Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El chorro de semen que había soltado en la esquina del cuarto de Rodrigo, ahogado en la humillación mientras veía cómo penetraban a Maca y Rubí me apretaba el bulto, se había secado filtrándose a través de la tela del pantalón. Era una evidencia innegable.

El silencio en la recámara se volvió absoluto. Pesado. Letal.

Pude ver cómo las pupilas de Regina se dilataban.

La indignación fingida que tenía por su celular perdido desapareció, reemplazada por un asco genuino, profundo y visceral.

Su nariz se arrugó ligeramente, captando la mezcla de olores que yo emanaba: tequila, sudor frío y el inconfundible tufo a mecos secos.

—¿Qué es eso? —susurró ella. Su voz sonó hueca, horrorizada.

Sentí que el alma se me desplomaba. Bajé la mirada hacia mi propia entrepierna. Mierda. La mancha era gigantesca, una vergüenza endurecida en la tela de mi pantalón. Instintivamente intenté cubrirme con el saco, cerrándolo con ambas manos, pero el daño ya estaba hecho.

—No... no es nada. Me tiraron un trago encima —balbuceé, retrocediendo un paso.

Mi defensa fue tan patética que me dio náuseas escucharme a mí mismo.

Regina dio un paso adelante, acorralándome. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero esta vez, la furia era real.

—¿Un trago? —escupió las palabras, con el labio superior temblando de asco—. Un puto trago no huele a semen, Marco. ¿Crees que nací ayer? ¿Crees que soy estúpida?

—Regi, te lo juro... se nos cayó un vaso con cerveza y...

—¡Cállate mejor, Marco! —gritó, dándome un empujón en el pecho con ambas manos que casi me hace caer de espaldas al pasillo—. ¡Hueles a sexo, cabrón! ¡Hueles a sudor, a alcohol y a semen seco!

—¡No es lo que piensas! —grité yo, desesperado, sintiendo que las lágrimas de humillación me picaban en los ojos—. ¡No toqué a nadie, te lo juro por Dios!

Y era verdad. No había tocado a nadie. Mi tragedia era mil veces peor que una infidelidad común.

Yo no me había acostado con otra mujer. Me había corrido en mis propios pantalones, agazapado en una esquina como un perro apaleado, mientras dos depredadores destruían a una mujer inocente frente a mis ojos.

Y no podía decírselo. No podía explicarle el asqueroso contexto sin confesarle que era un voyerista miserable que había vendido a su propia esposa a cambio de ver su fantasía hecha realidad.

Regina soltó una carcajada histérica. Se llevó ambas manos a la cabeza, tirando de su propio cabello oscuro.

—¿No tocaste a nadie? ¡Vienes escurriendo fluidos en el puto pantalón a las cinco de la mañana!

—Se acercó a mí de nuevo, y esta vez, el desprecio en su mirada me hizo sentir del tamaño de un insecto—.

¿A dónde fuiste, Marco? ¿Te fuiste a meter a un putero?

¿Te fuiste a coger a alguna zorra de mala muerte con tus amigos de la oficina?

—¡Claro que no! ¡Yo no soy de esos, tú me conoces!

—¡Entonces qué, te encendió ver a las putitas del bar y te fuiste a jalártela al baño como un pinche enfermo pervertido?

La palabra "pervertido" me pegó como un mazazo. Rubí me lo había dicho. David me lo había dicho. Y ahora mi propia esposa, la mujer que acababa de chupar la verga de mi jefe, me lo escupía en la cara usándolo como arma para destruirme.

Me quedé paralizado, sin poder emitir sonido. Mi silencio fue la peor confesión para ella.

Regina me miró con una mezcla de lástima y repulsión absoluta. Negó con la cabeza, retrocediendo dos pasos hacia el interior de la recámara, como si estar cerca de mí la contaminara.

Y entonces, su psicología de defensa se activó de forma magistral. Usó mi ruina para construir su propia muralla.

—Y todavía tenías los putos huevos de entrar aquí, apestando a tus asquerosidades, a interrogarme sobre dónde estaba mi celular —dijo ella, con un tono frío, casi lloroso—.

Llegando a ensuciar mi casa con tus porquerías y queriendo hacerme sentir culpable a mí por perder mi teléfono trabajando.

Eres una decepción, Marco. Eres un asco de hombre.

—Regina, por favor, escúchame...

—¡Lárgate de aquí! —rugió, agarrando la perilla de la puerta de madera—. ¡No te quiero en mi cama! ¡Lárgate al cuarto de visitas o duérmete en la puta calle, no me importa, pero no te acerques a mí!

Dio un portazo monumental que hizo vibrar el marco de la puerta directamente en mi cara. Escuché el sonido metálico del seguro girando por dentro.

Me quedé solo en el pasillo a oscuras.

Sentí que las piernas finalmente me cedían. Me dejé resbalar por la pared fría hasta quedar sentado en el suelo de cemento pulido, abrazando mis rodillas. Enterré el rostro entre mis brazos, ahogando un sollozo miserable en la tela de mi saco.

