Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 8
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Capítulo 8

Me quedé paralizado en el marco de la puerta, con la boca abierta, incapaz de procesar lo que mis ojos veían. El cerebro, entorpecido por el exceso de tequila y la falta de sueño, me hizo un cortocircuito.

La luz amarillenta de la lámpara de buró me lastimaba las retinas, pero no podía apartar la vista de ella.

Regina estaba ahí. Sentada en medio de nuestra cama.

Llevaba puesta una pijama de seda oscura, de esas que casi nunca usaba porque decía que le daban frío.

Sus brazos estaban cruzados firmemente sobre sus inmensos pechos, empujándolos hacia arriba con una hostilidad palpable.

Su rostro, sin una gota de maquillaje, estaba descompuesto por una furia tan intensa que parecía irradiar calor en la habitación.

—¿Te pregunté qué que son estas horas de llegar, Marco? —gritó ella.

Su voz, severa, y cargada de una autoridad escalofriante, retumbó en las paredes de la recámara.

Tragué saliva, sintiendo la lengua como un pedazo de lija en mi boca. Parpadeé varias veces, esperando que la imagen se desvaneciera, convencido por un segundo de que estaba teniendo una alucinación producto de la borrachera. Pero no. Era real. Estaba en mi casa.

—Regi... —balbuceé, sosteniéndome del marco de madera para no perder el equilibrio—. Yo... pensé que... pensé que no estabas.

—¡Evidentemente pensabas que no estaba! —me interrumpió, descruzando los brazos y apoyando las manos sobre el colchón, inclinándose hacia adelante como una leona a punto de atacar—.

¡Son las cinco y media de la puta mañana!

¡Mírate nada más! Vienes arrastrando los pies, apestas a alcohol desde aquí.

¿Dónde carajos estabas? ¿O debo preguntar con quién?

Mi mente daba vueltas a una velocidad enfermiza. El terror y la confusión me asfixiaban.

David me había escrito: "Te la voy a desconectar de la red. Ahora me toca disfrutar a mí... Te la regreso el domingo por la noche. O tal vez el lunes".

Me lo había asegurado. El muy cabrón me había dicho que se la iba a quedar todo el fin de semana. Yo había escuchado el maldito audio de mi propia esposa ahogándose con su inmensa verga en el penthouse. Yo había rastreado su GPS. Sabía perfectamente que ella había estado con él.

Entonces, ¿qué hacía aquí? ¿Por qué estaba en nuestra cama, fingiendo ser la esposa ultrajada, exigiéndome cuentas a mí? ¿David la había botado de madrugada después de usarla? ¿O ella misma había huido al darse cuenta de lo que había hecho?

Y lo más enfermo de todo: mientras ella me gritaba, con el rostro enrojecido de ira, mis ojos de cornudo miserable no podían evitar buscar las huellas del depredador en su cuerpo.

Miré su cuello, buscando alguna marca roja, un chupetón bajo la tela de la pijama.

Miré sus labios, intentando descifrar si seguían hinchados por la brutalidad con la que se la había mamado a mi jefe.

Quería saberlo todo. Me moría de celos, de rabia, pero un morbo asqueroso y oscuro me mantenía la verga a medio despertar dentro de mis pantalones húmedos.

—Te hice una pregunta, Marco —insistió ella, bajando el tono de voz a una amenaza contenida—. ¿Dónde estabas?

—Te... te dije por mensaje que iba a ir a la fiesta de Maca —me defendí, usando un hilo de voz, sintiéndome como un niño pequeño regañado—. A la del bar "El Rincón". Todos los de la oficina fueron.

—¿Hasta las cinco de la mañana en un bar de mala muerte celebrando a una oficinista? No me veas la cara de idiota, Marco. A ti ni siquiera te gusta salir de fiesta. Vienes ahogado de borracho.

—Nos fuimos... nos fuimos a la casa de Rodrigo después. A seguirla. Se me pasó el tiempo. No me di cuenta de la hora, te lo juro.

Regina soltó una carcajada seca, carente de cualquier gracia. Se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo un poco. Y al levantar el brazo, noté que hizo una mueca muy leve, casi imperceptible. Un gesto de dolor físico. Como si le doliera la espalda, o la cadera.

La imagen de David penetrándola salvajemente por detrás, aplastándola contra los muebles de su penthouse, cruzó mi mente como un relámpago, dejándome sin aliento. El corazón me dio un vuelco.

—Claro. En la casa de Rodrigo. Emborrachándote como un soltero irresponsable mientras nosotros estamos hasta el cuello de deudas —me recriminó, usando el pretexto del dinero para mantener la ofensiva—.

¿Esa es tu idea de conseguir las horas extras?

¿Ponerte hasta la madre con tus amiguitos de la oficina?

La indignación me golpeó el pecho. La hipocresía de esta mujer no tenía límites. Me estaba reclamando deudas y borracheras cuando ella acababa de entregarle el coño y quizá el culo al hombre más rico y prepotente de la empresa a cambio de puro placer animal.

Me enderecé un poco, reuniendo las pocas fuerzas que la humillación de la casa de Rodrigo me había dejado. Agarré la perilla de la puerta y la miré a los ojos.

