Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 9
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Capítulo 9

El silencio en la oficina de David era asfixiante, solo roto por el soplo helado del aire acondicionado. Me quedé clavado en la silla de visitas, con los ojos muy abiertos, mirando el iPhone envuelto en su funda gris rugosa que descansaba sobre la madera pulida del escritorio.

—¿Algo... que ni yo mismo sé? —balbuceé.

La voz me tembló tanto que sonó como el quejido de un animal herido.

David sonrió. Era una sonrisa desprovista de cualquier empatía, la mueca de un cazador que acaba de destripar a su presa y ahora se dispone a exhibir el trofeo.

—Tú crees que conoces a tu mujer, ¿verdad, Marco? —preguntó, inclinándose hacia adelante—. Crees que es esta fortaleza inexpugnable. La contadora estricta de valores de hierro que te regaña por no traer dinero a la casa.

—Ella es así... —intenté defenderme, aunque ni yo me lo creía—. Tiene su carácter.

—Puras pendejadas —me cortó David—. La idolatras. Pero debajo de todo ese teatrito de mujer respetable, Regina es una bomba de tiempo de perversión reprimida. Y yo solo tuve que encender la mecha.

Tomó el teléfono de mi esposa con sus manos enormes y tecleó un código de cuatro dígitos con el pulgar. La pantalla se desbloqueó al instante.

El aire se me atoró en la garganta.

—¡Esa es su contraseña! —exclamé, señalando el aparato—. ¿Cómo carajos la tienes? Ella no le da su clave a nadie.

—Me la dio porque yo se lo pedí. ¿Que se resistió? Sí, un poco al principio. Pero yo todo lo puedo —respondió él, abriendo la aplicación de Fotos—. Y me dio acceso total a su privacidad en menos de cuarenta y ocho horas. Mira, Marquito.

David giró el aparato y lo deslizó por el escritorio hasta dejarlo frente a mí.

—¿Qué es esto? —pregunté, sintiendo que las manos me sudaban frío.

—La carpeta oculta de su galería. La que nunca te ha enseñado. Mira lo que tu intachable esposa guarda ahí.

Bajé la vista. La pantalla retina brillaba con una nitidez cruel. Había decenas de fotos y pequeños videos cortos. Mi respiración se cortó de tajo al ver la primera miniatura. Era Regina.

—Ese... ese es nuestro baño... —susurré, reconociendo el fondo inconfundible de los azulejos blancos que yo mismo había limpiado el fin de semana pasado.

—Abre la foto —ordenó David.

Con el dedo índice temblando, toqué la pantalla.

Regina estaba frente al espejo, completamente desnuda, abriéndose las nalgas con ambas manos y enfocando el lente de la cámara directamente hacia su propio ano y su coño hinchado. Su rostro estaba cortado en el encuadre, pero sus labios gruesos se mordían con fuerza.

—Desliza —me dijo mi jefe.

Deslicé la pantalla, aterrorizado y morboso a partes iguales. Siguiente foto. Regina en nuestra cama matrimonial. Llevaba un arnés de cuero negro, con un consolador inmenso atado a su cintura. Estaba posando a cuatro patas, mirando a la cámara con una expresión de lujuria salvaje que no le conocía.

—Sigue deslizando, Marco. Hay más —ordenó David, disfrutando mi respiración entrecortada.

Pasé el dedo índice por el cristal. Tercera foto.

Era el baño del despacho contable donde trabaja.

Lo reconocí por el tipo de cancelería. Regina llevaba la misma blusa y falda de tubo que usa para ir a la oficina, pero la falda la tenía arremangada hasta la cintura.

No llevaba ropa interior. Estaba sentada en el borde del lavabo, con las piernas abiertas de par en par frente al espejo.

Se estaba metiendo el mango grueso de un frasco de loción hasta el fondo de la vagina, mientras con la otra mano se jalaba un pezón con tanta fuerza que la piel se le veía roja.

—¡En su trabajo...! —susurré, sintiendo una punzada de excitación y terror—. ¡Pero… cómo… cómo...!

—Desesperada por sentir algo grueso, Marquito. A metros de sus socios y clientes. Desliza de nuevo. Mira la que sigue. Esa te va a encantar.

Deslicé la pantalla con la mano temblorosa.

Era un video corto, un clip en bucle de apenas cinco segundos. Regina estaba de rodillas en la alfombra de nuestra propia sala. Completamente desnuda. Tenía un collar de perro de cuero negro apretándole el cuello.

Sostenía con ambas manos un cartel de cartón improvisado frente a sus tetas, escrito con marcador grueso: "Soy una puta sumisa y necesito que un macho de verdad me corrompa".

En el clip, ella sacaba la lengua, jadeando, mirando a la cámara con una expresión de perra rogando por un castigo, mientras un hilo de saliva le escurría por la barbilla.

—¡No puede ser...! —lloriqueé, tapándome la boca, sintiendo que la erección me iba a rasgar el pantalón—. ¡Ella no es así, David, ella… no entiendo… nunca supe de sus… fantasías…!

—Esa es la verdadera Regina —se burló él—. La que me entregaste.

—¿De... de cuándo es esto? —pregunté, sintiendo que iba a explotar de la humillación—. ¿Para quién es esto? ¿A quién se lo mandaba? ¿Tenía un amante?