Había perdido. Había perdido por todos los frentes.

No había salvado a Maca. Evaristo se iba a casar con una mujer corrompida. Y yo... yo había perdido el control de mi propio matrimonio.

Lloré en silencio en el pasillo, temblando de frío y de rabia. Mi mente enferma, retorcida y asquerosa, seguía procesando la escena que acababa de vivir.

Y todo esto yo lo merecía, por pendejo, por cobarde, por… mirón.

Regina me había sobajado, me había tratado como a un pervertido de lo peor, usando mi mancha en el pantalón para desviar la atención de sus propias infidelidades.

Era una maestra de la manipulación. Pero, en el fondo, yo sabía la verdad.

Ella no era la santa ofendida que pretendía ser detrás de esa puerta cerrada.

En ese preciso instante, mientras ella me dejaba afuera como a un perro sarnoso, yo sabía que el interior de sus muslos gruesos probablemente seguía adolorido por las embestidas de David.

Yo sabía que esa boquita que me acababa de escupir insultos, había estado trabajando como una profesional en el miembro de otro hombre.

Mi jefe me había humillado. Rubí me había humillado. Rodrigo me había humillado. Y ahora, mi esposa remataba la faena.

Me levanté del suelo con dificultad. Caminé arrastrando los pies hacia el pequeño baño de visitas. No encendí la luz. Me quité el saco, la camisa apestosa a cigarro y tequila, y me bajé los pantalones y los bóxers sucios, dejándolos tirados en una esquina del suelo como basura.

Me quedé completamente desnudo frente al espejo en penumbras.

Mi cuerpo delgado, pálido y patético se reflejaba tenuemente.

No era un macho alfa. No era un héroe. Solo era el juguete roto de la oficina, el esposo cornudo que había pagado el precio de entrada a su propia fantasía y ahora no sabía cómo salir de ella.

Me metí a la regadera y abrí la llave del agua fría. Dejé que el chorro helado me golpeara la espalda, tratando de adormecer el dolor de cabeza y el ardor en mi orgullo.

Tenía que averiguar qué carajos había pasado en ese penthouse. Tenía que saber si David la había regresado porque se aburrió de ella, si ella se asustó, o si esto era parte de un plan mucho más macabro diseñado por mi jefe.

El reloj avanzaba hacia las seis de la mañana del sábado. Faltaban muchas horas para que terminara el fin de semana. Y en el oscuro laberinto en el que me había metido, sabía que esto a penas era el comienzo de mi verdadera caída.

El sábado desperté pasada la una de la tarde.

La luz entraba por la pequeña ventana del cuarto de invitados, hiriéndome los ojos.

La cama era un bloque de hielo, sábanas delgadas que olían a humedad y abandono.

Regina y yo trabajábamos de lunes a viernes en un horario de oficina pesado, lo que significaba que el fin de semana era nuestro único oasis.

Normalmente los sábados cocinábamos juntos, veíamos alguna película y arreglábamos la casa.

Hoy, sin embargo, el fin de semana se presentaba frente a mí como una condena de cuarenta y ocho horas de tensión irrespirable.

El silencio en la casa era absoluto. Pesado.

Me levanté, frotándome las sienes por la resaca brutal que me martillaba el cerebro.

Me puse un pantalón de pijama y una camiseta sucia.

Caminé hacia el pasillo. La puerta de nuestra recámara matrimonial seguía cerrada a piedra y lodo.

Regina estaba allá adentro. Encerrada. Como si yo fuera una amenaza biológica.

Mi primer instinto fue agarrar el celular. Era mi única ventana al maldito laberinto en el que estaba atrapado.

Abrí WhatsApp. Las manos me temblaban un poco.

Fui directo al chat de David.

Marco (1:15 pm): ¿Qué pasó anoche? Me dijiste que te la quedabas el fin de semana y regresó a la casa en la madrugada. ¿La botaste? ¿O se te escapó? Contéstame, carajo.

El mensaje se quedó con una sola palomita gris. A los pocos minutos, la segunda palomita apareció, confirmando que le había llegado a su celular. Me quedé mirando la pantalla, hipnotizado, esperando que las palomitas se pintaran de azul o que apareciera el "Escribiendo...".

Pero no ocurrió nada.

Entré al perfil de David.

Debajo de su foto, vi el estado: "En línea".

El hijo de puta estaba conectado. Estaba viendo mi mensaje desde sus notificaciones o simplemente me estaba ignorando a propósito.

El ghosting fue un golpe certero a mi ansiedad.

Quería respuestas, quería saber si mi esposa se había dejado someter, si David se la había cogido finalmente, o si, por algún milagro, Regina había conservado la cordura y había huido de ese penthouse.

Salí del chat de David y busqué el de Regina. Obviamente no iba a mandarme un mensaje estando encerrada a cinco metros de mí, pero el morbo me pedía vigilarla.

Para mi sorpresa, su estado decía "En línea".

El corazón me dio un salto. Eran las 1:30 de la tarde.