron ganas de salir corriendo de allí, pero el maldito bulto en mi entrepierna seguía ahí, delatando mi enfermedad.

—Y tú... ¿qué hiciste? —quise saber.

—Le abrí los labios rositas vaginales con mis pulgares y le restregué el glande mojado por toda la raja —sonrió David, disfrutando mi desesperación—.

Dio un alarido, Marco. Debiste oírlo. Un grito que me vibró en los putos huevos.

Empezó a mover las caderas como loca sobre el colchón.

Se empujaba contra mí, intentando ensartarse ella sola, buscando clavarse mi verga como fuera.

Pero yo la agarraba de la cintura y la echaba para atrás.

'Todavía no te la ganas, perra', le susurré al oído.

—Mierda... —me froté los ojos, sintiendo que el mundo se me caía encima.

—Soy un hombre que sabe lo que hace. Le di de probar mis dedos.

Dos, luego tres dedos gruesos hasta el fondo de su coño apretado.

Y cada vez que se venía, le apretaba la venda de los ojos para que lo sintiera más profundo.

Echó la cabeza hacia atrás. Empezó a jadear como un animal asfixiado.

Le escurría la baba por la comisura de la boca, Marco.

Te lo juro, un hilo de baba bajándole por el cuello de lo excitada y perdida que estaba.

David levantó su propia mano, mirándose los dedos, como si recordara la textura.

—Y como estaba tan mojadita, sacaba mis dedos empapados de sus jugos —continuó él en un susurro letal—. Se los llevé a la boca. Le abrí los labios y le metí mis dedos sucios en la lengua. Le di de comer sus propios fluidos, cabrón.

Di un salto en la silla.

No sabía ni qué decirle para no quedar como imbécil. Sí, más de lo que ya estaba.

—Y ella, tu amada esposita, los chupaba, Marquito. Me limpiaba los dedos con la lengua, tragándose sus propios caldos, su propio sabor, mientras gemía con la boca llena de mis dedos.

—¡Eres un cabrón! —grité en un susurro, apretando los puños sobre mis rodillas, sintiendo unas náuseas mezcladas con una calentura bestial.

—Pues sí, literalmente soy el cabrón que la está sacando de su burbuja, del closet donde estaba oculta —replicó David con una calma demoledora—.

Tú solo la tenías adormecida. Ahora, cada vez que la toques con tus manitas temblorosas y tu penecito, ella va a cerrar los ojos y va a recordar el sabor de sus propios jugos en mis dedos y cómo le ardía el coño en mi cama, pidiéndome a gritos que se la metiera.

—¿Y por qué me mandaste ese mensaje diciendo que me la ibas a regresar el domingo o el lunes? ¿A qué hora la sacaste de ahí?

—La desaté luego de eso. La dejé ardiendo, empapada, y le dije que se vistiera.

—¿Entonces no te la cogiste?

—Podría habérmela cogido por todos los agujeros desde el día uno en la camioneta si yo hubiera querido, Marco, de eso no tengas dudas —dijo David, mirándome con lástima—.

Podría habérsela metido por la garganta hasta ahogarla.

Pero mi plan es darle su medicina en dosis.

La dejé frustrada, le negué el final de la cogida.

Y eso le dolió muchísimo en su enorme ego.

—Por eso estaba tan furiosa en la casa el sábado en la madrugada... —murmuré, recordando sus gritos—. No era del todo por mí. Regina estaba descargando la rabia de que la dejaras a medias.

—Estalló —sonrió él, encantado con su propio juego—.

Se sintió tan humillada por haberse dejado hacer de todo por mí, por haberse dejado vendar, manosear y probar sus jugos para que yo al final la dejara a medias, que perdió los papeles.

Me gritó, como te has de imaginar. Me dijo que era un manipulador enfermo y me juró que no me iba a volver a ver en su puta vida.

Se vistió rápido y se largó hecha una furia.

Ni siquiera me dejó que la llevara a su humilde morada.

El pecho se me llenó de aire fresco de pronto. Una oleada de alivio genuino me recorrió el cuerpo entero.

—Pues me alegra que se fuera, entonces...

—solté el aire de golpe, apoyando las manos en mis rodillas—.

Eso significa que se dio cuenta de la clase de enfermo que eres en realidad.

Te das mucha importancia, David, y ya ves, mi esposa está encabronada contigo y dudo que te vuelva a dirigir la palabra. A estas alturas, ella te odia.

David me miró en silencio por un segundo antes de soltar una carcajada oscura, profunda y burlona.

—Me subestimas demasiado, Marquito. Y mejor que me empieces a respetar un poco más, porque si te fijas, yo mismo te he estado poniendo al tanto de todas las travesuras infieles que ha hecho tu mujercita santa conmigo.

—¡Ella no ha hecho nada por gusto! —exclamé, sintiendo que me acorralaba.

—Tengo tal poder sobre las mujeres —continuó David, bajando el tono a un nivel de frialdad aplastante—, que si a mí se me diera la gana, tu esposa te pondría los cuernos conmigo hoy mismo, y tú ni siquiera te enterarías.

Vivirías engañado como un idiota el resto de tu vida.

Pero ese no es el juego. El juego es demostrarte que tu mujer es una ramera que en pocos días ya se encoñó conmigo.

Y te lo voy a demostrar a ti, y se lo voy a demostrar a ella.

El peso de sus palabras me aplastó. El cabrón tenía razón. Yo solo era un espectador al que él le daba permiso de mirar.

David tomó el teléfono de Regina y lo empujó por la mesa hacia mí.

—Toma esto. Hoy en la noche, cuando llegues a tu casa, mételo discretamente en el fondo de su bolsa.

—¿Qué? —parpadeé, mirándolo aterrado—. ¿Quieres que se lo regrese a escondidas?

—Dile que lo encontraste tirado en su carro. Dale la excusa que quieras.

—David... no puedo hacer eso. Ella sabe que su teléfono no se pudo haber caído en mi carro. Si le doy el celular, va a saber que … que tú me la entregaste. En el peor de los casos, se enterará de la apuesta, y si mal me va, hasta es capaz de pedirme el divorcio.