Dueño de tu Mujer (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Vio a su prometida desparramada en la orilla de la cama. No sospechó nada. El olor a sexo y sudor que inundaba el cuarto debió pasarle desapercibido por el potente olor a alcohol.

Me miró a mí, que estaba de pie junto a la ventana, sudando frío, ocultando la mancha de mi pantalón detrás del borde de la cortina, y luego miró a Rodrigo.

—Se nos puso muy mal, hermano. Vomitó poquito en el baño, pero Marco y Rubí me ayudaron a limpiarla y a calmarla —mintió Rodrigo con una naturalidad que asustaba—. Llévatela a descansar, compadre.

—Muchas gracias, Rodri. Lamento haber tardado, la farmacia estaba lejísimos, y Maca no está acostumbrada a beber —Evaristo tenía los ojos llorosos de gratitud mientras sacaba el Pepto-Bismol de la bolsa—. Gracias, Marco, a ti también, por estar al pendiente de ella. Son unos verdaderos amigos.

Sentí náuseas reales. Me quería morir de la vergüenza y de la culpa. Me había convertido en un callada de mierda. Rubí tenía razón. Yo no era diferente a ellos.

¿Pero qué habría podido hacer? ¿Cómo salvarla de la cogida si Maca misma lo había consentido?

—No te preocupes, Evaristo —le dije con hilo en la voz.

Tuve ganas de vomitar bilis en ese mismo instante. "Amigos". Le acababan de destruir a la mujer con la que se iba a casar, él mismo había caminado treinta minutos en la calle para regalarles el tiempo a los agresores, y encima me estaba dando las gracias con lágrimas en los ojos.

Evaristo levantó a Maca y la cargó en brazos. Maca, en su inconsciencia sucia y corrompida, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso suave en la mejilla a su futuro esposo. Sus piernas colgaban al aire con una falsa inocencia.

Salieron de la recámara y luego del departamento. La puerta principal se cerró con un golpe seco.

Me quedé solo en la sala con los dos depredadores.

No salí huyendo de inmediato. Mi cuerpo no me respondía.

El peso de lo que acababa de atestiguar, sumado a la imagen mental de mi propia esposa consintiendo igual de puta en el penthouse de David, me dejó completamente vacío. Me dejé caer en el sofá de piel negra.

Rubí fue a la cocina, agarró la botella de tequila oscuro y me sirvió un vaso lleno, sin hielo. Me lo puso en la mano con una sonrisa sádica. Me lo tomé de golpe. El alcohol me quemó la garganta, pero no me quitó el frío del alma. Y luego me sirvió otro. Y otro.

Me quedé ahí, catatónico, ahogado en alcohol y miseria, escuchando las burlas de Rubí y los comentarios asquerosos de Rodrigo sobre cómo le había sabido la boca de Maca.

El tiempo se deformó. Se burlaban de mí, de mi "penecito", se burlaban de Evaristo, brindaban por su victoria. El reloj avanzó sin piedad.

Habían pasado casi cuatro horas desde que llegamos a esa maldita casa cuando por fin tuve las fuerzas, o la suficiente embriaguez, para levantarme del sofá.

No pude decir ni una sola palabra. Agarré mi saco para cubrirme la mancha del pantalón que ya se había secado, y salí de ese nido de serpientes sin despedirme.

Bajé por el elevador sintiendo que las paredes me aplastaban. Salí a la calle.

La madrugada estaba helada. El viento me golpeó el rostro sudado.

Caminé por la avenida desierta. No pedí un Uber.

Necesitaba caminar, necesitaba castigarme.

Caminé las doce cuadras que separaban el departamento de Rodrigo del edificio de oficinas donde estaba mi trabajo, porque ahí, en el estacionamiento subterráneo con don Carmelo, había dejado mi carro desde las seis de la tarde.

El silencio de las cinco de la mañana era sepulcral.

Mi intento de redención había sido una puta farsa. Yo no era un salvador, ni un héroe incomprendido. Era un cornudo enfermizo, un voyerista miserable que había tocado fondo, cuyo miembro había sido la burla de una secretaria, y que había sido manipulado por gente mucho más mala y astuta que yo.

Llegué al edificio. Entré por la rampa del estacionamiento. A lo lejos, vi la caseta iluminada de don Carmelo. Saludé con la mano al viejo velador, que me miró con lástima al verme llegar caminando a esas horas.

Llegué a mi cajón de estacionamiento. Ahí estaba mi modesto sedán. Metí la llave y abrí la puerta, pero antes de subirme, mi mirada viajó instintivamente hacia el fondo, hacia el nivel de directivos.

El lugar donde solía estacionarse la enorme camioneta negra o el Audi deportivo de David estaba completamente vacío.

David no estaba. Regina no estaba.

Me subí al carro y arranqué. Manejé por las calles vacías de la ciudad, en piloto automático, ahogando un sollozo de desesperación al volante. Maca estaba perdida para siempre, arruinada por su propia debilidad y por la maldad de la oficina.

Y mi Regina... mi Regina, la mujer estricta y de valores inquebrantables, seguramente ya pertenecía por completo a otro hombre. David me había dicho que se la iba a quedar todo el fin de semana. Me imaginaba la casa vacía. El silencio aplastante de mi propio hogar sin ella me iba a matar.

Llegué a mi casa a las cinco y media de la mañana. Me bajé del carro tropezando, torpe por el exceso de tequila y la falta de sueño. Metí la llave en la cerradura. El pasillo estaba a oscuras.

Caminé arrastrando los pies hacia la recámara, preparándome psicológicamente para ver la cama perfectamente tendida y vacía, el recordatorio cruel de que mi esposa ya era la ramera exclusiva de mi jefe.

Llevé la mano temblorosa al pomo de la puerta de madera. Lo giré y empujé la puerta, llorando en silencio.

De pronto, la luz amarillenta de la lámpara de buró se encendió de golpe, cegándome.

Di un respingo, ahogando un grito.

Ahí estaba ella.

Regina estaba sentada en medio de la cama, con la pijama puesta, los brazos cruzados sobre sus inmensos pechos y el rostro descompuesto por una furia tan intensa que parecía irradiar calor.

Me quedé paralizado en el marco de la puerta, con la boca abierta, incapaz de procesar lo que mis ojos veían.

Regina me fulminó con la mirada, apretando la mandíbula con una fuerza temible.

—¿Se puede saber qué putas son estas horas de llegar, Marco? —gritó ella.