Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

La pelirroja teñida llevaba puesto un vestido verde esmeralda sumamente ajustado.

Estaba recargada en su silla giratoria, masticando un chicle ruidosamente.

Al verme pasar, detuvo el movimiento de su mandíbula.

Clavó sus ojos delineados en mi rostro demacrado, en mis mejillas húmedas y, finalmente, bajó la mirada con descaro hacia mi entrepierna abultada.

Rubí infló un globo con el chicle, dejándolo estallar con un chasquido agudo, y esbozó una sonrisa venenosa, cargada de maldad y complicidad. Ella sabía perfectamente mi procedencia. Ella reconocía a un hombre castrado, disfrutando el espectáculo de mi hombría pisoteada.

—David amaneció muy de buenas hoy, Marquito —dijo Rubí en voz alta, como queriendo burlarse de mi dolor—. Seguro se comió un filete de primera calidad este fin de semana. Se nota que lo dejaron bien ordeñado.

Seguí caminando, tragando la bilis quemándome la garganta, asumiendo su burla sin emitir respuesta.

Me pregunté si de verdad sabía… lo que yo sabía, ¿era posible? No, por el bien de David, y de Regina misma, esto debía de estar en secreto.

Unos metros más adelante, en la zona de impresoras, Rodrigo platicaba animadamente con Evaristo.

El rubio patán de sistemas llevaba las mangas de la camisa remangadas, mostrando sus antebrazos atléticos.

Le daba palmadas amistosas en la espalda al pobre Evaristo, riéndose a carcajadas de algún chiste estúpido.

Evaristo sostenía un fajo de invitaciones de boda en la mano, asintiendo con la cabeza, sonriéndole al mismo cabrón dedicado a ensartarle la verga a su prometida en una cama ajena apenas unas noches atrás.

Rodrigo levantó la vista y me vio pasar. Su sonrisa se ensanchó, transformándose en una mueca de superioridad total.

—Qué cara traes, Marquito —gritó Rodrigo, cruzándose de brazos—. Cualquiera diría que no tuviste sexo este fin…

Evaristo soltó una risita inocente, ignorando el veneno de la frase.

—Buen día, Marco —me dijo Evaristo, y se acercó completamente a mí, para susurrarme—, tenías razón, hermano, sólo era cuestión de hablar con ella.

—¿Qué… quieres decir? —contesté asombrado.

—Arreglamos las cosas, luego te cuento.

Me sonrió y volvió con Rodri.

¿Arreglar las cosas… con Macarena? Mierda…

Aceleré el paso, bajando la cabeza, evadiendo esa imagen asquerosa de traición y amistad falsa.

Llegué a la última fila de escritorios. Ahí, encogida en su silla, escondiéndose detrás del monitor de su computadora, estaba ella, Maca.

La dulce chica de nóminas llevaba puesto un suéter de cuello alto para ocultar los chupetones de Rodrigo.

Tecleaba mecánicamente en su teclado, pero sus manos temblaban.

Levantó el rostro pálido al escuchar mis pasos.

Sus ojos, enmarcados por esos lentes redondos, estaban hundidos en ojeras moradas, inyectados en sangre por el llanto retenido.

Maca me miró fijamente. Era la mirada de una mujer destruida, corrompida hasta la médula, aplastada por la culpa de saberse una ramera y la cobardía de seguir fingiendo ser una princesa para su prometido.

Nos miramos a los ojos por una fracción de segundo. Éramos espejos reflejando la misma podredumbre. Ella era la puta arruinada, y yo era el esposo vendido. Ambos éramos los juguetes rotos de los depredadores del quinto piso, viviendo en una farsa de decencia asfixiándonos a diario.

Pero no nos dijimos nada.

Desvié la mirada, evadiendo sostener la conexión con su miseria, y llegué a mi propio cubículo.

Me dejé caer pesadamente en mi silla ergonómica. La estructura plástica chilló bajo mi cuerpo vencido. Apoyé los codos sobre el escritorio, me quité los lentes, y me cubrí el rostro con ambas manos, frotándome los ojos hinchados por el llanto.

El bullicio de la oficina continuaba su curso natural a mi alrededor. El tecleo constante, los teléfonos sonando, las risas lejanas de Claudia en la recepción. El mundo corporativo seguía girando, ignorante de la masacre psicológica ocurrida en el interior del despacho principal.

Saqué el fajo de dólares del bolsillo izquierdo. Los billetes verdes, manchados con el sudor de mi propia mano... y de la concha de mi esposa.

Abrí el cajón superior de mi escritorio y los dejé caer ahí dentro, junto a las plumas y las grapadoras, cerrando la gaveta firmemente. El dinero de mi humillación, escondido entre la papelería de oficina.

Y entonces noté que mi verga palpitaba, dura, adolorida, empapada en mis propios fluidos perversos, latiendo al ritmo de las imágenes mentales de mi esposa rebotando sobre la pelvis de mi jefe, consumiendo su semen.

Y acepté mi realidad.

Mi vida entera era una obra de teatro dirigida por David Montenegro. Yo era su marioneta, el bufón entregándole en bandeja de plata a la mejor mujer de mi vida, solo para saciar una fantasía oscura devorándome el alma.

Regina era suya. La contadora estricta y esposa fiel había muerto en ese penthouse, renaciendo como la perra sumisa del macho alfa. Y yo estaba ahí, atado a mi silla de analista, excitado, llorando y cobrando mi sueldo por mirar desde las sombras.

Él había ganado. Él tenía el control. Él era, indiscutible y definitivamente, el dueño de tu mujer.

Y entonces mi teléfono vibró, y vi el mensaje de ella, de Regina, de mi mujer, que decía:

“Lo siento Marco, en verdad. Tenemos que hablar”

Continuará.