—Ese es el punto más fascinante, Marco. Revisé sus redes, su WhatsApp, todo. No se lo mandaba a nadie.

No sabía si sentirme aliviado o más perturbado.

—¿Entonces?

—Se grababa para ella misma. Llevaba meses, tal vez años, alimentando una fantasía de sumisión en la oscuridad de su baño mientras tú lo ignorabas.

¿Cómo un marido puede ignorar las fantasías de su propia esposa, Marquito?

¿Dónde queda la comunicación de pareja? Obviamente se nota que tu mujercita estaba desesperada por que un macho de verdad la descubriera, la dominara y la hiciera suya. Y tú ni cuenta te dabas.

Las palabras de David me destrozaron el alma.

Recordé todas las veces que intenté iniciar algo en la cama y ella me rechazaba con la excusa del estrés o dolor de cabeza.

¿Dónde tenía guardadas todas esas cosas?

El arnés, el collar. ¿Por qué no era franca conmigo y me decía en verdad lo que necesitaba?

Yo la pude haber ayudado con eso. ¿Era necesario que apareciera David en nuestras vidas para que yo me enterara de lo que guardaba mi esposa en lo más hondo de mi corazón?

—A lo mejor ella no te tiene la confianza suficiente. Y tú tienes la culpa, Marquito. Le tienes tanto respeto a su disfraz de esposa que te daba terror tocarla como lo que realmente es —continuó David—. Una perra en celo.

—Tampoco te pases, David. No hables así de ella, por favor... —supliqué, tapándome la cara con las manos.

—Tú crees que la obligué a hacer cosas que no quería, o que la maltraté —dijo David, reclinándose en su sillón con una postura relajada—.

Pero no. Te equivocas, Marco. Yo sólo logré quitarle esa coraza de mujer de hierro, esa severidad suya, que tanto oculta.

Y es precisamente su carácter fuerte lo que más me excita.

Me prende a niveles que no te imaginas. Ver cómo una mujer tan dura pierde el control es un privilegio.

Levanté la vista. Él me miraba con una intensidad devoradora.

—Tu mujercita es una profesionista distinguida, segura de sí misma, y por eso me excita hacerla caer —continuó él—.

Amo a las mujeres hermosas, las que no son fáciles, y además me fascina su feminidad.

Con tu mujer solo usé mi presencia, mi voz.

Me acerqué, le hablé fuerte, claro, pero al mismo tiempo le acaricié el cuello.

La hice sentir pequeña, frágil... la hice sentir como una verdadera hembra.

—Ella no se dejaría seducir tan fácil...

—Le hablé al oído. Le describí todo lo que acababa de ver en esta carpeta.

Sus secretos. Y al escuchar sus propias fantasías sucias salir de mi boca, su resistencia se hizo pedazos.

Le quité la blusa despacio, botón por botón, besándole la piel.

La lencería que usa es exquisita. Tiene gustos caros por debajo de la ropa de oficina.

Sentí una punzada de dolor en la entrepierna. Una erección brutal, involuntaria y asquerosamente dura, se formó contra el cierre de mi pantalón. El morbo de imaginar a mi mujer expuesta y dócil ante los tratos seductores de mi jefe me estaba quemando el cerebro.

—Mira la pantalla, Marco. Desliza a la última foto de la galería.

David hizo una pausa, dándole un golpecito al escritorio.

Con los dedos sudados, deslicé la pantalla del iPhone.

La imagen era oscura, iluminada apenas por las tenues luces de la ciudad que entraban por el ventanal de un departamento que no era el mío. La foto estaba tomada desde los pies de una inmensa cama king size.

Ahí había una mujer. No se le veía el rostro porque tenía una seda negra gruesa vendándole los ojos por completo. Estaba de rodillas sobre el colchón, con las muñecas atadas a los barrotes de la cabecera.

Llevaba puesto el sostén de encaje rojo que yo tanto conocía, pero la parte de abajo estaba completamente desnuda. Lo único que tenía puesto, además de la venda y el sostén, eran sus tacones negros de ejecutiva.

No se le veía la cara, pero yo conocía la blancura de esos muslos gruesos, la pesadez de ese cuerpo y, sobre todo, sabía que el puto teléfono que tenía en mis manos le pertenecía a ella.

—Carajo... —jadeé, ahogado por la excitación y la miseria—. ¡No puede ser!

—La amarré a la cama con todo el cuidado del mundo —susurró David, disfrutando cada una de mis reacciones—. Expuesta. Vulnerable. Gimiendo en la oscuridad con los ojos vendados, suplicando que le diera lo que tanto deseaba.

—Si... si la tuviste así... —logré decir, apretando los dientes, sintiendo que la curiosidad me comía vivo—. Y ella te pedía que lo hicieras... ¿qué le hiciste, David? Dime qué le hiciste mientras estaba amarrada.

David se acomodó en el sillón, cruzando las manos sobre el escritorio. Me miraba como si yo fuera su bufón personal, evaluando exactamente qué palabras usar para destruirme la mente.

—¿Qué no le hice, Marco? Primero la dejé ahí, a oscuras. La hice esperar. Me paré a los pies de la cama solo para verla. Y déjame decirte una cosa... tu mujer tiene una vulva muy hermosa.

El corazón se me paralizó. Las manos se me engarrotaron sobre mis propias rodillas.

—¿Qué estás diciendo...? —murmuré.