Capítulo 8 #4
Abrí los ojos sintiendo que el pecho me pesaba una tonelada.
El fin de semana había sido un purgatorio, pero el infierno de verdad estaba a punto de abrir sus puertas.
Escuché el sonido del agua en la regadera.
Regina se estaba arreglando para ir al despacho.
Cuando salió, envuelta en su toalla, ni siquiera me miró.
Su rostro seguía siendo una máscara de hielo.
Me vestí mecánicamente, sintiéndome como un condenado caminando hacia el patíbulo.
Llegué a la oficina poco antes de las ocho. Las puertas de cristal se abrieron con su ruidito habitual. Caminé por el pasillo central, mirando de reojo hacia los módulos.
Y entonces, los vi.
Maca y Evaristo estaban parados junto a la máquina de café. Evaristo le sostenía la mano, sonriendo de oreja a oreja. Tenía un pequeño fajo de sobres color beige en la otra mano. Invitaciones de boda. El pobre infeliz estaba repartiendo las invitaciones de su matrimonio a primera hora del lunes.
Maca, por su parte, traía puesto un cuello de tortuga ligero y una mascada de seda atada estratégicamente al cuello.
Obviamente, para ocultar cualquier marca o chupetón que Rodrigo le hubiera dejado en su brutal sesión del viernes.
Pero su rostro era un poema de terror. Tenía unas ojeras profundas, oscuras, y sus ojos detrás de los lentes redondos estaban inyectados en sangre, como si hubiera llorado todo el fin de semana.
Evaristo me vio y levantó la mano, saludándome con entusiasmo.
Yo le devolví el saludo con un asentimiento rígido.
Maca levantó la vista hacia mí. Cuando cruzamos miradas, vi a una mujer destrozada.
Se encogió de hombros, asustada, tragando saliva con evidente tristeza.
Sus ojos suplicaban silencio, aplastados por la culpa de una traición que no sabía cómo manejar.
Y justo en ese instante, Rodrigo pasó caminando por detrás de Evaristo.
El rubio patán de sistemas no dijo nada, solo sonrió de lado y le rozó "accidentalmente" la cintura a Maca.
Ella dio un pequeño respingo, como si la hubiera tocado un hierro al rojo vivo, cerrando los ojos con fuerza y bajando la cabeza, ahogando un sollozo mientras su futuro esposo seguía sonriendo con las invitaciones en la mano.
Estaba rota. Completamente arruinada.
Sentí que se me revolvía el estómago. Caminé rápido hacia mi lugar y me dejé caer en la silla, apoyando la frente en las manos.
A las ocho y media, las puertas del piso se abrieron de par en par.
David entró.
Venía con un traje gris oscuro, caminando con esa seguridad aplastante de depredador saciado. Fresco. Imponente. Emanaba un aura de poder y satisfacción que me taladró el cerebro al instante.
Caminó por el pasillo central. Al pasar frente a mi módulo, no me ignoró como la semana pasada. Se detuvo un microsegundo. Dejó caer un sobre de papel manila amarillo sobre mi teclado.
—A mi oficina. En cinco minutos —dijo, sin siquiera mirarme, y continuó su camino hasta encerrarse tras sus puertas de cristal.
Me quedé mirando el sobre amarillo como si fuera una bomba de tiempo. Mis manos temblaban tanto que apenas pude agarrarlo.
Me levanté, sentí que las piernas me fallaban, y caminé los veinte metros más largos de mi vida. Toqué el cristal de la oficina de David y empujé la puerta.
El aire adentro olía a su loción de madera y cuero. El mismo maldito olor que había traído impregnado mi esposa la noche del jueves.
David estaba sentado en su sillón ejecutivo, reclinado hacia atrás, con las manos entrelazadas sobre el estómago. Me miró con una sonrisa torcida.
—Cierra la puerta con seguro, Marco —ordenó.
Lo hice, escuchando el clic metálico que me aislaba del resto de la oficina. Me quedé de pie frente a su escritorio de caoba.
—Abre el sobre —dijo él, señalándolo con un movimiento de cabeza.
Deslicé el dedo por la solapa del papel manila. Lo incliné sobre la madera pulida del escritorio. Adentro no había documentos. No había hojas de cálculo.
Había un teléfono celular.
Un iPhone de última generación, envuelto en una inconfundible funda gris de textura rugosa.
El teléfono de trabajo de Regina.
El celular que mi esposa me había jurado, gritándome a la cara y haciéndome sentir como basura la madrugada del sábado, que se le había "perdido" o "robado" en una cena con socios VIP.
Me quedé sin aire. El corazón me empezó a martillar en los oídos con una violencia que me ensordeció.
—Te dije que te la regresaba el lunes, Marco —dijo David, su voz ronca y cargada de un veneno y un triunfo absolutos—. Tu esposa es una fiera. Una bestia. Se le quedó enredado entre las sábanas de mi cama la madrugada del sábado, después de que le saqué hasta la última gota de decencia que tenía.
Me sostuve del borde del escritorio para no caerme. El aire no me llegaba a los pulmones.
—Y adivina qué, Marco —continuó David, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos sobre la caoba, con los ojos verdes brillando con un morbo sádico—.
Estuve revisando sus fotos y sus chats de WhatsApp todo el fin de semana para no aburrirme.
Descubrí algo sumamente interesante sobre tu perfecta y estricta esposa.
Algo que ni tú mismo sabes. Siéntate, cabrón. Porque te vas a ir de espaldas.