—Tú no tienes derecho a reclamarme nada sobre mi paradero, Regina —dije. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, ronca por el alcohol—. Yo te avisé dónde iba a estar. Pero tú... yo estuve marcándote toda la maldita noche.

Regina se quedó quieta. El parpadeo constante de sus ojos grises se detuvo por un segundo.

—¿De qué hablas? —preguntó a la defensiva.

—Te marqué a las once. Te marqué a las doce. Primero timbraba y no contestabas. Y luego, me mandaba directo al buzón. Tenías el maldito teléfono apagado. Estaba desesperado. Yo pensé...

Que David te estaba abriendo las piernas y no querías que yo interrumpiera, quise gritar.

La rabia me decía que debía gritarle el nombre de David Montenegro en la cara, hacer pedazos su teatrito de esposa ofendida y exigirle que me confesara todo de una vez. Pero me mordí la lengua con tanta fuerza que casi me saco sangre. No podía encararla. Todavía no.

Si le soltaba la bomba y la confrontaba directamente y, por algún milagro o truco enfermo, David solo había orquestado una farsa magistral para volverme loco y ella resultaba ser inocente, yo iba a quedar como un completo idiota.

Un paranoico, un enfermo celoso que había destruido su propio matrimonio basándose en alucinaciones y audios confusos.

Actualmente existen IA que hasta crean voces… aunque, de ser así, ¿cómo había hecho David para obtener la voz de mi mujer si nunca la había visto de verdad?

Aunque todas las malditas pruebas —el GPS, el audio del bar, su propia actitud— apuntaban a que mi mujer ya se había convertido en la amante de mi jefe, yo necesitaba descubrir la verdad irrefutable por mí mismo.

Tenía que saber si todas mis suposiciones eran reales o si todo eran inventos maquiavélicos de David.

No le iba a dar a ella la ventaja de mostrar mis cartas hasta estar absolutamente seguro. Tenía que tragarme el orgullo.

—Pensé que te había pasado algo malo —terminé diciendo, bajando el tono de voz.

Regina apartó la mirada. Fue un movimiento rápido, un acto reflejo de culpa que cualquier esposo que llevara cinco años casado con ella sabría identificar.

Apretó la mandíbula y volvió a mirarme, pero esta vez, su furia parecía un poco más calculada, más forzada.

El escudo perfecto para ocultar su propio secreto.

—Se me perdió el teléfono —soltó, cruzándose de brazos de nuevo, adoptando una postura rígida.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste. Se me perdió. O me lo robaron, no sé.

—¿Cómo que se te perdió, Regina? Tú nunca sueltas ese celular. Es tu herramienta de trabajo.

—¡Pues hoy se me perdió, Marco! —levantó la voz, poniéndose a la defensiva, como si gritar más fuerte hiciera su mentira más creíble—.

Estuve en la junta con los socios VIP. Fuimos a cenar.

Había muchísima gente en el lugar, me levanté al baño y cuando regresé ya no estaba en la mesa.

O lo dejé en el Uber de regreso, ¡no lo sé!

Sabía que mentía. Su historia tenía tantos huecos como un colador.

Sabía perfectamente que David le había quitado el celular para aislarla, para que nadie irrumpiera en su sesión de sometimiento y para atormentarme a mí con el silencio.

La mujer recta me estaba mintiendo en la cara con un descaro que me revolvía las tripas.

—¿Y a qué hora llegaste a la casa? —le pregunté, acortando la distancia, dando dos pasos temblorosos hacia el interior de la recámara—. Si se te perdió en la cena, ¿por qué no usaste el teléfono de algún socio para avisarme?

—¡Llegué pasada la medianoche! —exclamó ella, sus ojos grises brillando con una mezcla de coraje y pánico—.

¡Y no iba a pedirle prestado el teléfono a un socio del despacho para avisarle a mi maridito que perdí mis cosas como una estúpida!

¡Llegué aquí, vi que no estabas, y me fui a dormir!

Y ahora tú llegas a las cinco de la mañana y encima tienes el descaro de querer interrogarme a mí.

—¡Porque tu historia no tiene puto sentido, Regina! —grité, perdiendo el control.

La imagen de ella chupándosela a mi jefe me quemaba el cerebro.

—¡No me grites en mi propia casa! —Regina tiró las sábanas de un manotazo y se puso de pie de un salto.

Avanzó hacia mí. Descalza, todavía era imponente. Su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas. Se paró a menos de un metro, con la intención de correrme de la habitación, de aplastarme con su carácter dominante como siempre lo hacía.

Levantó la mano, señalándome el pecho con el dedo índice.

—Tú no me vas a venir a cuestionar nada a mí... —empezó a decir, pero su voz se cortó de tajo.

Su dedo índice se quedó congelado en el aire. Sus ojos, que estaban fijos en mi rostro, bajaron lentamente.

La luz de la lámpara de buró iluminaba la mitad de mi cuerpo. Al entrar a la casa y relajarme por el impacto de verla, había soltado los bordes de mi saco oscuro, dejando a la vista el frente de mi pantalón de vestir gris claro.

Ahí, a la altura de mi entrepierna, había una mancha enorme, oscura y endurecida.